Voluntad federal global versión ampliada

Por Miguel Ángel Tabarés Cabezón. CVX Forum-Joves, Barcelona

“… la humanidad, enfrentada a una etapa nueva y más difícil de su auténtico desarrollo, necesita hoy un grado superior de ordenamiento internacional, al servicio de las sociedades, de la economía y de las culturas del mundo entero” (SRS 43).

“… urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial, … Esta Autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiariedad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común, comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad” (CV 67).

Es posible comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo, con el mismo cuidado que el viajero de Samaría tuvo por cada llaga del herido(FT 78). “Hablamos de una nueva red en las relaciones internacionales, porque no hay modo de resolver los graves problemas del mundo pensando sólo en formas de ayuda mutua entre individuos o pequeños grupos. Recordemos que «la inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, y obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales» (FT 126). “… recuerdo que es necesaria una reforma «tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones» (FT 173).

A nosotros y nosotras, como laicos/as y, singularmente, como ignacianos/as, nos corresponde colaborar con otras personas de buena voluntad en llevar a cabo esta reclamación de nuestra Doctrina Social más reciente. ¿Lo estamos haciendo?; ¿dónde están “nuestros” Schumann, Adenauer, de Gasperi, Klompé, … de hoy? Dondequiera que se reúnen los pueblos para establecer los derechos y deberes del hombre, nos sentimos honrados cuando nos permiten sentarnos junto a ellos (FT 278), pero ¿quiénes de entre nosotros/as piden asiento?, ¿quiénes de entre nosotros/as actúan de faro para que alguna vez nos lo pidan? Desde estas líneas una propuesta concreta: una voluntad federal global.

1.- SOMOS

Entregar o compartir la soberanía para construir esa Autoridad no es algo que deba preocuparnos. La provisionalidad califica la vinculación del seguidor de Jesús con el lugar en el que vive. No tenemos aquí una ciudad permanente, sino que aspiramos a la ciudad futura (Heb 13,14); no somos otra cosa que extranjeros y peregrinos sobre la tierra buscando una patria (Heb 11,13-14); nuestra ciudadanía está en el cielo (Flp 3,20). Como Ignacio, peregrinamos buscando Su voluntad; somos “homo quaerens” y allí donde estamos nos constituimos en comunidad de extranjeros (Benedicto XVI). La provisionalidad ilumina nuestro rasgo identitario definitivo: el seguimiento. Sin embargo, esa provisionalidad no comporta desapego del lugar y de las personas con las que convivimos. Al contrario, no debemos renunciar a nuestro propio tesoro (FT 143). Somos seguidores de Aquel que plantó su tienda entre nosotros (Jn 1, 14), que nos insta a ser sal y luz (Mt 5, 13), convirtiendo el Mundo en altar y en ofrenda (Teilhard de Chardin). Y todo ello en nuestro aquí y ahora, con quienes nos rodean (FT 143).

Por otra parte, somos seguidores laicos que no podemos abdicar de animar cristianamente el orden temporal de la economía, de la creación legislativa, de la cultura, de la administración, en definitiva, de hacer política destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común (CL 42). Esa es nuestra participación en el Cuerpo. Esa y quizá no otras; al menos esa es la fundamental. Francisco nos convoca a rehabilitar la política, que es una altísima vocación, una de las formas más preciosas de caridad, porque busca el bien común (FT 180). Por eso no podemos permitirnos un laicado en repliegue, en retirada, a la defensiva y emocionalmente frágil. Necesitamos un laicado con mentalidad de equipo, cívicamente significativo e institucionalmente preparado… Para una iglesia “en salida” es importante articular la dimensión cívica (ciudadanía) con el resto de dimensiones de la vida del creyente. La caridad social y política requiere capacitación de las comunidades laicales para valorar adecuadamente la acción política (Domingo Moratalla).

2.- ESTAMOS

Un día de finales de los pasados noventa, quizá el mismo en que se retiró Miguel Induráin o en el que murió Enrique Urquijo, en el Registro Civil de Móstoles se anotaba el fallecimiento de una persona, un varón, nacido en Móstoles. ¡Nacido y muerto en Móstoles! Impresionante. Yo fui testigo.

