Interpelados por un drama humanitario versión ampliada

Por Mª Dolors Oller Sala. CVX La Vinya-Galilea, Barcelona

Periódicamente los medios de comunicación nos ofrecen imágenes impactantes de migrantes y desplazados, así como de pateras llenas a rebosar intentando arribar a las costas del sur de Europa, pero parece que nos hemos insensibilizado de tanto ver imágenes parecidas, así como de saber de muertos y desaparecidos en un Mediterráneo que se ha convertido en su tumba. De tanto leer estadísticas, se nos ha olvidado que detrás de números asépticos hay rostros concretos y sueños abruptamente frustrados.

Derechos que en la práctica no existen

Cuando hablamos del derecho a emigrar generalmente no somos conscientes de la asimetría existente entre el derecho a salir del propio país (y a regresar a él) y el derecho a entrar en otro. El derecho a emigrar es un derecho reconocido internacionalmente como libertad de circulación (artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas). En cambio, el derecho a inmigrar (a ser acogido en un país distinto al de origen), no está regulado de manera vinculante para los posibles estados receptores: en la práctica no existe, pues depende de la legislación de extranjería más o menos permisiva de cada estado, donde juega un papel decisivo el mercado de trabajo(con el consiguiente peligro de que el migrante sea considerado como un instrumento, como una mercancía más). A lo sumo puede considerarse un derecho condicionado por los potenciales países destinatarios. Pero para la gran mayoría salir del propio país no es una opción. El verdadero derecho sería no tener que emigrar.

Caso distinto es el de los refugiados que tienen diferente trato jurídico al gozar de un estatuto de protección especial: el derecho de asilo está regulado por el derecho internacional y constituye una obligación para los estados (recogido como derecho fundamental en la Declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas (art 14), para quienes huyen de guerras y otras violencias para preservar sus vidas y regulado por la Convención de Ginebra sobre El Estatuto de los Refugiados de 1951 y su Protocolo de Nueva York de 1967). Puede parecer que la distinción jurídica entre personas migrantes y refugiados es muy clara, pero en realidad la línea divisoria es cada vez más sutil, porque la diferencia entre desplazamiento forzoso y voluntario muchas veces es difusa. Por otra parte, la agresión permanente al medio ambiente no es ajena a las grandes migraciones, por las consecuencias que genera (por ejemplo, el cambio climático) que pueden hacer muy difícil la vida en ciertos lugares del mundo. Para la gran mayoría salir del propio país no es una opción. El verdadero derecho sería no tener que emigrar.

Una situación explosiva

Según Naciones Unidas, en el mundo hay unos 80 millones de personas desplazadas por causas de todo tipo: económicas, políticas, provocadas por la violencia y por las persecuciones étnicas o religiosas, sin olvidar las de carácter medioambiental. Ello supone que más del 1% de la humanidad está en situación de desplazamiento y no puede volver a sus hogares.

El último Informe sobre desplazamiento forzado presentado por laAgencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) contiene datos preocupantes: en apenas diez años la cifra de desplazados en el mundo se ha doblado, debido especialmente a los conflictos armados que asolan el planeta y el impacto de la Covid-19 en los grandes desplazamientos de población amenaza con aumentar la pobreza y la exclusión.

De los datos dados a conocer en el informe, fijémonos en los siguientes:

  • De los 80 millones de desplazados, entre 30 y 34 millones eran niños y niñas.
  • Los países en desarrollo acogieron al 85% de refugiados y desplazados (incluso lugares afectados por inseguridad alimentaria aguda y desnutrición y/o enfrentados a riesgos climáticos y desastres naturales).
  • Sólo 5,6 millones pudieron regresar a sus países de origen.
  • Los migrantes de todo tipo que le llegan a Europa apenas suponen un 0,01% de su población y, por tanto, no debería suponer ningún problema el acogerlos.

