CG (IV): HOMILÍA DEL CARDENAL FRANC RODÉ

Queridos miembros de la XXXV Congregación General de la Compañía de Jesús.
Para San Ignacio la Congregación General es un trabajo y una distracción (Const. 677) que interrumpe momentáneamente las ocupaciones apostólicas de un gran número de personas cualificadas de la Compañía de Jesús. Diferenciándose netamente de cuanto es habitual en otros Institutos, las Constituciones de la Compañía establecen que se celebre en tiempos determinados y no muy frecuentemente.
Es necesario, reunirla principalmente en dos ocasiones: para la elección del Prepósito general y cuando han de ser tratadas cosas de particular importancia, o problemas muy difíciles que tocan el cuerpo de la Compañía.
Es la segunda vez en la historia de la Compañía que se reúne una Congregación general para elegir un nuevo Prepósito general viviendo todavía el predecesor. La primera vez fue en 1983, cuando la XXXIII Congregación general aceptó la renuncia del tan amado P. Arrupe, imposibilitado por una improvisa y grave enfermedad para ejercer las funciones de gobierno.

Hoy se reúne una segunda vez, para realizar, delante del Señor, el discernimiento sobre la aceptación de la renuncia presentada por el Rev.mo P. Kolvenbach, que ha guiado la Compañía por casi veinticinco años, con sabiduría, prudencia, empeño y lealtad. Así mismo, se procederá a elegir a su sucesor. Deseo presentarle, Reverendísimo Padre Kolvenbach, a nombre de la Iglesia y al mío propio, un vivo agradecimiento por su fidelidad, su sabiduría, su rectitud, su ejemplo de humildad y pobreza. Gracias, P. Kolvenbach.
La elección de un nuevo Prepósito general tiene un valor fundamental para la vida de la Compañía, no sólo porque su estructura jerárquica centralizada concede constitucionalmente al General plena autoridad para el buen gobierno, la conservación y el crecimiento de todo el cuerpo de la Compañía, sino también porque, como dice muy bien San Ignacio, como el bien o mal ser de la cabeza redunda a todo el cuerpo…cuales fueran éstos (los superiores), tales serán a una mano los inferiores (Const. 820). Por esto vuestro fundador cuando indica las cualidades que ha de poseer el Prepósito general pone al primer puesto que sea un hombre muy unido con Dios nuestro Señor y familiar en la oración (Const. 723). Después de haber mencionado otras importantes cualidades, que no se encuentran fácilmente reunidas en una sola persona, termina diciendo si algunas de las partes arriba dichas faltasen, a lo menos no falte bondad mucha y amor a la Compañía y buen juicio (Const. 735).
Me uno a vuestra oración para que el Espíritu Santo, padre de los pobres, dador de las gracias y luz de los corazones, os asista en vuestro discernimiento y en vuestra elección.

Esta Congregación se reúne también para tratar materias importantes y muy difíciles que afectan tanto al cuerpo de la Compañía, como también el modo con el cual actualmente esa procede. Los temas sobre los cuales reflexionará la Congregación general vierten sobre elementos fundamentales para la vida de la Compañía. Os interrogaréis ciertamente sobre la identidad del Jesuita hoy, sobre el significado y los valores de vuestro voto de obediencia al Santo Padre que desde siempre ha cualificado vuestra Familia religiosa, la misión de la Compañía en el contexto de la globalización, de la marginación, la vida comunitaria, la obediencia apostólica, la pastoral vocacional, y otras temáticas importantes.
En vuestro carisma y en vuestra tradición podréis encontrar eficaces puntos de referencia para iluminar las opciones que la Compañía tiene que realizar hoy.