Qué lejos quedan estos últimos años de los noventa, en los que se alumbraban Google y el euro, de aquellos en los que en el mismo Móstoles su Alcalde se alzó con armas de fortuna contra el francés para recuperar la soberanía nacional. Aquel Móstoles de menos de 1.500 habitantes; todos –ellos y ellas- blancos, católicos, castellanoparlantes, no muy letrados, españoles y monárquicos a más no poder. Aquel Móstoles, digo, no se parece al Móstoles de los 210.000 habitantes actuales. Con sus dos universidades públicas, su pista de nieve artificial, su Metrosur y su Casika. En el que sigue habiendo bastantes católicos, pero a los que casi alcanzan los que no lo son; ese Móstoles enorme en el que, sin embargo, no cabrían todos los musulmanes que viven en Madrid; donde encontraríamos hablantes de cualquier idioma y en el que casi todo lo que está a la vista ha sido fabricado a 8.000 kilómetros.

A aquel Móstoles goyesco se le saldrían los ojos de las órbitas al hablarle del terrorismo yihadista, del cambio climático, de TikTok, de las pandemias globales, de las intervenciones quirúrgicas teleasistidas con 5G, de las criptomonedas, de los vuelos low-cost, de Walmart, de State Grid, de las hipotecas subprime, del FMI, de la UE, del G-8, del foro Bilderberg, de la Rockefeller Foundation… de los más de tres millones y medio de refugiados sirios en Turquía.

Móstoles, Lloret de Mar, Benalmádena, Barakaldo, … ¡la increíble Vigo! ¿De qué hablamos hoy cuando lo hacemos de pueblo, de nación, de estado? Resulta difícil sostener con un mínimo de solvencia el espíritu del pueblo de los románticos alemanes. La unidad cultural, de destino y política; el grupo lingüísticamente uniforme, identificado con un antiguo folklore cuasiétnico, con unos personajes y fechas históricos que visten su épica identitaria; autosuficiente y con capacidad para aislarse de exterior… ya no existen. Existieron, sí, pero ya no existen. Los Padilla, Casanovas, Claris, Llorenç, Colom, Vázquez y de Vera, los irmandiños, Torrejón y Hernández … ¿a quién se dirigirían ahora?

La globalización ha soplado sobre nuestro viejo mapamundi y ha compuesto una nueva cartografía, sin fronteras para los poderosos y con lindes infranqueables para los empobrecidos (FT 37). La globalización parece gobernada por un ordenamiento oculto, generado en un lugar y por personas desconocidas e impermeable a cualquier intento de dirección o control por la ciudadanía. Sin embargo, Benedicto XVI -recordando a Juan Pablo II- nos advierte de que la globalización no es a priori ni buena ni mala; que será lo que la gente haga de ella. Francisco incluso pone en valor sus virtudes (FT 29). Por lo tanto, hay que esforzarse incesantemente para favorecer una orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia, del proceso de integración planetaria (CV 42). En este punto torna la cuestión con la que empezábamos: ¿Quiénes de entre nosotros/as se están encargando de ello?

Para el hoy y el mañana de Móstoles, de España, de Europa, del conjunto de la humanidad, lo más realista y lo más revolucionario es sostener, como lo hacía Renan hace 140 años, que la nación la forman aquellos que tienen la determinación de querer vivir juntos nuevos acontecimientos. O, aún mejor, proclamar el principio de lealtad propuesto por Dion más recientemente: «Pase lo que pase, optaremos por permanecer juntos». O como propone Francisco con su “cultura del encuentro”: significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos (FT 216). De esto, de futuro, hablamos.

