Voluntad federal global

Por Miguel Ángel Tabarés Cabezón. CVX Forum-Joves, Barcelona

“… la humanidad, enfrentada a una etapa nueva y más difícil de su auténtico desarrollo, necesita hoy un grado superior de ordenamiento internacional, al servicio de las sociedades, de la economía y de las culturas del mundo entero” (SRS 43).

“… urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial, … Esta Autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiariedad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común, comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad” (CV 67).

Es posible comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo, con el mismo cuidado que el viajero de Samaría tuvo por cada llaga del herido(FT 78). “Hablamos de una nueva red en las relaciones internacionales, porque no hay modo de resolver los graves problemas del mundo pensando sólo en formas de ayuda mutua entre individuos o pequeños grupos. Recordemos que «la inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros y obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales» (FT 126). “… recuerdo que es necesaria una reforma «tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones» (FT 173).

(Ver versión ampliada de este artículo)

A nosotros y nosotras, como laicos/as y, singularmente, como ignacianos/as, nos corresponde colaborar con otras personas de buena voluntad en llevar a cabo esta reclamación de nuestra Doctrina Social más reciente. ¿Lo estamos haciendo?, ¿dónde están “nuestros” Schumann, Adenauer, de Gasperi, Klompé… de hoy? Dondequiera que se reúnen los pueblos para establecer los derechos y deberes del hombre, nos sentimos honrados cuando nos permiten sentarnos junto a ellos (FT 278), pero ¿quiénes de entre nosotros/as piden asiento?, ¿quiénes de entre nosotros/as actúan de faro para que alguna vez nos lo pidan? Desde estas líneas, una propuesta concreta: una voluntad federal global.

Para empezar, entregar o compartir la soberanía para construir esa Autoridad no es algo que deba preocuparnos. La provisionalidad califica la vinculación del seguidor de Jesús con el lugar en el que vive. No tenemos aquí una ciudad permanente, sino que aspiramos a la ciudad futura (Heb 13,14). Como Ignacio, peregrinamos buscando Su voluntad; somos “homo quaerens” y allí donde estamos nos constituimos en comunidad de extranjeros (Benedicto XVI). La provisionalidad ilumina nuestro rasgo identitario definitivo: el seguimiento. Sin embargo, esa provisionalidad no comporta desapego del lugar y de las personas con las que convivimos. Al contrario, no debemos renunciar a nuestro propio tesoro (FT 143). Se nos insta a ser sal y luz (Mt 5, 13) y todo ello en nuestro aquí y ahora, con quienes nos rodean (FT 143).

Por otra parte, ¿de qué hablamos hoy cuando lo hacemos de pueblo, de nación, de estado? Resulta difícil sostener con un mínimo de solvencia el espíritu del pueblo de los románticos alemanes. La unidad cultural, de destino y política; el grupo lingüísticamente uniforme, identificado con un antiguo folklore cuasiétnico, con unos personajes y fechas históricos que visten su épica identitaria; autosuficiente y con capacidad para aislarse de exterior… ya no existen en la actualidad. Existieron, sí, pero ya no existen.

La globalización ha soplado sobre nuestro viejo mapamundi y ha compuesto una nueva cartografía (FT 37). Parece gobernada por un ordenamiento oculto, generado en un lugar y por personas desconocidas e impermeable a cualquier intento de dirección o control por la ciudadanía. Sin embargo, Benedicto XVI nos advierte de que la globalización no es a priori ni buena ni mala; que será lo que la gente haga de ella. Francisco incluso pone en valor sus virtudes (FT 29). Para el hoy y el mañana de España, de Europa, del conjunto de la humanidad, lo más realista y lo más revolucionario es sostener, como lo hacía Renan hace 140 años, que la nación la forman aquellos que tienen la determinación de querer vivir juntos nuevos acontecimientos. O, aún mejor, proclamar el principio de lealtad propuesto por Dion más recientemente: «Pase lo que pase, optaremos por permanecer juntos». O como propone Francisco con su “cultura del encuentro”: significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos (FT 216). De esto, de futuro, hablamos.

Pero y juntos, ¿para qué? el fin auténtico de la comunidad consiste en otorgar al individuo la capacidad de disponer de sí mismo. La comunidad no tiene valor intrínseco alguno. Existe únicamente para permitir al individuo que sea él mismo. Benedicto XVI utiliza en estas frases sólo dos verbos –otorgar y permitir- para sintetizar la identidad sustancial de la comunidad política y la actividad de quienes detentan el poder en ella; poder que no podrá ser/hacer de otra manera que al servicio de que el individuo disponga de sí mismo para que sea él mismo. La comunidad es para la persona. Ni siquiera el bien común de la sociedad es un fin autárquico; tiene valor sólo en relación al logro de los fines últimos de la persona (CDSI, 170).