Ciertamente durante esta Congregación todos vosotros realizáis un trabajo importante, pero no es una distracción de vuestra actividad apostólica. Debéis mirar con la misma mirada de las tres personas divinas la redondez de todo el mundo llena de hombres, como os enseña San Ignacio en la obra de los Ejercicios Espirituales (n. 102). El ponerse a la escucha del Espíritu creador que renueva el mundo, el regresar a las fuentes para conservar vuestra identidad sin perder vuestro propio estilo de vida, el empeño para discernir los signos de los tiempos, las dificultades y las responsabilidades de la puesta en acto de las decisiones finales, son actividades eminentemente apostólicas porque formarán la base de una nueva primavera del ser religioso y del empeño apostólico de cada uno de los miembros de la Compañía de Jesús.
Ahora la mirada se ensancha. Vosotros no trabajáis sólo para dar una calificación religiosa y apostólica a vuestros hermanos Jesuitas. Son muchos los Institutos de vida consagrada que participan de la espiritualidad ignaciana, que miran con atención a vuestras elecciones; son muchos los futuros sacerdotes que se preparan en vuestras universidades y ateneos a ejercitar un ministerio; son muchas las personas que dentro y fuera de la Iglesia frecuentan vuestros centros educativos con el deseo de encontrar una respuesta a los desafíos que la ciencia, la técnica, la globalización, la inculturación, el consumismo, la miseria, ponen a la humanidad, a la Iglesia y a la fe, con la esperanza de recibir una formación que los haga capaces de construir un mundo de verdad y de libertad, de justicia y de paz.

Vuestro trabajar ha de ser eminentemente apostólico, con una amplitud universal bajo el aspecto humano, eclesial y evangélico. Debe ser siempre realizado a la luz de vuestro carisma, en modo tal que la creciente preparación de los laicos a vuestras actividades no oscurezca vuestra identidad, sino que la enriquezca con la colaboración de aquellos que, provenientes de otras culturas, comparten vuestro estilo y vuestros objetivos.
Me uno de nuevo a vuestra oración para que el Espíritu Santo os acompañe en vuestro delicado trabajo.
Como hermano que sigue con interés y con gran expectativa vuestros trabajos y vuestras decisiones, quiero compartir con vosotros las alegría y las esperanzas (GS. 1) así como las tristezas y las angustias (GS. 1) que tengo como hombre de iglesia llamado a ejercer un difícil servicio en el campo de la vida consagrada, en mi calidad de Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y para las Sociedades de Vida Apostólica.
Veo con placer y esperanza los miles de religiosos y religiosas que generosamente responden a la llamada del Señor y, dejando todo lo que tienen, se consagran con un “corazón indiviso” al Señor para estar con él y colaborar con él en su voluntad salvífica de conquistar todo el mundo y así entrar en la gloria del Padre (E.Esp. 95). Constato que la vida consagrada continúa siendo un don divino que la Iglesia ha recibido del Señor (LG. 43) y por lo tanto la Iglesia desea vigilar con solicitud para que el carisma propio de cada Instituto se conozca cada vez más y, con los necesarias adecuaciones a los tiempos actuales, se mantenga siempre intacto en la propia identidad para el bien de toda la Iglesia. La autenticidad de la vida religiosa es caracterizada por el seguimiento de Cristo y por la consagración exclusiva a Él y a su Reino mediante la profesión de los Consejos evangélicos. El Concilio Ecuménico Vaticano II enseña que esta consagración será tanto más perfecta cuanto por vínculos más firmes y más estables se represente mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su Esposa, la Iglesia (LG. 44). No se puede separar la consagración al servicio de Cristo de la consagración al servicio de la Iglesia. Así lo consideró San Ignacio y sus primeros compañeros cuando redactaron la Formula de vuestro Instituto, en la cual se dibuja la esencia de vuestro carisma: servir al Señor y a su Esposa, la Iglesia, bajo el Romano Pontífice (Fórmula I). Veo con tristeza e inquietud que va decayendo sensiblemente también en algunos miembros de las Familias religiosas el sentire cum Eclesia del que habla frecuentemente vuestro fundador. La Iglesia espera de vosotros una luz para restaurar el sensus Ecclesiae. Vuestra especialidad son los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. De esta obra magnífica de la espiritualidad católica forman parte integrante y esencial las reglas del sentire cum Ecclesia. Son como un broche de oro con el cual se cierra el libro de los Ejercicios Espirituales.