3.- VAMOS

Pero juntos, ¿para qué? el fin auténtico de la comunidad consiste en otorgar al individuo la capacidad de disponer de sí mismo. La comunidad no tiene valor intrínseco alguno. Existe únicamente para permitir al individuo que sea él mismo. Benedicto XVI utiliza en estas frases sólo dos verbos –otorgar y permitir- para sintetizar la identidad sustancial de la comunidad política y la actividad de quienes detentan el poder en ella; poder que no podrá ser/hacer de otra manera que al servicio de que el individuo disponga de sí mismo para que sea él mismo. Y no se trata del hombre en abstracto, sino del hombre real, concreto e histórico: se trata de cada hombre (GS 53), de todos los hombres y de todo el hombre (CL 42). La comunidad es para la persona. Ni siquiera el bien común de la sociedad es un fin autárquico; tiene valor sólo en relación al logro de los fines últimos de la persona y al bien común de toda la creación (CDSI, 170). Ese bien común se verifica en la comunidad política (CIC 1910). El ser humano imago Dei es el norte que nos orienta durante nuestro peregrinaje en esa labor de construir con otros una sola familia (CV 53) en la que todos somos responsables de todos (CV 38).

La anterior formulación no comprende ni es comprendida por completo en ninguna forma de organización política pasada o presente. Para los laicos –ellos y ellas- es un desiderátum que ha de guiar su acción en los sistemas en que se integren o creen (CLIM 50). Para los laicos en tanto que ciudadanos (peregrinos, huéspedes, extranjeros, etc…), ya que la Iglesia inspira, pero no propone “soluciones técnicas”, no tiene modelos para proponer (CA 43), no tiene una palabra única y una solución universal (OA 4). La DSI es esencialmente teología moral (CDSI 163) que aporta principios de reflexión de valor permanente, criterios de juicio y orientaciones para la acción (OA 4, CDSI 161). Y, nuevamente, la pregunta: ¿quiénes de entre nosotros/as tienen la formación suficiente en esa teología moral para pensar y proponer, para construir con otros?

4.-LA FEDERAL, UNA RUTA: fratres-foedus-fides

 I.- Llegados a este punto, aceptando que la Iglesia no nos ofrecerá una solución concreta que nos ayude en esta responsabilidad que es nuestra, hemos de pensar al menos en el próximo paso. ¿Podría ser la ruta federal uno de los caminos razonables en los que darlo?

Antes de ver la posible compatibilidad de esa ruta con los principios que propone la DSI, completaremos lo dicho más arriba sobre la dilución de la soberanía con algunos argumentos histórico-políticos que contrarresten la pretensión -impeditiva de cualquier avance- de que cada nación se constituya en estado. Ramón Maiz los sintetiza de esta manera: “1) las naciones no son categorías naturales, sino el producto de las políticas y regulaciones institucionales y culturales de los Estados; 2) la imposibilidad e indeseabilidad, en cuanto factor generador de una espiral violencia, de que todas las potenciales naciones culturalmente definidas dispongan de territorios para construir Estados independientes; 3) la consideración de que todas las fronteras son arbitrarias y contienen en su interior mayorías y minorías, poblaciones mixtas y múltiples identidades individuales; 4) la valoración normativamente positiva de la convivencia plural, pacífica y enriquecedora de varias naciones en el seno de un mismo Estado, frente al, tan indeseable como imposible, ideal de correspondencia pura de naciones y Estados”.

II.- Cagiao Conde sostiene que la entrada en el club del federalismo se paga a precio de saldo, subrayando así lo confusa que aún hoy es la definición de federalismo, la pluralidad de situaciones a las que se aplica esa denominación. Sin embargo, esa posible confusión pone también de manifiesto su ductilidad, su capacidad de adaptación a realidades y finalidades diferentes, su condición de “proceso”. Esto es lo que aquí más nos interesa; en palabras de Victoria Camps, el federalismo no es algo realizado y concluido una vez por todas, sino un proceso inacabado. Esa condición procesal –de ir hacia delante, en fases sucesivas- unida a un procedimiento relativamente indeterminado permite una potencialmente ampliación indefinida de los sujetos concernidos que bien podría alcanzar a toda la humanidad. La DSI nos impulsa a ello: necesitamos desarrollar esta consciencia de que hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie (FT 137).

George Anderson, ex Presidente y CEO del Foro de Federaciones, afirma que a diferencia de los otros –ísmos (comunismo, …)el federalismo tiene todo que ver con el contexto: un enfoque de gobierno que puede ser aplicable en determinados países por motivo de su geografía física, el tamaño de su población y su composición interna en cuanto a lenguas, religión, etnias u otros factores. Ni quienes están convencidos de las ventajas del federalismo sugerirían que se deba aplicar en todos los países, ni siquiera en la mayoría de países. ¿Ha de ser así forzosamente?, ¿podría sustituirse el objeto “determinados países” por “humanidad”, por comunidad de FRATRES?

En la Jornada Mundial de la Paz de 2003 Juan Pablo II se preguntaba si ¿no es éste quizás el tiempo en el que todos deben colaborar en la constitución de una nueva organización de toda la familia humana, para asegurar la paz y la armonía entre los pueblos y promover juntos su progreso integral? Y él mismo advertía que es importante evitar tergiversaciones: aquí no se quiere aludir a la constitución de un superestado global. Más bien se piensa subrayar la urgencia de acelerar los procesos ya en acto para responder a la casi universal pregunta sobre modos democráticos en el ejercicio de la autoridad política, sea nacional o internacional, como también a la exigencia de transparencia y credibilidad a cualquier nivel de la vida pública.

El Papa, en el mismo lugar, citando la Pacem in Terris de Juan XXIII, recordaba que este sugirió que el concepto de bien común debía formularse con una perspectiva mundial. Para ser correcto, debía referirse al concepto de «bien común universal». Una de las consecuencias de esta evolución era la exigencia evidente de que hubiera una autoridad pública a nivel internacional, que pudiese disponer de capacidad efectiva para promover este bien común universal.

III.- Recapitulemos antes de seguir: nuestra condición de extranjeros y peregrinos nos permite una cierta distancia del lugar en que nacemos o vivimos, circunstancia que facilita centrar el foco de nuestro vínculo en la persona concreta a la que consideramos imagen de Dios. Esa paternidad compartida nos convierte en hermanos, a toda la humanidad en una sola familia y a su bien común –que sólo lo es si lo es para todos (CDSI 164)- en nuestra tarea.

Es comúnmente aceptada la concurrencia de tres principios rectores en las relaciones federales: solidaridad, subsidiariedad y lealtad. Todos ellos están expresamente desarrollados en la DSI con unos contornos que parece hacerlos compatibles con las intuiciones federales más elementales. Evidentemente la DSI no pretende desembocar en el mar federal ni, seguramente, sea el único al que puede hacerlo. No existe la entrada “federal” en el índice analítico del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia.

IV. La solidaridad es lo que permite defenderse de un enemigo común exterior, así lo encontramos en sus orígenes (p.e. la Liga Aquea). También permite compartir servicios para abordar proyectos importantes (la Liga Hanseática); aquí quizá podría encontrarse la solidaridad de la que habla el Tratado de la Unión Europea de Maastricht de 1992 (Tit I art A y Tit II art 2). Sin embargo, no es precisamente a ello a lo que se refiere la DSI, que tampoco busca la unión para lograr mayor eficacia sin más, ni pretende evitar la desintegración de una realidad preexistente. El principio de solidaridad en la DSI puede tener como efecto cualquiera o todos los anteriores (defensa, compartir, eficacia, evitar desintegraciones), pero tiene una sustancialidad al margen de esos posibles resultados: en estos momentos donde todo parece diluirse y perder consistencia, nos hace bien apelar a la solidez que surge de sabernos responsables de la fragilidad de los demás buscando un destino común. La solidaridad se expresa concretamente en el servicio, que puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás (FT 115). La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos (CV 38; SRS 38). Esa ha de ser la “ratio FOEDUS”, la razón de la alianza, de la federación. Ese deber de solidaridad no sólo lo es de las personas, también lo es de los pueblos (PP 48).

Más arriba ya nos hemos referido a los fundamentos antropológicos que justifican esta posición: el deber de solidaridad –igual que el de justicia social y el de caridad- tiene su raíz en la fraternidad humana y sobrenatural (PP 44). La solidaridad nos ayuda a ver al «otro» —persona, pueblo o nación—, no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un «semejante» nuestro, una «ayuda» (cf. Gén 2, 18. 20), para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios (SRS 39). Este es el “para” de la solidaridad a que se refiere la DSI.

El cumplimiento de ese deber de cuidado al prójimo es lo que nos hace humanos: el rasgo esencial del hombre en tanto que hombre no es preguntar por el poder, sino por el deber y abrirse a la voz de la verdad y sus exigencias (Benedicto XVI).

V.- El de subsidiariedad es quizá el principio en el que más fácilmente se reconocería cualquier federalista y respecto del que seguramente un neófito se sorprendería del vigor con el que es defendido por la Iglesia.

Quizá podríamos encontrar un primer rastro de ese principio en el Génesis: creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla (Gn 1, 27): cada ser humano tiene ese encargo personal que le asocia a la labor creadora de Dios. Privarle de ello es privarle de su identidad más esencial: ser imagen de Dios. En ello radica su dignidad que, para ser respetada, hace preciso el favorecimiento de la libertad y autonomía de cada cual que, en virtud de esa identidad esencial, siempre es capaz de dar algo por los otros (CV 57). La persona no puede encontrar realización sólo en sí misma, es decir, prescindir de su ser ‘con’ y ‘para’ los demás (CDSI 165). Y volvemos al principio: la comunidad sirve sólo si sirve para favorecer la libertad y autonomía de cada individuo; cada comunidad más amplia sirve sólo si sirve para favorecer la libertad y la autonomía de aquellas que la integran.

Subsidiariedad, subsidium: ayuda, socorro, refuerzo. Designa el resultado de venir a aposentarse (sidere) para apuntalar, sostener o socorrer a otro (sub-, debajo). La etimología es tan sugerente que no es preciso aquí mayor desarrollo.

Hace ya noventa años Pio XI, aun reconociendo la necesidad de las grandes corporaciones para realizar lo que antes podían hacer pequeñas asociaciones, continuaba defendiendo para la comunidad más cercana al individuo lo que es aplicable a él mismo: “… sigue, no obstante, en pie y firme en la filosofía social aquel gravísimo principio inamovible e inmutable: como no se puede quitar a los individuos y dar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos (QA 79). Y Benedicto XVI parece continuar en la misma línea: para no abrir la puerta a un peligroso poder universal de tipo monocrático, el gobierno de la globalización debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente. La globalización necesita ciertamente una autoridad, en cuanto plantea el problema de la consecución de un bien común global; sin embargo, dicha autoridad deberá estar organizada de modo subsidiario y con división de poderes, tanto para no herir la libertad como para resultar concretamente eficaz (CV 57).

Seguramente ese vigor también está relacionado con la esencia organizativa de la Iglesia como sociedad establecida en todo el mundo. Bruno Forte, en su conocido “Laicado y Laicidad” lo explica así al referirse al “primado” de la Iglesia local: “…aquí se advierte la importancia del proceso puesto en marcha por el Vaticano II, no sin resistencias y miedos, de una efectiva descentralización de la Iglesia, de un ejercicio real del principio de subsidiariedad, por el que cuanto puede hacerse a nivel local (¡y es verdaderamente mucho!) no debe hacerse a otro nivel; …”.

 La persona concreta, la familia, los cuerpos intermedios no están en condiciones de alcanzar por sí mismos su pleno desarrollo; de ahí deriva la necesidad de las instituciones políticas (CDSI 168). De esta manera a las entidades superiores sólo les corresponde una labor de suplencia respecto de las inferiores. Esa suplencia no debe prolongarse y extenderse más allá de lo estrictamente necesario, dado que encuentra justificación sólo en lo excepcional de la situación (CDSI 188). Es por ello que, como afirma Joan Botella, lo razonable sería que el pacto federal (constitución) sólo contuviera la relación de materias transferidas del ente menor –en el que la democracia y la solidaridad son más palpables- al superior a fin de que este preste la asistencia que aquel precisa. Esta es una cadena que se inicia en el individuo –al que Francisco considera infantilizado si espera todo de sus gobernantes (FT 77)- y que finaliza en el conjunto de la humanidad, impidiendo así que la universalidad diluya las particularidades (FT 151).

