Volviendo a pasar por el corazón

Alberto Di Lolli 19/11/15, Presevo, SERBIA. Decenas de autobuses hacen kilómetros de cola para transportar a los migrantes desde el centro de registro junto a la frontera sur con Macedonia hasta la frontera con Croacia, en un trayecto de mas de 6 horas.

Por Alberto Di Lolli. Reportero gráfico periódico El Mundo. Crece en CVX-E Ignacio Ellacuría en Valencia y actualmente CVX Caná en Madrid.

En el año 2015 tuve oportunidad de ser testigo del éxodo de refugiados que llegaron a Europa huyendo de de la guerra en Siria.

En uno de mis viajes para documentar para el periódico la llegada de miles de personas, fui a la localidad de Presevo, en la frontera de Serbia con Macedonia. Las personas que escapaban de la guerra cruzando Turquía, Grecia y Macedonia, llegaban en un tren a varios kilómetros de la frontera y caminaban por tierra de nadie hasta alcanzar este pequeño pueblo.

Las autoridades y varias ONG montaron un centro de recepción, que registraba a los recién llegados y les proveía de algunos elementos básicos de comida, higiene y algo de ropa, antes de que prosiguieran su camino. El interés del gobierno serbio era organizar su traslado desde este lado de Serbia hasta el otro extremo, la frontera con Hungría, para que siguieran hacia Europa y no se quedaran en su país.

Sin embargo, los seres humanos tenemos la increíble capacidad de convertir cualquier desgracia en un negocio, tal vez por algún gen carroñero que anida en nuestro ADN primitivo y que nos impulsa a aprovechar la desgracia ajena para engordar las calorías propias.

En esta localidad de Presevo nos sorprendía ver una cola de varios kilómetros de autobuses, cargando personas desde el centro de recepción para emprender un viaje de unos 600 km hasta Hungría. Les cobraban por el trayecto unos 60 euros por persona. Unos 3000 euros por viaje con el autobús lleno.

Una de las escenas que presencié fue un hombre que lloraba y suplicaba al conductor de uno de los autobuses. Al parecer, en la familia eran 6, pero sólo les llegaba el dinero para 5. Cuando llevaba ya un rato de súplicas y llanto, el chófer hizo un gesto señalando al reloj que el hombre llevaba en la muñeca. Éste se lo quitó y pudieron viajar los 6 en el autobús.

Los miembros de UNICEF nos contaban que el mismo trayecto podía hacerse en tren por unos 15 euros, pero que era la propia policía la que organizaba los autobuses, porque aquello se había convertido en una mafia. Las ganancias eran tan suculentas, que la gente compraba autobuses de segunda mano que pagaba en tres meses. Esa usura no fue lo peor de la crisis. Cientos de personas, muchos niños y mujeres, cayeron engañados en las redes de la trata de personas.

Vivimos estos días de 2022 una guerra, con idéntico vía crucis de personas huyendo de la muerte y la destrucción de sus vidas. La pasividad de Europa no es la misma que en ocasiones anteriores, algo parece que aprendemos, o es que esta vez son las barbas del vecino las que vemos cortar. Pero en la frontera con Ucrania se pueden ver ya muchos carteles advirtiendo a los que llegan que tengan cuidado, que no confíen en soluciones fáciles, porque las ONG ya han denunciado varios casos de indeseables que acuden a sacar tajada.

Lamentablemente es tal el descrédito de las instituciones y es tan lenta la burocracia, que las mafias lo tienen tan fácil como los oportunistas en las urnas. A veces da la sensación de que preferimos no saber. Constantemente me pregunto si enseñar el sufrimiento, si enseñar el éxodo y la guerra tienen el impacto que deberían, en una sociedad ya acostumbrada a consumirlo todo, también a consumir las imágenes por duras que sean y a pasar la página cuando la repetición ya nos aburre.

Algún día de esta guerra me gustaría que un periódico decidiese repetir la fotografía de su portada al día siguiente, aclarando convenientemente que no se trata de un error, sino de una invitación a los lectores a detenerse, a volver a pasar por su corazón esa imagen que para sus protagonistas seguramente sea un punto sin retorno en sus vidas. Esa mujer embarazada llena de sangre que evacuan de un hospital en Mariupol (Ucrania) y murió junto a su bebé a los pocos días, sería una buena portada para repetir.  

En mi trabajo veo situaciones de todo tipo: enfermos en hospitales, empresarios en grandes despachos, políticos tratando de ser elocuentes sobre un púlpito que se eleva kilómetros de la sociedad a la que representa, personas que lo han perdido todo, artistas y escritores enamorados de su arte a los que pocos escuchan, luchadores y activistas convencidos de la importancia de lo más urgente.

Pero hay una conclusión común: la sociedad necesita hoy de espejos donde mirarse. Recoger ese dedo tan afilado que habita en las redes sociales en busca de un culpable y recuperar esa dimensión penitencial, ese preguntarnos qué estamos dejando de hacer como sociedad, en qué podemos ser mejores. La intuición del examen, el pararse cada día, respirar, dar gracias y hacernos preguntas, es hoy más necesaria que nunca. Tal vez nos daríamos cuenta que algunas escenas que nos sorprenden no son sino la misma piedra en la que hemos vuelto a caer. 

Las opiniones e ideas que aparecen en los artículos publicados desde Acompañ-arte son responsabilidad de las personas que los han escrito y, por tanto, no necesariamente coinciden con los de CVX-España como institución.

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