En vuestras manos tenéis los elementos para profundizar y actualizar este deseo, este sentimiento ignaciano y eclesial.
El amor a la Iglesia en toda la extensión de la palabra – sea la Iglesia pueblo de Dios, sea la Iglesia jerárquica – no es un sentimiento humano que va y viene según las personas que la componen o según nuestra conformidad con las disposiciones emanadas por aquellos que el Señor a puesto para regir la iglesia. El amor a la Iglesia es un amor fundado sobre la fe, un don del Señor el cual, porque nos ama, nos dona la fe en El y en su Esposa que es la Iglesia. El amor a la Iglesia presupone la fe en la Iglesia. Sin el don de fe en la Iglesia no puede existir el amor por la Iglesia.
Me uno a vuestra oración para pedir al Señor que os conceda la gracia de creer siempre más y de amar siempre más esta Iglesia que profesamos una, santa, católica y apostólica.
Con tristeza e inquietud veo también un creciente alejamiento de la Jerarquía. La Espiritualidad ignaciana de servicio apostólico bajo el Romano Pontífice no acepta esta separación. En las Constituciones que os ha dejado como norma de vida, Ignacio quiere verdaderamente plasmar vuestro animo y en el libro de los Ejercicios (n. 353) escribe: debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera Esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia Jerárquica. La obediencia religiosa se comprende sólo como obediencia en el amor. El núcleo fundamental de la espiritualidad ignaciana consiste en reunir el amor de Dios con el amor a la Iglesia jerárquica. Vuestra XXXIII Congregación recogió esta característica de la obediencia declarando que “la Compañía reafirma en espíritu de fe el tradicional vínculo de amor y de servicio que la une al Romano Pontífice”. Habéis retomado este principio en el dicho “En todo amar y servir”.
Sobre esta línea, seguida siempre por la Compañía en su historia pluricentenaria, debe ponerse también la XXXV Congregación general que se abre con esta liturgia celebrada cerca de los restos de vuestro Fundador para indicar vuestra voluntad y vuestro compromiso de ser fieles al carisma que os ha sido dejado en herencia y de actualizarlo de la manera que mejor responda a las necesidades de la Iglesia en nuestro tiempo.
El servir de la Compañía es un servir bajo la bandera de la Cruz (Fórmula I). Todo servicio realizado por amor implica necesariamente un vaciamiento de uno mismo, una kenosis. Pero dejar de realizar cuanto se desea realizar para hacer cuanto desea la persona amada es un trasformar la kenosis a imagen de Cristo que, sufriendo aprendió a obedecer. (cf. Heb. 5,8). Por esto San Ignacio, realísticamente, añadió que el Jesuita sirve a la Iglesia bajo la bandera de la Cruz (Fórmula I).
Ignacio se puso a las ordenes del Romano Pontífice para no equivocarse in via Domini (Const. 605) en la distribución de sus religiosos por el mundo, y hacerse presente allí donde las necesidades de la Iglesia fueran mayores.
Los tiempos han cambiado y la Iglesia tiene hoy que afrontar nuevas y urgentes necesidades. Menciono una, que a mi juicio es hoy urgente y al mismo tempo compleja, y la propongo a vuestra consideración. Es la necesidad de presentar a los fieles y al mundo la auténtica verdad revelada en la Escritura y en la Tradición. La diversidad doctrinal, de aquellos que a todos los niveles, por vocación y misión, son llamados a anunciar el Reino de la verdad y del amor, desorienta los fieles y conduce hacia un relativismo sin horizonte. La verdad es una, que siempre puede ser más profundamente conocida. Garante de la verdad revelada es el Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo (Cf. DV. 10). Los exegetas y los estudiosos de la teología están comprometidos en colaborar para investigar y proponer las Letras divinas, bajo la vigilancia del Sagrado Magisterio, las riquezas en ellas contenidas (Cf. DV. 23). Vosotros, a través de vuestra larga y sólida formación, vuestros centros de investigación, la enseñanza en el campo filosófico-teológico-bíblico, os encontráis en una situación privilegiada para realizar esta difícil misión. Realizadla con el estudio y la profundización, realizadla con la humildad, realizadla con la fe en la Iglesia, realizadla con el amor por la Iglesia.