 VI.– Sostiene Cagiao Conde que el federalismo se piensa generalmente sólo tras haber resuelto problemas o cuestiones que se consideran de mayor importancia, tales como ‘república’, ‘estado’ o ‘democracia’, de tal manera que lo federal actúa como adjetivo en cualquiera de ellas. Ramón Maiz pone de manifiesto la frontal oposición a ello de quien es quizá el federalista más conocido en nuestro país, Pi i Margall, que lleva al extremo su argumento sobre la prioridad políticoconceptual del sintagma federación republicana, dejando bien a las claras la naturaleza no instrumental ni adjetiva, sino sustantiva y capital de su federalismo: “¿Es lo principal la República? No; las Repúblicas pueden ser tanto o más detestables que las Monarquías. Lo serán siempre que no empiecen por destruir la omnipotencia del Estado; siempre que no aseguren sobre bases sólidas la libertad y la autonomía de todos los grupos de que la nación se compone…esto es lo principal, lo accesorio es la República”. Pero para que lo federal alcance la categoría de sustantivo superando la de mera herramienta fungible es precisa una ‘cultura federal’ asumida por todos y todas.  El rovell de l’ou, ja hi som. Victoria Camps apunta certeramente que no bastan los cambios jurídicos –no basta, diríamos nosotros, formalizar el pacto federal- si simultáneamente no se produce un cambio en las costumbres, lo que ella llama un ‘cambio moral’. Afirma taxativamente que dotarse de una estructura jurídica federal es condición necesaria pero no suficiente para actuar federalmente.

VII.- Finalmente, Camps-Botella-Trillas formulan un decálogo federal en el que introducen lo que no es posible lograr sólo con normas, singularmente con normas democráticas: una federación requiere lealtad; de los ciudadanos entre sí, de las fuerzas políticas hacia la estructura general, de los territorios hacia el conjunto y de las instituciones federales hacia cada uno de los territorios. Lealtad: FIDES. Sin una voluntad explícita y común no es posible. Recordemos a Dion: «Pase lo que pase, optaremos por permanecer juntos». Francisco –que advierte de las tensiones entre lo local y lo universal (FT 142)- utiliza un sintagma muy evocador, “voluntad política de fraternidad”: ¿Qué ocurre sin la fraternidad cultivada conscientemente, sin una voluntad política de fraternidad, traducida en una educación para la fraternidad, para el diálogo, para el descubrimiento de la reciprocidad y el enriquecimiento mutuo como valores? (FT 103).

               ¿Quién de entre nosotros/as está dispuesto a formarse y a formar en esa voluntad política de fraternidad?

Francisco nos invita a compartir un sueño de peregrinación: anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. … Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos (FT 8).

Abreviaturas y consultas recomendadas

CA.- Centesimus Annus

CDSI.- Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (realizado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”)

CIC.- Catecismo de la Iglesia Católica

CL.- Cristifidelis Laici

CLIM.- Cristianos Liacos, Iglesia en el Mundo. 55ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española. 1991

CV.- Caritas in Veritate

DSI.- Doctrina Social de la Iglesia

FT.- Fratelli Tutti

GS.- Gaudium et Spes

OA.- Octogesima Adveniens

QA.- Quadragesimo Anno

SRS.- Solicitudo Rei Socialis

“Pensamiento Social Cristiano abierto al S.XXI. A partir de la encíclica Caritas in Veritate”, Ed. SalTerrae-Presencia Social.

“Liberar la libertad. Fe y política en el tercer milenio” de Benedicto XVI en la BAC.

“Presencia en la vida pública: Profetas 3.0. Sanar personas, cuidar vínculos, tender puentes”, ponencia de Agustín Domingo Moratalla en el Congreso de Laicos de 2020 (https://www.padrenuestro.net/presencia-de-los-catolicos-en-la-vida-publica).

“¿Qué es el federalismo?” de Victoria Camps, Joan Botella y Francesc Trillas, Ed. Catarata 2016.

“Tres maneras de entender el federalismo. Pi i Margall, Salmerón y Almirall. La teoría de la federación en la España del S.XIX”, de Jorge Cagiao y Conde,

Textos de Ramón Maiz, en la bibliografía en abierto de www.federalistesdesquerres.org.

Imágenes de Randy Fath, Josh Calabrese y Jon Moore.

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