La COP 28, el Papa, y lo que podemos hacer, humildemente, las personas

Para algunos, hablar de la COP empieza a ser ya un clásico del otoño, como lo puede ser Halloween o el Black Friday. Escuchamos las noticias y muchos desconectan pensando: eso del calentamiento global no tiene remedio. O bien: la solución solo está en manos de los políticos, yo no puedo hacer nada. También los hay que opinan que es un cuento, mientras que para otros no hay que ponerse nerviosos pues la tecnología también nos sacará de esta. Incluso puede que los algoritmos que nos filtran lo que nos gusta ver en el móvil, ya ni nos muestren este aburrido asunto.


Organizada anualmente por la ONU, la COP es la cumbre mundial del Cambio Climático. Las iniciales hacen referencia a la “Conferencia de las Partes”, es decir, la reunión de los países que forman parte de la denominada “Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático”, la cual empezó a andar en 1992 tras la conferencia de Río de Janeiro. Otras dos convenciones -que también se reúnen periódicamente-, son las que abordan la pérdida de biodiversidad y la lucha contra la desertificación.

La COP 28 se ha celebrado en Dubai, uno de los principales países petroleros del mundo y, por lo tanto, de emisiones de gases de efecto invernadero. Otras COP que a todos nos suenan fueron las de Paris (2015), o la de Kyoto (1997). El que se hayan celebrado ya 28 COPs, es porque todos los científicos expertos coinciden en que estamos ante el principal problema ambiental del planeta; los siguientes son la pérdida de biodiversidad y la alteración del ciclo del nitrógeno.

La ONU se ha tomado muy en serio este asunto, y su secretario general Antonio Guterres (un católico muy, muy comprometido también con la causa de los pobres, los refugiados y el multilateralismo), llegó a decir los días previos: “La humanidad ha abierto las puertas del infierno, pero el futuro no está decidido”. En su discurso inaugural, hizo un llamamiento urgente a la acción para evitar desastres climáticos en cascada, a través de una transición justa y equitativa. Pidió expresamente que los países ricos apoyaran las economías emergentes, y que se ponga fin a las subvenciones a los combustibles fósiles. También resaltó la rabia que sienten las naciones más pobres del mundo, desproporcionadamente afectadas por una crisis que no han causado.

El Papa Francisco -que publicó Laudato si justo antes de la COP de París-, quiso hacer también su aportación a esta cumbre escribiendo una exhortación sobre la crisis climática: Laudate Deum. Dirigida a todas las personas de buena voluntad, en la introducción explica que pasados ya ocho años no observa reacciones suficientes, mientras el mundo que nos acoge se va desmoronando. Dedica un primer apartado a hacer “precisiones, que pueden parecer obvias, debido a ciertas opiniones despectivas y poco racionales que encuentro incluso dentro de la Iglesia católica”.


En los siguientes apartados de la carta nos advierte del exceso de confianza en la tecnología, de los peligros del capitalismo, y de la debilidad de la política internacional. Nos anima a tomar decisiones pensando en las generaciones futuras que heredarán el planeta. En el último apartado se dirige especialmente a los católicos y a los hermanos y hermanas de otras religiones, invitándonos a repensarnos de una manera más humilde, a reconciliarnos con el mundo, y a promover cambios culturales.

La COP28 puede calificarse de éxito relativo. Han sido dos semanas de negociaciones muy intensas entre los 198 países participantes. Se empezó bien, creándose el Fondo para “pérdidas y daños” (que cuenta con una aportación de 792 millones de dólares), hubo luego que lidiar con las presiones continuas y descaradas de la Organización de países productores de petróleo (OPEP), pero se terminó, in extremis, afirmando que
estamos en “el comienzo del fin de la era de los combustibles fósiles”. Entre los principales acuerdos destacan: triplicar la capacidad de renovables y duplicar la eficiencia energética para el 2030, acelerar la eliminación del carbón, reducir las emisiones de metano, alcanzar las cero emisiones netas en el 2050, y eliminar las subvenciones a los combustibles fósiles.

Simon Stiell, responsable de la ONU para el clima, considera que los acuerdos constituyen sólo un salvavidas provisional para la humanidad. Las organizaciones ecologistas estiman que son absolutamente insuficientes, que estamos incumpliendo reiteradamente los acuerdos de París, y que los 1,5 grados los vamos a alcanzar ya en la próxima década, y se superarán los 3 grados antes de que acabe el siglo. Las catastróficas consecuencias ya las estamos viendo y se irán incrementando: huracanes, sequías, incendios, subida de nivel del mar, hambrunas y migraciones climáticas.

Como siempre, la botella la podemos ver medio llena o medio vacía. O incluso mejor, si se está llenando o vaciando. Francisco nos dice que “debemos ser sinceros y reconocer que las soluciones más efectivas… vendrán de las grandes decisiones de la política internacional”. Pero eso no es una invitación a sentarnos a esperar, sino más bien a que nos comportemos como ciudadanos responsables, promovamos los cambios culturales, y controlemos al poder político. Además de votar, se pueden hacer muchas más cosas:

-Pensemos cómo vamos a ir reduciendo en los próximos años, hasta eliminarlos, el uso de combustibles fósiles en nuestra movilidad: viajes en avión, en coche, uso de transporte público, desplazamientos por la ciudad. No nos olvidemos que las compañías aéreas low cost están muy subvencionadas y no asumen su impacto medioambiental. Antes de coger un avión, casi habría que pedir perdón. Y antes de arrancar el coche, estaría bien hacer un análisis de alternativas.

– Mejoremos al máximo el aislamiento de nuestra casa y aprovechemos, cuando llegue el momento, para cambiar a sistemas de climatización eléctricos muy eficientes. Elegir una temperatura adecuada del termostato es fundamental, así como aprovechar las horas valle. Consumir excesiva electricidad en horas punta es, a día de hoy, un lujo que no nos podemos permitir, ya que implica arrancar las centrales de ciclo combinado que funcionan con gas.

–Consumamos alimentos de cercanía, que apenas necesitan transporte. Nuestra alimentación supone un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero. Si los productos que vienen de lejos pagaran el coste ambiental que provocan, serían muchísimo más caros.

Javier San Román

Equipo emergente de ecología de CVX-E

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