La anterior formulación no comprende ni es comprendida por completo en ninguna forma de organización política pasada o presente. Para los laicos es un desiderátum que ha de guiar su acción en los sistemas en que se integren o creen (CLIM 50). Y digo para los laicos, ya que la Iglesia inspira, pero no propone “soluciones técnicas”, no tiene modelos para proponer (CA 43), no tiene una palabra única y una solución universal (OA 4). La DSI es esencialmente teología moral (CDSI 163) que aporta principios de reflexión de valor permanente, criterios de juicio y orientaciones para la acción (OA 4, CDSI 161). Y, nuevamente, la pregunta: ¿quiénes de entre nosotros/as tienen la formación suficiente en esa teología moral para pensar y proponer, para construir con otros?

La federal, una ruta: fratres-foedus-fides

I.- Llegados a este punto, aceptando que la Iglesia no nos ofrecerá una solución concreta que nos ayude en esta responsabilidad que es nuestra, hemos de pensar al menos en el próximo paso. ¿Podría ser la ruta federal uno de los caminos razonables en los que darlo?

II. Cagiao Conde sostiene lo confusa que aún hoy es la definición de federalismo, la pluralidad de situaciones a las que se aplica esa denominación. Sin embargo, esa posible confusión pone también de manifiesto su ductilidad, su capacidad de adaptación a realidades y finalidades diferentes, su condición de “proceso”. En palabras de Victoria Camps, el federalismo no es algo realizado y concluido una vez por todas, sino un proceso inacabado. Esa condición procesal –de ir hacia delante, en fases sucesivas- permite una ampliación potencialmente indefinida de los sujetos concernidos que bien podría alcanzar a toda la humanidad. George Anderson afirma que el federalismo tiene todo que ver con el contexto: un enfoque de gobierno que puede ser aplicable en determinados países por motivo de su geografía física, el tamaño de su población y su composición interna en cuanto a lenguas, religión, etnias u otros factores. Ni quienes están convencidos de las ventajas del federalismo sugerirían que se deba aplicar en todos los países, ni siquiera en la mayoría de países. ¿Ha de ser así forzosamente?, ¿podría sustituirse el objeto “determinados países” por “humanidad”, por comunidad de FRATRES? La DSI nos impulsa a ello: necesitamos desarrollar esta consciencia de que hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie (FT 137). Juan Pablo II se preguntaba si ¿no es éste quizás el tiempo en el que todos deben colaborar en la constitución de una nueva organización de toda la familia humana, para asegurar la paz y la armonía entre los pueblos y promover juntos su progreso integral? Recordaba, asimismo, que el concepto de bien común debía formularse con una perspectiva mundial. Para ser correcto, debía referirse al concepto de «bien común universal».

III.- Es comúnmente aceptada la concurrencia de tres principios rectores en las relaciones federales: solidaridad, subsidiariedad y lealtad. Todos ellos están expresamente desarrollados en la DSI con unos contornos que parece hacerlos compatibles con las intuiciones federales más elementales. Evidentemente la DSI no pretende desembocar en el mar federal ni, seguramente, sea el único al que puede hacerlo. No existe la entrada “federal” en el índice analítico del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia.

IV.- La solidaridad es lo que permite defenderse de un enemigo común exterior, así lo encontramos en sus orígenes (p.e. la Liga Aquea). También permite compartir servicios para abordar proyectos importantes (la Liga Hanseática); aquí quizá podría encontrarse la solidaridad de la que habla el Tratado de la Unión Europea de Maastricht de 1992. Sin embargo, no es precisamente a ello a lo que se refiere la DSI, que no busca la unión para lograr mayor eficacia sin más, ni pretende evitar la desintegración de una realidad preexistente. El principio de solidaridad en la DSI puede tener como efecto cualquiera o todos los anteriores (defensa, compartir, eficacia, evitar desintegraciones), pero tiene una sustancialidad al margen de esos posibles resultados: la solidaridad se expresa concretamente en el servicio, que puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás (FT 115). La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos (CV 38; SRS 38). Esa ha de ser la “ratio FOEDUS”, la razón de la alianza, de la federación. Ese deber de solidaridad no sólo lo es de las personas, también lo es de los pueblos (PP 48).

V.- Subsidiariedad, subsidium: ayuda, socorro, refuerzo. Designa el resultado de venir a aposentarse (sidere) para apuntalar, sostener o socorrer a otro (sub-, debajo). Este principio es quizá el que más fácilmente reconocería cualquier federalista y respecto del que seguramente un neófito se sorprendería del vigor con el que es defendido por la Iglesia. Podríamos encontrar un primer rastro en el Génesis: creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla (Gn 1, 27): cada ser humano tiene ese encargo personal que le asocia a la labor creadora de Dios. Privarle de ello es privarle de su identidad más esencial: ser imagen de Dios. La persona no puede encontrar realización sólo en sí misma, es decir, prescindir de su ser ‘con’ y ‘para’ los demás (CDSI 165).

