ESCUCHAR y ENDURECER

Ojalá escuchéis hoy su voz:
“No endurezcáis el corazón
como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.

Son los dos verbos los que vienen a interpelarnos, ESCUCHAR y ENDURECER:
ESCUCHAR. Hoy hay déficit de escucha. Somos personas que hemos decidido enfrascarnos tras los cascos de los reproductores MP4. Somos personas que hemos decidido tener siempre algo que oír para evitar tener que escuchar. Nos hemos agarrado a la falta de tiempo, al estrés, a los objetivos a cumplir, a lo que hay que hacer… para no enfrentarnos a la voz del que nos llama, a las voces de los que nos imploran. No hay escucha sin silencio. Pero el silencio nos incomoda, nos descoloca. ¿Quién dirige tu voz hacia ti? ¿Quién necesita de tu escucha? ¿Estás en disposición de estar a la escucha del Padre?
ENDURECER. Nos hemos insensibilizado. Nos hemos anestesiado. Hemos subido el listón de nuestra compasión. Al revés que Jesús, que sintiendo compasión del leproso, actúa y le da soluciones, nosotros no nos dejamos ablandar tan rápido. Llevamos en el tuétano que alguien sensible no es capaz de sobrevivir en un mundo como el nuestro lleno de impersonalismo y de intereses. La llamada de hoy es a hacer frente a esta corriente de endurecimiento generalizado. Ya no nos compadecenos: no hacemos del padecimiento del prójimo el nuestro. Lamentamos, nos solidarizamos… pero no nos compadecemos.
Asistimos como espectadores a situaciones de abandono, de abuso, de acoso, de pobreza, de injusticia. Es difícil vivir con ello a menos que, claro está, nos coloquemos los cascos, le demos al PLAY y cambiemos la banda sonora del mundo por una que nos guste más. Ese es el truco.

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