Reflexión para la vida “Dónde estoy, a dónde voy y a qué”

 

DÓNDE ESTOY, A DÓNDE VOY Y A QUÉ.

El deseo es apertura al Don. Don que pedimos nos disponga a la confianza en el Señor. El deseo de que me conduzca por la vida con una mirada nueva, llena de ternura y esperanzada. Quizá debamos aprender de Ignacio, cómo miraba de frente la realidad.

Hemos de desaprender algo de nosotros mismos, algo de la sociedad en la que vivimos, algo de nuestra religión, algo de nuestros éxitos y de nuestros fracasos… Debemos desaprender para que el deseo de Dios por el cual nos ha creado y nuestro propio deseo lleguen a coincidir cumpliendo de este modo su voluntad, buscando el cariño, el amor y la aceptación de nosotros mismos para darnos a los otros.

Nuestro conocimiento se halla en nuestro interior. Las transformaciones ocurren en el interior. En ese centro interior es donde nos encontramos con nuestra propia esencia de lo que somos verdaderamente: hombres y mujeres frágiles, vulnerables, necesitados de aceptación propia y ajena; necesitados de sentirnos queridos, arropados, valorados; necesitados de interioridad, necesitados de DIOS.

 

Hemos sido creados por amor para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor (EE,23) y todo lo demás está a nuestro alcance en tanto en cuanto nos ayude. La indiferencia ignaciana frente a todo lo demás… para elegir lo que más nos conduce hacia el fin para el que somos creados.

El Principio y Fundamento afectivo se va tejiendo a través de experiencias de ser llamados por Dios a la existencia, de ser creados y bendecidos junto con toda la realidad que nos rodea. Pidámosle a María que nos enseñe cómo lo hizo ella para caer en la cuenta de que formo parte de este mundo al que Dios ama tanto, como criatura preciosa entre las demás criaturas. Sabernos creados para alabarle, para servirle en los rostros más heridos, para reverenciarle alegre y silenciosamente en cada ser vivo de su creación.

 

La escritora Esther Hareing explica que la virgen es la mujer que se halla en armonía consigo misma, que hacía lo que hacía no porque quisiera caer bien o deseara ser estimada o buscara atraer la atención o el amor de otra persona, sino porque lo que hacía era verdadero y acorde con su ser más íntimo.

Así nosotros también somos llamados a vivir y procurar no buscar la aprobación de los demás, haciendo las cosas porque las llevamos dentro y deseamos compartirlas con los otros.

Comprender el sufrimiento que nos causamos a nosotros mismos, puede impedir la transformación. Con frecuencia hemos de llegar hasta lo más oscuro para poder llegar a despertar y darnos cuenta de hasta dónde podemos llegar a deformarnos, descubriendo el daño que también podemos causar a los demás.

 

Este itinerario nos conduce a casa y quizá nos ayude a interpretar los signos de los tiempos para reconocer si son de Dios; a profundizar en nuestro conocimiento interior, en nuestra hondura para estar algo más atentos a nuestros movimientos interiores y a los movimientos del Espíritu.

Cuidarnos para cuidar a los otros, dejarnos acompañar para acompañar a otros, discernir los movimientos del Espíritu para vivir más cerca los unos de los otros.

 

Os dejamos esta oración de Benjamín González Buelta, sj                                            

 

UNIFICACIÓN DEL DESEO

“…solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados” (EE, 23).

Necesidades y deseos exigen su ración diaria dentro de nosotros. Acosan el corazón y esparcen su malestar en todas direcciones. Caprichosos y fugaces como rabia de niño.

Elementales como el sol y el pan de cada día. Ajenos e impuestos por la astucia del mercado. Nuestros y viscerales, con una larga historia de hormonas y de días.

 

Pero encuentro en mí un deseo con raíces más hondas que yo mismo, con un destino más extenso que mis contornos singulares, más duradero que mis días contables: ¡el deseo de ti y de tu reino! Único deseo que orquesta en armonía nuestras necesidades. Fuego inextinguible que tú alientas cada día, intenso como una llamarada, o apacible como brasa entre cenizas.

 

Cuando es mío tu deseo, cuando es tuyo mi deseo, cuando es nuestro y único el deseo, ya se encuentran el cielo con la tierra, la eternidad sin cuentas y el tiempo tan medido, el yo tan solo y el nosotros, el espíritu libre  y el cuerpo aquí y ahora. Avanzamos solamente en tu gracia, siguiendo solamente tus ofertas, sin codicias tiranas que impongan si agobiante ritmo, ni reclamos de otros dueños que nos rompan. Solamente en ti y en tu reino, solamente.

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