Peregrinos en la fe y la esperanza


Inmaculada Mercado, de CVX-Sevilla, reflexiona con motivo de la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado de este domingo 20 de enero de 2013.

Edwin, todas las mañanas, sin faltar una, llueva, haga frío o calor, con una gran sonrisa ofrece pañuelos a los que pasamos andando o en coche y agradece nuestra mirada, le compremos o no. Hace cinco años que salió de Congo, huyendo de la pobreza y de la violencia, con un macuto en el que había medio kilo de arroz cocido, unas tortas de trigo, ropa de abrigo, una fotografía vieja de sus padres, todo el dinero que logró reunir, que fue muy poco, y toneladas de esperanza. Después de ocho meses, atravesando el desierto, solo y acompañado, tramos a pie y otros en camioneta, llegó a Marruecos y sufrió más pero esperó… esperó. Una noche, con mucho frío y más miedo, atravesó el Estrecho en una barca destartalada, junto otras treinta y nueve personas, mujeres, hombres y niños, todos subsaharianos. Cuando llegó a la playa se puso a rezar agradecido…

Ahora que la crisis nos afecta directamente, que sufrimos sus devastadoras consecuencias y conocemos y reconocemos a muchas de sus víctimas, podría parecer que estamos más capacitados para ser por fin sensibles y conscientes de cuál es la realidad estructural y permanente en la que han vivido y viven millones de personas en mundo. Aquellos cuya vida fue crisis desde que nacieron, el futuro no existe y la única solución es escapar, dejando atrás familia, cultura, raíces. Especialmente para los africanos, y seguramente para otras muchas personas de otros lugares de origen, la vida es tan dura que no se duda en poner riesgo cierto, porque es poco lo que se puede perder. Nuestro país ha sido su destino, porque aquí los necesitábamos para trabajar en el campo, para cuidar a nuestros mayores y a nuestros niños, para asumir trabajos en distintos sectores que necesitaban mano de obra, para contribuir con su esfuerzo al crecimiento de nuestro PIB y al reforzamiento de nuestra debilitada pirámide de población… pero la situación ha cambiado. La crisis no ha cambiado nuestra mirada sobre el sistema económico global, injusto, insostenible ambientalmente y deshumanizado, sino que nos ha enrocado en tratar de sostener nuestra privilegiada situación en él. Ahora queremos que regresen y, por supuesto, impedimos por todos los medios que vengan.

Los efectos de la crisis (paro, desahucios, falta de medios para la supervivencia diaria…) afectan en proporciones mayores a estas personas inmigrantes, que en tiempos de bonanza contribuyeron a nuestro bienestar… Y no es sólo una cuestión de cifras: esos efectos se multiplican porque empujan a la exclusión porque llevan aparejados la pérdida de la condición de residentes o la imposibilidad de adquirirla, y porque la falta de redes de apoyo familiar imposibilitan que se sofoquen las situaciones de emergencia. Aunque lleven muchos años entre nosotros, de repente, se encuentran en una situación irregular, que, en el colmo de nuestra insolidaridad, está determinando pérdida de derechos como el acceso a la sanidad, la educación, las prestaciones sociales, etc.

La Iglesia reconoce el derecho de toda persona a emigrar y condena los muros que levantan las sociedades desarrolladas para salvaguardar su propio bienestar, mientras que millones de hermanos y hermanas viven en la miseria… Levantamos vallas en Ceuta o en Melilla, construimos y mantenemos Centros de Internamiento de Extranjeros que son agujeros negros de nuestro propio sistema legal, repatriamos incluso a menores cueste lo que cueste, convertimos en delito la hospitalidad para disuadir a quienes prestan su ayuda a personas no regularizadas… En suma, nuestras sociedades están dispuestas a gastarse ingentes cantidades de dinero, a pesar de los recortes, para mantener a salvo de intrusos un bienestar que ni siquiera alcanza equitativamente a los que han nacido en ellas, pero hay que garantizar que otros sigan mirándolo desde fuera. Cada una de estas actuaciones son una ruptura del Plan de Dios y un obstáculo para construir el Reino que nos ha encomendado.

Olga es ecuatoriana y lleva viviendo en España once años con su familia, a la que le costó tres reagrupar. Se siente feliz e integrada en este país. Su marido ha trabajado en la construcción y ambos tenían sus papeles en regla, pero ahora, él lleva en paro dos años y su tarjeta de residencia no ha sido renovada. Un día cualquiera, caminando por la calle, la policía le pidió su documentación y se lo llevó detenido. Olga lo buscó cinco días angustiada hasta que consiguió saber que estaba en un Centro de Internamiento de Extranjeros, con una orden de expulsión en curso. Varios días fue a verlo, con todas las dificultades que ello suponía y dejando a sus tres hijos a cargo de sus vecinas… un buen día le dijeron que ya no estaba allí, que lo habían metido en un avión de vuelta a Quito. Olga y sus hijos pasaron la peor Navidad de su vida y aún no saben qué hacer…

Este domingo celebramos la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado. ¿Podríamos intentar que esta invitación al descentramiento no pase desapercibida para nuestras comunidades en medio de tantas otras ofertas eclesiales? En este escrito he compartido algunas ideas. Están expresadas a través de palabras quizá demasiado breves, quizá desordenadas, pero que nacen desde muy dentro del corazón, porque tienen rostro concreto, nombres que significan un lazo afectivo que las transforma en “ideas encarnadas”.  Esta es para mí la clave: nada podemos hacer por cambiar el mundo si no es desde una transformación de nuestra propia sensibilidad. Esta es la oración que propongo en un día en que recordamos, en definitiva, que todos somos peregrinos en este mundo, que nuestra fe nace de la experiencia de un Jesús que anuncia la libertad y la fraternidad para todos los hombres y mujeres, y que, por tanto, estamos llenos de esperanza.
 
Inmaculada Mercado Alonso.
Comunidad de Vida Cristiana de Sevilla. Delegación Diocesana de Migraciones de Sevilla.


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