Interpelados por un drama humanitario

Las condiciones en las que viven hoy millones de personas desplazadas de sus hogares es uno de los mayores dramas humanitarios de nuestros días que no solo nos debería preocupar sino también ocupar. (Ver versión ampliada de este artículo)

Algunos datos: una situación explosiva

Según Naciones Unidas, en el mundo hay unos 80 millones de personas desplazadas por causas de todo tipo: económicas, políticas, provocadas por la violencia y por las persecuciones étnicas o religiosas, sin olvidar las de carácter medioambiental: más del 1% de la humanidad está en situación de desplazamiento, sin poder volver a sus hogares.

El último Informe sobre desplazamiento forzado presentado por laAgencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) contiene datos preocupantes: en apenas diez años la cifra de desplazados en el mundo se ha doblado, debido especialmente a los conflictos armados que asolan el planeta y el impacto de la Covid-19 en los grandes desplazamientos de población amenaza con aumentar la pobreza y la exclusión. Fijémonos en que:

  • De los 80 millones de desplazados, entre 30 y 34 millones eran niños y niñas.
  • Los países en desarrollo (incluso lugares afectados por desnutrición y/o enfrentados a riesgos climáticos y desastres naturales) acogieron al 85% de refugiados y desplazados.
  • Sólo 5,6 millones pudieron regresar a sus países de origen.
  • Los migrantes de todo tipo que le llegan a Europa apenas suponen un 0,01% de su población y, por tanto, no debería suponer ningún problema el acogerlos.

Derechos que están en juego

Cuando hablamos del derecho a emigrar generalmente no somos conscientes de la asimetría entre el derecho a salir del propio país (y a regresar a él) y el derecho a entrar en otro. El derecho a emigrar está reconocido internacionalmente como libertad de circulación (artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas). En cambio, el derecho a inmigrar (a ser acogido en un país distinto al de origen), no está regulado de manera vinculante para los posibles estados receptores: en la práctica no existe pues depende de la legislación de extranjería de cada estado, donde juega un papel decisivo el mercado de trabajo. Caso distinto es el de los refugiados que gozan de un estatuto de protección especial: el derecho de asilo está regulado por el Derecho internacional y constituye una obligación para los estados. (Recogido como derecho fundamental en el art. 14 de la Declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas, para quienes huyen de guerras y otras violencias para preservar sus vidas; regulado por la Convención de Ginebra sobre El Estatuto de los Refugiados de 1951 y su Protocolo de Nueva York de 1967).

La contradictoria política migratoria europea

Este drama de dimensión mundial ha llegado a una Europa que ha mostrado su incapacidad para regular una política migratoria conjunta para la Unión Europea (UE). A partir del acuerdo con Turquía para repatriar desplazados (2016), la UE no ha dejado de financiar gobiernos y subcontratar la vigilancia de las fronteras a países dudosamente democráticos. El espacio Schengen, en realidad, ha servido para filtrar la migración económica y fortalecer los muros externos de Europa. Y las políticas europeas restrictivas en asilo e inmigración se han visto claramente condicionadas por los avances electorales de la ultraderecha europea en diversos estados. Así, nos encontramos con cierto discurso racista e insolidario en parte de la ciudadanía europea. Ningún país es inmune: pensemos en la reacción en algunas localidades españolas ante la presencia de los menores extranjeros no acompañados (los MENA) o en la situación de emergencia creada en Canarias con la llegada de miles de persones, que está desatando peligrosos repuntes xenófobos en una parte de su población.

Europa es un continente envejecido, con un estancamiento en los índices de natalidad que contrasta con la superpoblación de los países menos desarrollados. Los movimientos de población en busca de mayores oportunidades son inevitables. A su vez, la presión demográfica en las fronteras de los países desarrollados está provocando en su ciudadanía un temor que es caldo de cultivo para populismos xenófobos. Vivimos una paradoja perversa: necesitamos migrantes para sostener nuestro bienestar y a la vez hacemos lo posible para que no vengan. Pocas veces nos preguntamos por nuestra responsabilidad en su desgracia al venderles armas o qué tienen que ver nuestras empresas extractoras en su pobreza. Hoy hablamos más de seguridad que de razones humanitarias.