La contradictoria política migratoria europea

Este drama humanitario ha llegado también a Europa al tener el fenómeno migratorio una dimensión mundial. Y nos encontramos con que la Unión Europea (UE) ha mostrado su incapacidad para regular una política migratoria conjunta, por lo que continua la diversidad de políticas migratorias de los estados. A partir del 2016 (acuerdo con Turquía para repatriar desplazados), la UE no ha dejado de financiar gobiernos y subcontratar la vigilancia de las fronteras a países dudosamente democráticos. El espacio Schengen en realidad ha servido para filtrar la migración económica y mientras las fronteras entre los estados miembros perdían importancia, Europa ha ido fortaleciendo sus muros externos, distinguiendo entre trabajadores comunitarios y extracomunitarios. Otro hecho preocupante: las políticas europeas restrictivas en materia de asilo e inmigración están claramente condicionadas por los avances electorales de la ultraderecha europea en diversos estados miembros de la Unión.

Lo cierto es que hoy asistimos a la alimentación de un discurso racista e insolidario en parte de la ciudadanía europea y nosotros no somos inmunes a tales planteamientos. Pensemos, sin ir más lejos, en la reacción, en algunas localidades, ante la presencia de los menores extranjeros no acompañados (los MENA) que nos llegan o en la situación de emergencia surgida en Canarias con la llegada al archipiélago de miles de personas (según el Ministerio del Interior, del 1 de enero al 15 de diciembre del 2020 llegaron  21.452 personas -sólo en noviembre unos 8.000- cuando en este mismo período de 2019 la cifra no llegó a 200), que está desatando peligrosos repuntes xenófobos en una parte de la población canaria, al haberse viralizado en las redes sociales algún altercado, lo que ha creado gran malestar y también temor de que la estrategia de tapón migratorio seguida por el Gobierno convierta las Canarias en un nuevo Lesbos.

A ello hay que añadir que Europa es un continente envejecido, con su pirámide poblacional que muestra un estancamiento en los índices de natalidad y una mayor longevidad de su población, lo que contrasta con la superpoblación de los países menos desarrollados. Los movimientos de población en busca de mayores oportunidades de desarrollo son inevitables. Por desgracia, la presión demográfica en las fronteras de los Países del Norte para conseguir entrar provoca hoy un temor en su ciudadanía que es caldo de cultivo para populismos xenófobos.

Vivimos una paradoja perversa: necesitamos migrantes para sostener nuestro bienestar y a la vez hacemos lo posible para que no vengan. Además, ponemos en práctica mecanismos de exclusión, incluso cuando les abrimos con cuentagotas la puerta: queremos elegirlos a la carta, según religiones o por procedencias, olvidando la dignidad de todos ellos como seres humanos que son. Y pocas veces nos preguntamos, como mundo desarrollado, cuál es nuestra responsabilidad como vendedores de armas en su desgracia o cual es la responsabilidad de nuestras empresas extractoras en su pobreza.

Hablamos cada vez más de seguridad

Lo cierto es que hablamos cada vez más de seguridad y menos de humanidad, de externalización y blindaje de fronteras para mantener el problema lejos de casa, en vez de debatir seriamente un modelo de acogida y gestión más solidario y equitativo. Preferimos invisibilizar a los recién llegados de forma irregular encerrándolos en los Centros de Internamiento de Extranjeros (los CIE) que afrontar el reto de buscar soluciones dignas. Y nos ponemos contentos con las estadísticas que dan cuenta de la llegada de menos migrantes a nuestras costas sin querer saber por qué y a qué precio. No nos tendría que extrañar el aumento en la llegada de pateras –también de muertos en el Mediterráneo- a Canarias o incluso a las Baleares: es fruto del bloqueo de otras rutas, menos peligrosas, exigido por la UE. Y este es el resultado: estamos construyendo una Europa amurallada, con medidas que atentan a sus valores más profundos. Nuestra humanidad naufraga con los náufragos; las fronteras que erigimos destruyen la dignidad de quien muere o es tratado de forma inhumana al intentar entrar en Europa, pero también nuestra propia dignidad al consentirlo.    

Necesitamos soluciones políticas

Para evitar caer en manipulaciones y en el discurso insolidario del miedo, sería bueno asumir que los migrantes vienen y vendrán: el primer efecto llamada es la pobreza y la desigualdad en el nivel de vida y de expectativas. Y al transformarse el hecho migratorio en estructural, requiere para encauzarlo soluciones estructurales efectivas (no sólo gestos y acciones humanitarias), que precisan de una política que no abdique de la ética.

