La IGLESIA, ESCUELA de SOLIDARIDAD

La crisis, desaceleración, recesión o estancamiento económico —según las preferencias de los distintos autores— preocupa, con razón, a la sociedad española por diversos motivos. Algunos ven peligrar el aumento de su bienestar, otros se enfrentan a hipotecas impagables, muchos temen caer en la precariedad, especialmente, si pierden sus empleos, no pocos ven en peligro sus permisos de trabajo y residencia, si son inmigrantes. ¿Qué tiene que hacer la Iglesia en una situación como ésta? La respuesta a esta cuestión dependerá del posicionamiento ideológico de quien la conteste: para los laicistas, la Iglesia no tendría nada que hacer, porque la economía no es ámbito de su competencia; para los grupos sociales tradicionales, la Iglesia tendría que ayudar a paliar los efectos más negativos del deterioro económico; desde planteamientos creyentes más abiertos, éste sería el momento de mantener una actitud profética; para los sectores neoconfesionales, la Iglesia debería orientar la actuación de nuestros gobernantes.
Desde mi punto de vista, es preciso plantear bien la cuestión, antes de descender al terreno de las actuaciones concretas. En concreto, hay cuatro puntos de partida que admiten poca discusión:
1. La Iglesia no es el gobierno y, por consiguiente, su labor no puede consistir en sustituirle.
2. La Biblia no es un Tratado de Economía y, en consecuencia, ni desde ella ni desde la fe cabe encontrar soluciones inmediatas a los problemas económicos.
3. La fe es una experiencia que afecta a la totalidad de la persona humana y que, por tanto, puede iluminar también la realidad socioeconómica, desde una claves propias.
4. La Iglesia debe adoptar una actitud valiente, humilde y propositiva, para unir sus ideas y acciones a todas las que intenten gestionar solidariamente la crisis.

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