Por otra parte, la persona concreta, la familia, los cuerpos intermedios no están en condiciones de alcanzar por sí mismos su pleno desarrollo; de ahí deriva la necesidad de las instituciones políticas … (CDSI 168). De esta manera a las entidades superiores les corresponde una labor de suplencia respecto de las inferiores, pero esa suplencia no debe prolongarse y extenderse más allá de lo estrictamente necesario (CDSI 188). En esta dirección, Benedicto XVI señalaba que para no abrir la puerta a un peligroso poder universal de tipo monocrático, el gobierno de la globalización debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente. La globalización necesita ciertamente una autoridad, en cuanto plantea el problema de la consecución de un bien común global; sin embargo, dicha autoridad deberá estar organizada de modo subsidiario y con división de poderes (CV 57). Y ya en el plano federal Joan Botella afirma que lo razonable sería que el pacto federal (constitución) sólo contuviera la relación de materias transferidas del ente menor al superior a fin de que este preste la asistencia que aquel precisa. Esta es una cadena que se inicia en el individuo y que finaliza en el conjunto de la humanidad, impidiendo así que la universalidad diluya las particularidades (FT 151).

VI.– Sostiene Cagiao Conde que el federalismo se piensa generalmente sólo tras haber resuelto problemas o cuestiones que se consideran de mayor importancia, tales como ‘república’, ‘estado’ o ‘democracia’, de tal manera que lo federal actúa como adjetivo en cualquiera de ellas. Ramón Maiz pone de manifiesto la frontal oposición a ello de quien es quizá el federalista más conocido en nuestro país, Pi i Margall, que declara la naturaleza no instrumental ni adjetiva, sino sustantiva y capital de su federalismo: “¿Es lo principal la República? No; las Repúblicas pueden ser tanto o más detestables que las Monarquías. Lo serán siempre que no aseguren sobre bases sólidas la libertad y la autonomía de todos los grupos de que la nación se compone…esto es lo principal, lo accesorio es la República”. Pero para que lo federal alcance la categoría de sustantivo es precisa una ‘cultura federal’ asumida por todos y todas. Victoria Camps apunta, en este sentido, que no basta formalizar el pacto federal si simultáneamente no se produce un cambio en las costumbres o un ‘cambio moral’. Dotarse de una estructura jurídica federal es condición necesaria, pero no suficiente para actuar federalmente.

Camps-Botella-Trillas formulan un decálogo federal en el que introducen lo que no es posible lograr sólo con normas: una federación requiere lealtad; de los ciudadanos entre sí, de las fuerzas políticas hacia la estructura general, de los territorios hacia el conjunto y de las instituciones federales hacia cada uno de los territorios. Lealtad: FIDES. Sin una voluntad explícita y común no es posible. Recordemos a Dion: «Pase lo que pase, optaremos por permanecer juntos». Francisco –que advierte de las tensiones entre lo local y lo universal (FT 142)- utiliza un sintagma muy evocador, “voluntad política de fraternidad”: ¿Qué ocurre sin la fraternidad cultivada conscientemente, sin una voluntad política de fraternidad, traducida en una educación para la fraternidad, para el diálogo, para el descubrimiento de la reciprocidad y el enriquecimiento mutuo como valores? (FT 103).

               ¿Quién de entre nosotros/as está dispuesto a formarse y a formar en esa voluntad política de fraternidad?

Francisco nos invita a compartir un sueño de peregrinación: anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. … Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos (FT 8).

Abreviaturas y consultas recomendadas

CA.- Centesimus Annus

CDSI.- Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (realizado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”)

CL.- Cristifidelis Laici

CLIM.- Cristianos Liacos, Iglesia en el Mundo. 55ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española. 1991

CV.- Caritas in Veritate

DSI.- Doctrina Social de la Iglesia

FT.- Fratelli Tutti

OA.- Octogesima Adveniens

SRS.- Solicitudo Rei Socialis

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia realizado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, aprobado en 2004.

“Pensamiento Social Cristiano abierto al S.XXI. A partir de la encíclica Caritas in Veritate”, Ed. SalTerrae-Presencia Social.

“Liberar la libertad. Fe y política en el tercer milenio” de Benedicto XVI en la BAC.

“Presencia en la vida pública: Profetas 3.0. Sanar personas, cuidar vínculos, tender puentes”, ponencia de Agustín Domingo Moratalla en el Congreso de Laicos de 2020 (https://www.padrenuestro.net/presencia-de-los-catolicos-en-la-vida-publica).

“¿Qué es el federalismo?” de Victoria Camps, Joan Botella y Francesc Trillas, Ed. Catarata 2016.

“Tres maneras de entender el federalismo. Pi i Margall, Salmerón y Almirall. La teoría de la federación en la España del S.XIX”, de Jorge Cagiao y Conde,

Textos de Ramón Maiz, en la bibliografía en abierto de www.federalistesdesquerres.org.

Imágenes de Randy Fath, Josh Calabrese y Jon Moore.

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