Aquellos que, según vuestra legislación, deben vigilar sobre la doctrina de vuestras revistas, de las publicaciones, lo hagan a la luz y según las “reglas para sentir cum Ecclesia” con amor y respeto.
Me preocupa además, la separación siempre creciente entre fe y cultura, separación que constituye un impedimento grave para la evangelización (Spientia Cristiana, proemio).
Una cultura llena del espíritu cristiano es un instrumento que favorece la difusión del Evangelio, la fe en Dios creador del cielo y de la tierra. La tradición de la Compañía, desde los primeros tiempos del Colegio Romano, se ha colocado siempre en la encrucijada entre la Iglesia y la sociedad, entre la fe y la cultura, entre la religión y el secularismo. Retened tales posiciones de vanguardia tan necesarias para trasmitir la verdad eterna al mundo de hoy, con un lenguaje de hoy. No abandonéis este reto. Somos conscientes que la tarea es difícil, incómoda y arriesgada, y a veces poco apreciada, si no mal entendida, pero es una tarea necesaria para la Iglesia y es parte de vuestro modo de proceder. Los compromisos apostólicos pedidos a vosotros por la Iglesia son muchos y muy diversos, pero todos tienen un denominador común: el instrumento que los realiza debe, según una frase ignaciana, ser un instrumento unido a Dios. Es el eco ignaciano al Evangelio proclamado hoy: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Quien está unido a mi y yo en él, da mucho fruto (Jn, 15,15). La unión con la vid que es amor, se realiza solo a través del intercambio de amor silencioso y personal que nace, en la oración “del conocimiento interno del Señor, el cual por mí se ha hecho hombre y se extiende integro y vivo a cuantos están cerca de nosotros y a cuanto está cerca de nosotros”. No es posible transformar el mundo, ni responder a los retos de un mundo que ha olvidado el amor, sin estar bien enraizados en el amor.
A Ignacio le fue concedida la gracia mística de ser contemplativo en la acción (anotaciones al examen, MNAD 5,172). Fue una gracia especial donada gratuitamente por Dios a Ignacio que había recorrido un fatigoso camino de fidelidad y largas horas de oración en el retiro de Manresa. Es una gracia que, según el Padre Nadal, está contenida en la llamada de todo Jesuita. Guiados por vuestro magis ignaciano tened abierto vuestro corazón para revivir el mismo don, siguiendo el mismo camino recorrido por San Ignacio de Loyola en Roma, que fue un camino de generosidad, de penitencia, de discernimiento, de oración, de celo apostólico, de obediencia, de caridad, de fidelidad y de amor a la Iglesia jerárquica.
Mantened y desarrollad, a pesar de las urgentes necesidades apostólicas, vuestro carisma, hasta ser y mostraros delante del mundo como “contemplativos en la acción” que comunican a los hombres y a la creación el amor recibido por Dios y los orienta de nuevo hacia el amor de Dios. Todos comprenden el lenguaje del amor.
El Señor os ha elegido para que andéis y llevéis fruto y vuestro fruto permanezca. Id y llevad fruto en la confianza que todo aquello que pidáis al Padre en mi nombre o lo dará (cf. Jn. 15,16).
Me uno a vosotros en la oración al Padre, por Jesucristo su Hijo y en el Espíritu Santo, junto a María, madre de la Divina Gracia , invocada por todos los miembros de la Compañía bajo el título Santa Maria della Strada, para que os conceda la gracia de “buscar y descubrir la voluntad de Dios sobre la Compañía de hoy que construye la Compañía del mañana”.

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