¿En QUÉ SITUACIONES es ÉTICO recurrir a la VIOLENCIA?

Recurrir a la fuerza siempre es un fracaso, es la derrota del pensamiento, del diálogo, del consenso y de la deliberación racional. Cuando se recurre a la violencia física, lo único que se pone de manifiesto es, de nuevo, la incapacidad del ser humano para resolver los conflictos y las tensiones sociales, con el uso de la palabra.
No es necesario leer a Martin Luther King para darse cuenta de que la violencia genera más violencia y de que la resolución violenta de los conflictos suscita más agresividad y rencor. Sin embargo, cuando un grupo reducido de ciudadanos origina un caos de proporciones mayúsculas que afecta gravemente a la vida de una ciudad y el derecho a la movilidad de sus ciudadanos, la autoridad competente no puede mirar a otro lado ni renunciar a intervenir, y menos aún dar rienda suelta a quienes vulneran los derechos de la mayoría.
Sólo cuando reiteradamente se ha intentado encauzar los problemas por la vía del diálogo y del consenso, pero de un modo obstinado se han frustrado todas las expectativas de entendimiento y se vulneran los derechos de personas inocentes, es ético recurrir a la fuerza.
El respeto a las libertades es un derecho conquistado con sangre, sudor y lágrimas en Europa.
Las sociedades abiertas deben tener mecanismos para poder garantizar el ejercicio de tales derechos. Existe el derecho a criticar, a cuestionar y a disentir pacíficamente de planes universitarios, de cualquier reforma política, pero en un país civilizado este derecho se ejerce pacíficamente.
Las reivindicaciones son legítimas, pero también es necesario respetar a quienes no participan de tales causas. La provocación, la violencia callejera y la agresión verbal y física no se pueden permitir de ningún modo en un Estado de derecho, donde toda persona, indistintamente de lo que crea, piense u opine, tiene derecho a la integridad física y moral.

La gran mayoría de los estudiantes universitarios son ajenos a tales movimientos. No debe imputarse la responsabilidad del mal a la pacífica minoría que reivindica otro modelo alternativo, sino a los provocadores casi profesionales que, independientemente del pretexto, se apuntan a cualquier acontecimiento con tal de exhibir por las calles, los paraninfos y las plazas de la ciudad su insaciable pulsión destructiva.
La mediación, practicada de un modo riguroso, es un método eficaz para prevenir males y, en ocasiones, para resolver conflictos de un modo bastante más satisfactorio que con el uso de la fuerza.

Por Francesc Torralba,
Director de la Cátedra Ethos de la Universitat Ramon Llull

Publicado en La Vanguardia

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