Pedro Arrupe y la Comunidad de Vida Cristiana

Hoy se cumplen 27 años de la muerte del P. Arrupe. Para ilustrar su profundo entendimiento y visión de la CVX, recordamos el artículo: “Pedro Arrupe y la Comunidad de Vida Cristiana” escrito por Patrick O’Sullivan SJ, Vice-Asistente Eclesiástico CVX Mundial de 1979 a 1986, que fue publicado en la Revista Progressio de 2001 nº 3-4 (pp.25-29), en el monográfico “P. Pedro Arrupe S.J. Un hombre de ‘MAGIS'”, editado por ExCo de la Comunidad de Vida Cristiana en el décimo aniversario.
 
A través de los siglos, algunos generales han dejado su marca en la Compañía de Jesús, cada uno a su manera. San Francisco de Borja reguló y extendió el tiempo que debía dedicarse a la oración cada día. El Padre Acquaviva, durante su largo y difícil ejercicio como general, detuvo un prometedor movimiento de sacerdotes y trabajadores entre los pescadores portugueses e introdujo el retiro anual. El Padre Roothan, el famoso general posterior a la restauración de la Compañía, dio pasos orientados a asegurar que nunca volviera a suprimirse la Compañía. El Padre Ledochowski gobernó la Compañía entre las dos guerras mundiales, donde “gobernó” es la palabra clave.
 
Teniendo en mente lo anterior, con Pedro Arrupe las personas de Roma acuñaron un dicho más o menos así: “Ignacio estableció la Compañía de Jesús como caballería ligera; Borja la convirtió en infantería; Acquaviva la llevó a los cuarteles; Roothan canceló todas las licencias; Ledochowski estableció un campo de concentración, y Arrupe llamó: ‘¡a romper filas!’”.
 
Esta es una caricatura, por supuesto, porque todos fueron grandes hombres, dentro de su tiempo. Pero hay un elemento de verdad en todo. Tal vez el mayor logro de Pedro Arrupe, como General de la Compañía de Jesús y Presidente de la Unión de Superiores Generales por 16 años, fue que él, más que ningún otro, quitó la dimensión de miedo de la vida religiosa, especialmente en la Compañía de Jesús. Como dijo el general de una orden: “elegimos al Padre Arrupe como presidente de la Unión por ser general de los jesuitas; lo reelegimos porque es Pedro Arrupe”.
 
Siendo Pedro un amante de sus hermanos, que se reía con ellos, confiaba en ellos, sus valores y su visión eran no sólo verosímiles sino contagiosos e inspiradores. Se reía con todos. En una ocasión los provinciales de Asia Oriental decidieron realizar una Conferencia Jesuita, encabezada por un mayor superior, en el entendido de que el primer presidente de la conferencia, a quien Pedro debía designar, debía ser asiático. Los provinciales deliberamos y propusimos una terna -esto es, tres nombres- para que Pedro escogiera, muy satisfechos de nosotros mismos por haber logrado un consenso con·tanta facilidad. Sin embargo, al poco rato, Pedro nos devolvió la lista y nos dijo que hiciéramos todo de nuevo. La carta decía: “ustedes estipulan que debo escoger un nombre de Asia, pero entre los tres nombres que me proponen sólo uno proviene de ese continente”.
 
Por lo tanto, tuvimos que empezar de nuevo, y esta vez resultó muy difícil. Cada provincial, en voto secreto sin firma, debería entregar una terna hasta que hubiera tres nombres en los que todos estuviéramos de acuerdo. Pero no conseguíamos llegar a tres nombres y el proceso se nos estancó. En mi desesperación propuse los nombres de Herodes el Grande, el Pato Donald y Greta Garbo, sin firmar por supuesto. Un mes más tarde recibo mi lista de vuelta desde Roma, en la que Pedro anotaba “sus primeros dos candidatos son inaceptables. Greta podría ser pero, ¿no tiene un problema de edad? Pregunte a sus consejeros”.
 