Hay que asumir también la necesidad de acabar con el negocio de las guerras que son la principal causa de los grandes desplazamientos de población en el mundo. Y encontrar soluciones al cambio climático, que evitarían emigraciones a causa de desertizaciones e inundaciones (Cf. Informe Oxfam International, Desarraigados por el cambio climático). Todo ello, a la vez, está relacionado con la necesidad no sólo de diseñar para Europa una política migratoria y de asilo común que supere los intereses puramente estatales; hay que poner también las bases de una nueva arquitectura institucional mundial para afrontar de forma global este gran reto, que afecta a la humanidad en su conjunto.

Detectar e incidir sobre las causas

Las causas del drama que viven migrantes y refugiados se hallan básicamente en el terreno económico: o ayudamos de verdad a los países de origen en su desarrollo real y estamos dispuestos a reducir nuestros beneficios para que no tengan que emigrar o no habrá solución posible. Ello nos sitúa ante el gran reto de cambiar o, al menos, modificar un modelo económico injusto e insostenible, pero que determina en gran medida nuestro estilo de vida. De ahí que, si no estamos dispuestos a moderar nuestro consumismo por solidaridad, pero también porque no es sostenible, no podamos ayudar a que otros pueblos consigan un desarrollo de verdad. Por eso hemos de tener claras nuestras prioridades.

No lograremos este objetivo si no trabajamos simultáneamente en el ámbito de la cultura, de los valores y ponemos en marcha una pedagogía de saber vivir en la complejidad y en la responsabilidad. En definitiva, hemos de avanzar hacia una cultura de la confianza, que rompa con la cultura del miedo, especialmente ante quien es diferente de nosotros, de nuestro grupo. Una vez seamos conscientes de qué ocurre y por qué y asumamos el alcance de nuestra responsabilidad, estaremos en situación de discernir el desde dónde y cómo comprometernos. 

Unas preguntas “políticamente incorrectas”, pero necesarias

En nuestra sociedad no se ha hecho todavía un debate a fondo sobre un tema que nos afecta tan de lleno como el de las políticas migratorias y quizás haya llegado el momento. Se trata de potenciar el debate social y hacerlo con serenidad, sin que entre en la confrontación ideológica, que en nada ayuda a la salvaguarda de la dignidad de tantos seres humanos desplazados de sus lugares de origen por diferentes causas. No obstante, antes deberíamos personalmente hacernos una serie de preguntas “molestas”, tratándolas de responder honestamente. Por ejemplo:

  • Las migraciones inciden en las identidades, las transforman. ¿Cómo concibo la identidad? ¿Tengo algún modelo de sociedad pluricultural y plurirreligiosa que me parezca el más idóneo?
  • Ya que, en la práctica, toda identidad se construye contra “los otros” que no somos “nosotros”, ¿cuál es la “cuota” de exclusión que, como persona con convicciones democráticas, estoy dispuesta a “aceptar”? ¿Cómo interpela mis creencias religiosas?
  • Si todo ser humano es un fin en sí mismo, ¿concebir al migrante sólo como mano de obra no va contra su dignidad? ¿Son los mercados los que han de marcar las políticas migratorias?
  • ¿Es posible construir una Europa del bienestar aislada de resto del mundo? ¿Me he preguntado alguna vez si el espacio Schengen de libre circulación está o no directamente conectado con amurallar Europa?
  • ¿En alguna ocasión me he planteado si hacer coincidir nacionalidad con ciudadanía del Estado lleva a la exclusión de seres humanos dotados de la misma dignidad y necesidades que nosotros?
  • ¿Pienso que nuestro modelo de desarrollo es realmente sostenible? ¿Hasta qué punto mantenerlo impide afrontar el reto migratorio?

Otros estilos de vida son posibles

Podemos construir sociedades más humanas y justas, donde la dignidad de la persona humana, la corresponsabilidad y el tener cuidado los unos de los otros sean una realidad. Como cristianos somos llamados a vivir la vida como vocación a la libertad, a la fraternidad y a la filiación divina, amando la realidad con un amor transformador de los corazones y de las estructuras de injusticia y creador de la fraternidad del Reino.

