Oración de ADOLFO NICOLÁS sj en la Eucaristía de Clausura de los Actos Conmemorativos del Centenario del Nacimiento de ARRUPE

Señor y Hermano nuestro, escucha nuestra humilde oración:

Aquí estamos, tus amigos, tus hermanos y hermanas, compañeros de camino de tus refugiados. Recordamos hoy a otro de tus amigos que gastó su vida buscando tu rostro: tu siervo Pedro Arrupe, “un fuego que enciende otros fuegos”. Eso fue lo que él nos enseñó; que tú amas ocultarte, precisamente, en aquellos lugares donde la increíble y más espontánea belleza de la humanidad ha sido negada.
La verdadera humanidad y la esencia de esta verdad no se venden en la zona céntrica de nuestras ciudades, sino en los barrios pobres, abandonados en su miseria, en los campos de refugiados, en los rincones del mundo donde la gente sufre y se encuentra oprimida o excluida. Ahí es donde podemos encontrarte y redescubrir nuestros propios corazones. Esto hacemos, cuando llegamos al límite, al borde de lo que es humano; cuando descubrimos el centro, tu centro y nuestro centro.
Tus caminos no son nuestros caminos; tus formas de actuar no son las nuestras. Jesús, hermano nuestro y amigo, abre los ojos de nuestros corazones, de tal modo, que aprendamos a buscar dónde estás realmente esperando y llamando nuestra atención. Ojalá, nunca pasemos de largo sin ofrecerte la sonrisa que necesitas. Ojalá, nunca pasemos de largo como si no existieses o fueras invisible en las calles principales de nuestra ciudad. Ojalá, nunca creamos que tú tienes menos derecho que nosotros a vivir y a disfrutar. Ojalá, descubramos en ti, extranjero, inmigrante, refugiado, o cualquiera que es de algún modo “diferente”, la humanidad que estamos siempre a punto de perder.
Como muchos de los refugiados, nuestros hermanos y hermanas, has tenido que dejar tu pueblo para nacer, dejar tu país para sobrevivir, ocultarte para eludir la vigilancia hostil de las autoridades, sufrir el total abandono en la cruz. En todo nuestro entorno, encontramos cientos de hermanos y hermanas que han sufrido y siguen sufriendo tales experiencias. Ellos pueden ayudarnos a comprenderte y a ver tu rostro de una nueva manera en los rasgos africanos, eslavos, asiáticos, diferentes de los nuestros. Guíanos, Jesús, de “apariencia desagradable”, de tal forma que no perdamos esta gran oportunidad de encontrarte y de cambiar, al fin, nuestros corazones.
Jesús, hermano nuestro, cambia nuestra manera de mirar y sentir hacia nuestros prójimos. Ojalá no digamos nunca más “¡Qué pena!”, “¡Que horrible!”, cuando oigamos estos hechos. Ojalá, te veamos en estos acontecimientos y sintamos en nuestros corazones, “Jesús vivió así”. No vamos a encontrarnos con un pueblo marginado, sino contigo, y en este encuentro, ayúdanos a renacer a una nueva humanidad. Amén.

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