Volver a casa

Tanto en castellano como en inglés distinguimos la casa (house) del hogar (home). Algo similar sucede en otros muchos idiomas. Aunque tengan matices distintos, ambos términos remiten a un lugar de cobijo y referencia, a la privacidad y la intimidad que ofrece un espacio habitado por seres queridos, recuerdos significativos y relaciones profundas. La casa, el hogar, es el espacio del que salimos cada día y al que volvemos al final de la jornada. Es un punto de referencia obligatorio en nuestras vidas. Pero puede significar mucho más.

Volvemos a casa de forma metafórica cuando nos reencontramos con los amigos de la juventud, cuando visitamos los lugares que marcaron nuestra infancia, cuando comemos los platos que más nos gustan o cuando rezamos al Dios en quien creemos. El regreso a la casa puede ser literal o simbólico, físico o sicológico, individual o colectivo, pero siempre nos hace situarnos de un modo distinto al ordinario. Las casas —al contrario de los “no-lugares” sobre los que teorizó el antropólogo Marc Augé— son lugares auténticos que nos reafirman, enraízan y nutren. Son lugares a los que volvemos una y otra vez a lo largo de la vida.

En la tradición espiritual cristiana sucede algo similar con la muerte, que es considerada un tránsito, una puerta que nos permite retornar a la casa del Dios Padre-Madre de la que provenimos y a la que hacen referencia muchas de las historias bíblicas. La casa es, en sentido espiritual, el lugar del que salimos un día para volver y permanecer en ella definitivamente, un hogar con múltiples moradas donde hay una estancia para todos, una casa compartida.

Los términos ecología, economía y ecumenismo comparten una misma raíz: casa (del griego oikos). El conocimiento (logos) de la casa —la ecología— las leyes (nomos) que gobiernan la casa —la economía— y el movimiento que busca la unidad religiosa (oikoumenikós) o reunificación bajo un mismo techo —el ecumenismo— se inspiran en la misma metáfora para simbolizar el funcionamiento de los ecosistemas de la tierra, la gestión eficiente de los recursos naturales y la convivencia dentro de un hogar espiritual.

El primero de esos términos —ecología— lo acuñó Ernst Haeckel en 1866. Su significado ha mutado y evolucionado y hoy no solo expresa el conocimiento científico de los flujos de energía y nutrientes de los ecosistemas, así como la compleja interconexión entre los diversos organismos que lo configuran y su relación con el mundo inorgánico, sino también un programa político y una visión del mundo inspirada en parte en ese nuevo conocimiento.

Una de las casas a las que necesitamos volver urgentemente en nuestro tiempo es a la casa de la ecología, a nuestra casa común, al planeta Tierra, la casa que habitamos y compartimos junto a otros muchos seres vivos.

Ese particular viaje, sin embargo, no implica principalmente un desplazamiento físico, espacial, sino uno que es sobre todo mental, sicológico y emocional. Es un viaje de regreso al hogar que conduce al conocimiento íntimo de ese lugar. Es en gran medida también un viaje interior, de re-conocimiento, que se inicia en nuestro propio cuerpo, la estancia más inmediata de esa casa.

El viaje implica una tarea de alfabetización que nos permita conocer, comprender y valorar el lugar que nos acoge; en parte consiste en un conocimiento lúcido de las implicaciones de nuestras decisiones cotidianas; y en parte también supone un conocimiento afectivo y sensorial del entorno natural que habitamos.

Jaime Tatay, SJ

Las opiniones e ideas que aparecen en los artículos publicados desde Acompañ-arte son responsabilidad de las personas que los han escrito y, por tanto, no necesariamente coinciden con los de CVX-España como institución.

1 Comentario

  1. Amparo

    Muy bueno. Gracias Jaune

    Responder

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *