DORADA TORMENTA DORMIDA

Dicen los que saben y están de vuelta de qué sé yo dónde que no merece la pena el esfuerzo si no va a ser reconocido, que lo importante es la retribución del trabajo. No estoy de acuerdo.

Mi hija pequeña duerme bien pero de vez en cuando, en medio de la noche, se agita, gime en sueños y se mueve como si algo la asustase. Me levanto, me acerco hasta ella y pongo mi mano en su mejilla, le susurro cualquier cosa y ella se tranquiliza. Deja de moverse y empieza de nuevo a respirar con suavidad, su pelo sobre la almohada como una dorada tormenta dormida. Leonard Cohen no conoce a mi hija pequeña, pero sin saberlo escribió estos versos para ella. Me vuelvo a la cama, pero me cuesta conciliar el sueño de nuevo. Por la mañana, cuando voy a despertarla arrastrando mis ojeras, la encuentro fresca como una rosa. Le pregunto si ha dormido bien, me sonríe y me dice que sí, sin recordar ni su miedo nocturno ni mi mano sobre su mejilla, me abraza con su cuerpecillo cálido y a mí me parece que el mundo está en orden, como si hubiese sido creado de nuevo en ese mismo momento. La vida escribe su manifiesto cada mañana. Sabed que en las noches oscuras de su alma que empieza a abrirse a la vida habrá siempre una mano sobre su mejilla incluso cuando yo ya no esté. Sabed que en todas las noches oscuras de todas las almas siempre habrá una mano sobre todas las mejillas, a la que no importa el reconocimiento. Hay motivos para la alegría. Siempre hay motivos.

Carlos Entrambasaguas cvx, publicado en Pastoral sj

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