«El cuidado es político»

Por Pepe Laguna y Sonia Herrera Sánchez

«En cierto momento tenía flotando a mi alrededor dos campos léxicos: “revolución”, “política”, “organización”, “activismo”, “militancia” en un lado, frente a “cuidados”, “reproducción”, “vida”, “afectos”, “sostenimiento” en el otro. Sus pesos relativos y su lugar en los imaginarios de lo relevante estaban, de manera clara, descompensados».

Carolina León, Trincheras permanentes

 

Hace décadas que, desde los feminismos, en sus diversas corrientes, se viene reflexionando sobre la acuciante necesidad de poner la vida en el centro de nuestro sistema de organización a todos los niveles: social, político, económico, ambiental, cultural La pandemia mundial provocada por la covid-19 ha venido a evidenciar aún más nuestra interdependencia y nuestra vulnerabilidad compartida, agravadas por una profunda crisis de cuidados; una gobernabilidad basada en la necropolítica, es decir, en «el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir» (Mbembe, 2011) y una cultura del descarte, en palabras del papa Francisco que, desde el privilegio, señala qué vidas son dignas de ser lloradas y cuáles no (Butler, 2010).

Ante esta realidad -tremendamente distópica, si se quiere-, sin duda, la pregunta se revela en luces de neón: ¿Vulnerabilidad y cuidados poseen la fuerza política necesaria para fundamentar un nuevo contrato social que esté a la altura de un mundo globalizado, cada vez más diverso y complejo e inmerso en una crisis climática de dimensiones colosales? Nuestra apuesta es que sí.

Si ya en los 70 el movimiento feminista fue plenamente consciente de que lo personal era político, cómo obviar el peso y el valor fundamental que el cuidado de nuestra fragilidad intrínseca tiene en todos los ámbitos en los que desarrollamos nuestra existencia.

La psicóloga y filósofa estadounidense, Carol Gilligan, definía ese valor de la siguiente forma:

«La ética del cuidado no es una ética femenina, sino feminista, y el feminismo guiado por una ética del cuidado podría considerarse el movimiento de liberación más radical —en el sentido de que llega a la raíz— de la historia de la humanidad. Al desprenderse del modelo binario y jerárquico del género, el feminismo no es un asunto de mujeres, ni una batalla entre mujeres y hombres, sino el movimiento que liberará a la democracia del patriarcado».

Por ello, la potencialidad política y transformadora del cuidado debe ser analizada y puesta en práctica desde lo común, desde la colectividad, como forma última de lo humano y de su capacidad de reconocimiento de la alteridad, de acuerpar el sufrimiento “ajeno” y de cargar, encargarse y hacerse cargo corresponsablemente de la sostenibilidad de la vida.

Reza el título de una obra reciente de Adela Cortina (2021) que es “tiempo de cuidados” y que ese tiempo reconfigura nuestra forma de ser y estar en este mundo.  Añade la filósofa valenciana, en una sugerente reflexión sobre el engarce del cuidado con la justicia -una relación que nos lleva incluso más allá de ésta-, que el cuidado debe convertirse en “un valor públicamente reconocido y un deber equitativamente repartido”. Parece simple la afirmación, pero ésta rompe con siglos de división sexual del trabajo, donde lo reproductivo, las tareas relacionadas con el cuidado y el trabajo doméstico (remunerado o no) ha sido asignado desde una visión eminentemente binaria, esencialista y, por supuesto, injusta, solamente a las mujeres y, entre ellas, a las más precarizadas.

Ha dicho Silvia Federici en numerosas ocasiones en este sentido que el trabajo de cuidados es el más esencial y, a la vez, el más desvalorizado y peor pagado. ¿Cómo configurar, pues, una conciencia social en la que logremos romper con esa «fantasía de la individualidad» autosuficiente de la que habla Almudena Hernando? ¿Cómo construir un nuevo imaginario que reconozca que no hay vida sin cuidados, que no hay política -ni geopolítica, ni economía, ni planeta- posible sin lavar los platos, sin socializar los cuidados de nuestras criaturas y mayores, sin cambiar esta cosmovisión utilitarista y androcéntrica sobre la naturaleza y los otros seres que la habitan?

Constatamos que la respuesta a dichas preguntas supone un cambio radical de paradigma, una resignificación de nuestras vidas y, quizás, la revolución integral más profunda que se haya planteado jamás. Porque aquí no se trata de gatopardismo ni de reformas, sino de una transformación que refute el modelo de despojo neoliberal y capitalista, así como las estructuras patriarcales y coloniales en las que se asienta, y que proponga un proyecto político que, tal como explica Federici en El patriarcado del salario, se enfoque hacia «la reestructuración de la reproducción como el campo crucial para la transformación de las relaciones sociales, subvirtiendo así la estructura de valores de la organización capitalista del trabajo»  y acabe con «el aislamiento que ha caracterizado al trabajo doméstico en el capitalismo, no con vistas a su reorganización a escala industrial, sino con la idea de crear formas más cooperativas de llevar a cabo el trabajo de cuidados».

Se tratará de un proyecto indisociable de la visibilización de lo cotidiano y de la valorización social de las labores y los trabajos de cuidados que redibuje la noción de ciudadanía, construyendo una nueva matriz de sentido alrededor de la de la cuidadanía, un concepto con un gran potencial para pensarnos, vincularnos y acompañarnos desde la vulnerabilidad y el límite, prestando «una auténtica atención» -como diría Santiago Alba Rico- a los otros cuerpos vulnerables con los que compartimos existencia. Un proyecto de humanidad que suponga realmente una alternativa materializable ante los relatos colapsistas y que sitúe la sostenibilidad de la vida y no la mercantilización de la misma en el centro de todo sistema de organización, porque como ya hemos escrito en algún otro sitio, los cuidados recíprocos y el autocuidado no cotizan en el mercado valorativo de democracias neoliberales, sino en función de su rentabilidad económica. Se avecina, pues, mucho trabajo para construir indicadores que definan realmente que es vital, valioso e indispensable salvar y preservar.

Imágenes de pixabay.com.

 

 

 

 

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