El mundo es el lugar donde Dios se nos hace presente y donde hay que ir a buscarlo, con la certeza de ser guiados, desde nuestro propio interior, por el mismo Dios que es nuestro huésped y nos impulsa a darnos y a entrar, así, en comunión con Él. Un Dios en quien «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28) y que desde este mundo y en este presente nos llama al compromiso.

Seguidores de Jesús desde la espiritualidad ignaciana

La espiritualidad ignaciana constituye un carisma de Iglesia que configura una manera de seguir a Jesús, identificándonos con él y poniendo el acento en la misión de anunciar y hacer efectivo el Reinado de Dios. Como Jesús, somos enviados a amar y servir al mundo, colaborando con Él en proseguir su misión hoy, como cristianos individualmente considerados y también como Iglesia. Son las realidades humanas (políticas, económicas, culturales, familiares, profesionales) las que posibilitan que nuestra fe en Jesús se encarne. La experiencia de ser hijos/as del mismo Padre-Madre Dios solo tiene razón de ser si nos sentimos llamados a ser hermanos y buscamos una justicia que aspire a relaciones de comunión con Dios, las personas y la creación.

Con este marco referencial la tragedia humanitaria de los desplazados, tema muy central hoy para los jesuitas, cobra especial sentido. Recordemos que en vísperas de la Navidad de 1979 Pedro Arrupe, entonces general de la Compañía de Jesús, ante la situación dramática de las boat people en el Sureste asiático, “sintió” que la Compañía debía acudir en su ayuda y responder a este reto. Fruto del impacto que le causó ver tanto sufrimiento fue la fundación en 1980 del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS). Hoy el JRS se extiende a 57 países.

Decía Arrupe: “No me resigno a que, cuando yo muera, siga el mundo como si yo no hubiera vivido”. La solidaridad no debe quedarse en un ideal, sino expresarse en acciones concretas.

Discerniendo mi lugar

Diversos textos del Magisterio Social se refieren a migrantes y desplazados. En su última encíclica, Fratelli tutti (FT), el Papa Francisco exhorta a acabar con la indiferencia ante tanto dolor, a acoger a los desplazados porque son hermanos nuestros y a comprometernos con ellos. En todo el texto se percibe la necesidad urgente de pasar a las concreciones prácticas, pues “el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras (Ejercicios Espirituales, 230, n. 1). Considerar a todo ser humano un hermano, no puede sino concretarse en el compromiso y la implicación social, que se transforma en donación y servicio.

Las transformaciones a acometer son de gran envergadura: han de comenzar por un cambio personal, pero dependerán de su implantación a escala global, con la participación de los grandes actores económicos y políticos. Las posibilidades de compromiso son inmensas. Y la parábola del Buen Samaritano, que vertebra FT, puede iluminarnos a la hora de preguntarnos de quien hacernos prójimo, cómo y desde dónde actuar, ya sea en ámbitos cercanos o lejanos, siempre poniendo en juego el amor, también en lo político-social (caridad política). Y aquí es donde podemos utilizar algo tan ignaciano como el discernimiento, que pone la inteligencia y la razón al servicio del amor para poder tomar buenas decisiones desde una libertad liberada de egocentrismo, en las que siempre se tenga en cuenta la suerte de los últimos.

Este drama humanitario no podrá encauzarse si no se toman medidas estructurales, propias de la política, a todos los niveles, también a nivel internacional. Es una buena ocasión para, ante esta compleja situación, preguntarnos y hallar dónde y de qué forma Dios nos llama al compromiso, teniendo en cuenta los dones que cada uno ha recibido. 

“Nada puede importar más que encontrar a Dios”, canción basada en letra de Pedro Arrupe: https://youtu.be/Ef7jfonqunc

Referencia bibliográfica

Para profundizar en el tema desde la mirada de la DSI y trazando perspectivas de futuro, “Tejiendo vínculos para construir la casa común. Una mirada, desde la fe cristiana, a la crisis migratoria y de los refugiados” Oller Sala, Mª Dolors, (2017). Sal Terrae.

Las opiniones e ideas que aparecen en los artículos publicados desde Política-mente son responsabilidad de las personas que los han escrito y, por tanto, no necesariamente coinciden con los de CVX-España como institución.


[1]

2 comentarios en “Interpelados por un drama humanitario versión ampliada”

Deja un comentario