HAMBRE en el MUNDO. HA LLEGADO “la hora” de la IGLESIA

Casi sin espacio en la vorágine de noticias financieras y políticas, nos llega incontenible la voz de alarma de que en varias regiones de la tierra, desde la India a Egipto, desde Méjico a Brasil, de norte a sur de África, hay un problema de escasez de alimentos más grave que nunca, ¡si cabe esta comparación! O sea, que la gente está pasando hambre y que los alimentos cotidianos, desde la leche a los cereales, escasean en muchos mercados del Sur. Quizá por las sequías, quizá por los biocombustibles, quizá por la escasez de dinero y sus intereses, quizá por la merma en la Ayuda Oficial al Desarrollo, quizá, ¡sin duda!, porque en caso de crisis los más débiles lo pasan peor. Está claro para quien lo quiera entender. (No me dejo la ineficiencia propia de países y autoridades del lugar, ¡vale!).
Dicen que en Haití hay fábricas de galletas que mezclan barro, con margarina y azúcar, y que la gente las come; si no hay más, la gente las come. Y claro, ¿quién va a proponer en nuestro mundo desarrollado, y en el modo como vamos a abordar la crisis económica, que empecemos por el problema del hambre de esa gente? Entre nosotros, por el contrario, todo el mundo espera una salida pronta y con costes reducidos para nuestro modo de vida. El problema es si nos llega para ir de vacaciones o, lo que es más grave, para pagar la vivienda, o aún peor, para alimentarnos bien. Yo lo entiendo, no me hago el bueno. Pero sí digo una cosa. ¡No sé cómo los pobres y los débiles nos respetan tanto! Tal vez porque son tan débiles que ni pueden presionar y condicionarnos con sus necesidades extremas.

Por José Ignacio Calleja. Sigue leyendo en Eclesalia…

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