Detectar e incidir sobre las causas y buscar soluciones políticas

Las causas del drama que viven migrantes y refugiados se hallan básicamente en el terreno económico: o ayudamos de verdad a que sus países de origen se desarrollen para que no tengan que emigrar, o no habrá solución. Y ello nos sitúa ante el gran reto de cambiar o modificar un modelo económico injusto e insostenible, pero determinante, en gran medida, de nuestro estilo de vida.

Hay que asumir también la necesidad de acabar con el negocio de las guerras que son la principal causa de los grandes desplazamientos de población en el mundo y encontrar soluciones al cambio climático, que evitarían emigraciones a causa de desertizaciones e inundaciones (Cf. Informe Oxfam International, Desarraigados por el cambio climático). Urge que Europa diseñe una política migratoria y de asilo común que supere los intereses estatales. También deberían ponerse las bases de una nueva arquitectura institucional mundial que afronte de forma global este gran reto.

Sería bueno asumir que los migrantes vienen y vendrán: el primer efecto llamada es la pobreza y la desigualdad en el nivel de vida y de expectativas. Además, un gran número ha venido para quedarse. Y, al haberse transformado el hecho migratorio en estructural, se requieren, para encauzarlo, soluciones estructurales (no solo gestos y acciones humanitarias) que precisan de una política que no abdique de la ética.

Asimismo, en el ámbito de los valores, hay que poner en marcha una pedagogía de saber vivir en la complejidad y en la responsabilidad, avanzando hacia una cultura de la confianza, que rompa con la cultura del miedo, especialmente ante quien es diferente.  

Unas preguntas “políticamente incorrectas”, pero necesarias

En nuestra sociedad no se ha hecho todavía un debate a fondo sobre un tema que nos afecta tan de lleno como el de las políticas migratorias y quizás ha llegado el momento. Antes sería bueno que nos hiciéramos una serie de preguntas “molestas”, y las tratásemos honestamente de responder. Por ejemplo:

  • Las migraciones inciden en las identidades, las transforman. ¿Cómo concibo la identidad? ¿Tengo algún modelo de sociedad pluricultural y plurirreligiosa que me parezca el más idóneo?
  • Ya que, en la práctica, toda identidad se construye contra “los otros” que no somos “nosotros”, ¿cuál es la “cuota” de exclusión que, como persona con convicciones democráticas, estoy dispuesta a “aceptar”? ¿Cómo interpela mis creencias religiosas?
  • Si todo ser humano es un fin en sí mismo, ¿concebir al migrante sólo como mano de obra no va contra su dignidad? ¿Son los mercados los que han de marcar las políticas migratorias?
  • ¿Es posible construir una Europa del bienestar aislada de resto del mundo? ¿Me he preguntado alguna vez si el espacio Schengen de libre circulación está o no directamente conectado con amurallar Europa?
  • ¿En alguna ocasión me he planteado si hacer coincidir nacionalidad con ciudadanía del Estado lleva a la exclusión de seres humanos dotados de la misma dignidad y necesidades que nosotros?
  • ¿Pienso que nuestro modelo de desarrollo es realmente sostenible? ¿Hasta qué punto mantenerlo impide afrontar el reto migratorio?

Otros estilos de vida son posibles

Podemos construir sociedades más humanas y justas, donde la dignidad de la persona humana, la corresponsabilidad y el tener cuidado los unos de los otros sean una realidad. Como cristianos somos llamados a vivir la vida como vocación a la libertad, a la fraternidad y a la filiación divina, amando la realidad con un amor transformador de los corazones y de las estructuras de injusticia y creador de la fraternidad del Reino.

El mundo es el lugar donde Dios se nos hace presente y donde hay que ir a buscarlo, con la certeza de ser guiados, desde nuestro propio interior, por el mismo Dios que es nuestro huésped y nos impulsa a darnos y a entrar, así, en comunión con Él. Un Dios en quien «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28) y que desde este mundo y en este presente nos llama al compromiso.

Seguidores de Jesús desde la espiritualidad ignaciana

La espiritualidad ignaciana constituye un carisma de Iglesia que configura una manera de seguir a Jesús, identificándonos con él y poniendo el acento en la misión de anunciar y hacer efectivo el Reinado de Dios. Como Jesús, somos enviados a amar y servir al mundo, colaborando con Él en proseguir su misión hoy, como cristianos individualmente considerados y también como Iglesia. Son las realidades humanas (políticas, económicas, culturales, familiares, profesionales) las que posibilitan que nuestra fe en Jesús se encarne. La experiencia de ser hijos/as del mismo Padre-Madre Dios solo tiene razón de ser si nos sentimos llamados a ser hermanos y buscamos una justicia que aspire a relaciones de comunión con Dios, las personas y la creación.

Con este marco referencial la tragedia humanitaria de los desplazados, tema muy central hoy para los jesuitas, cobra especial sentido. Recordemos que en vísperas de la Navidad de 1979 Pedro Arrupe, entonces general de la Compañía de Jesús, ante la situación dramática de las boat people en el Sureste asiático, “sintió” que la Compañía debía acudir en su ayuda y responder a este reto. Fruto del impacto que le causó ver tanto sufrimiento fue la fundación en 1980 del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS). Hoy el JRS se extiende a 57 países.

Decía Arrupe: “No me resigno a que, cuando yo muera, siga el mundo como si yo no hubiera vivido”.

El reciente llamamiento del Papa Francisco desde Fratelli Tutti

En su última encíclica, Fratelli tutti (FT), el Papa Francisco exhorta a acabar con la indiferencia ante tanto dolor, a acoger a los desplazados porque son hermanos nuestros y a comprometernos con ellos. Nos urge a pasar a la acción, pues “el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras (Ejercicios Espirituales, 230, n. 1). Considerar a todo ser humano un hermano nos lleva al compromiso y la implicación social, hechos, donación y servicio.

Las transformaciones a acometer son de gran envergadura: han de comenzar por un cambio personal, pero dependerán de su implantación a escala global, con la participación de los grandes actores económicos y políticos. Las posibilidades de compromiso son inmensas, según los dones recibidos. Y la parábola del Buen Samaritano, que vertebra FT, puede iluminarnos a la hora de preguntarnos de quien hacernos prójimo, cómo y desde dónde actuar, ya sea en ámbitos cercanos o lejanos, siempre poniendo en juego el amor, también en lo político-social (caridad política). Y aquí es donde podemos utilizar algo tan ignaciano como el discernimiento que pone la inteligencia y la razón al servicio del amor para poder tomar buenas decisiones desde una libertad liberada de egocentrismo, en las que siempre se tenga en cuenta la suerte de los últimos.

Este drama humanitario no podrá encauzarse si no se toman medidas estructurales, propias de la política, a todos los niveles, también a nivel internacional. Es una buena ocasión para, ante esta compleja situación, preguntarnos y hallar dónde y de qué forma Dios nos llama al compromiso, teniendo en cuenta los dones que cada uno ha recibido.

“Nada puede importar más que encontrar a Dios”, canción basada en letra de Pedro Arrupe: https://youtu.be/Ef7jfonqunc

Referencia bibliográfica

Para profundizar en el tema desde la mirada de la DSI y trazando perspectivas de futuro, “Tejiendo vínculos para construir la casa común. Una mirada, desde la fe cristiana, a la crisis migratoria y de los refugiados” Oller Sala, Mª Dolors, (2017). Sal Terrae.

Mª Dolors Oller Sala. CVX La Vinya-Galilea, Barcelona

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