Puede decirse que Pedro Arrupe realizó una contribución extraordinaria para la restauración de la calidad de toda la vida religiosa de hoy, en términos de relaciones e imaginación en el entusiasmo y celo por la misión. Esto, particularmente dentro de la Compañía de Jesús, desarrollando la esperanza de San Ignacio en que sus hombres “en todo lo que hagan, tanto como les sea posible, serán libres, estarán en paz consigo mismos, y se dejaran guiar por la gracia particular que Ies ha sido dada a cada uno”.
 
Pedro fue un hombre tan lleno de amor gracias a su intenso y total amor por Jesús. Las siguientes son sus palabras para orar a “Cristo, nuestro modelo de Apostolado”: “Señor, meditando en nuestra ‘forma de proceder’, he descubierto que nuestra forma ideal de actuar es la forma tuya de actuar. Por esta razón fijo mis ojos en ti… por encima de todo, dame la Mente de Cristo de la que habla San Pablo: que yo pueda sentir con tus sentidos, con los sentimientos de tu corazón, que son esencialmente el amor por tu Padre y el amor por la humanidad… y yo quisiera imitarte no solo en tu sentir sino también en la vida diaria actuando, en la medida que me sea posible, como actuaste Tú”.
 
En una ocasión, durante una entrevista en la TV italiana, el periodista lanzó la pregunta sobre el Padre Arrupe: “¿Quién es Jesucristo para usted?” La pregunta tomó al Padre totalmente por sorpresa, y la respondió sin la más mínima vacilación: “para mi, Jesucristo lo es todo”.
 
Pedro Arrupe tenía una forma singular de poner su toque personal, y sus hombres lo amaban profundamente por ello. En el tiempo que estuve en Roma con la CVX, normalmente andábamos cortos de dinero. En una oportunidad enviamos tres ejemplares de nuestro boletín internacional que también llegaba a Pedro y su equipo, en un único sobre. Incluí una nota diciendo que nuestros lectores podrían deducir que estábamos enviando tres copias del boletín como señal de nuestra devoción a la Trinidad, pero que la verdadera razón era que nuestro presupuesto era bajo y habíamos descubierto que, si recortábamos cuidadosamente nuestro material, podíamos enviar tres al costo de una. Esa noche encontré una nota en mi buzón: “comparto vuestra devoción a la Trinidad, y me gustaría ayudar. P.A.” Junto a la nota venían tres billetes de cien dólares.
 
El apoyo que Pedro prestaba a la CVX distaba mucho de ser ocasional. Creía de verdad en la Comunidad de Vida Cristiana y la contribución que podía hacer en aras de transformar a la sociedad. Esto lo demostró claramente en las charlas que dio a la CVX en su exposición en la Asamblea Mundial en Roma en 1979; y en una sesión más informal que tuvo en un Curso de Formación en CVX realizado en Manila en 1981, pocos días antes de sufrir el ataque. Si mi memoria no me falla, durante esta charla en Manila nos dijo que todo el sentido de un Curso de Formación era prepararnos para juntar energías para el Reino al rebotar unos con otros, ialgo así como una pelota que va agarrando impulso al rebotar en un muro! El entusiasmo de Pedro por la CVX también encontró su expresión práctica, como cuando envió una carta a todos los provinciales de la Compañía de Jesús, recordándoles que la CVX era un cuerpo estrechamente conectado con la Compañía aunque independiente de ella y, en consecuencia, ningún provincial podía actuar de manera unilateral en la elección de un Jesuita como asistente nacional de CVX.
 
No tengo ninguna duda de que la confianza y la fe de Pedro en la CVX se debía especialmente a su incondicional admiración por dos personas extraordinarias que dieron su vida a la CVX: Louis Paulussen SJ y Josée Gsell SJ. Como hombre de “magis”, Pedro inmediatamente se entendía con las personas de gran corazón y mente, como Louis y Josée. Su visión y esperanzas en la “nueva” CVX tal como era en esos días, fueron eminentemente creíbles porque sus propias vidas reflejaban claramente esta forma de amar a Jesús y llevar Su misión por el mundo.
 
Pedro, Louis y Josée fueron una combinación que inspiró a muchos; quiera Dios que seamos merecedores de la confianza que pusieron en nosotros.
 
Patrick O’Sullivan SJ, Vice-Asistente Eclesiástico CVX Mundial de 1979 a 1986
Revista Progressio 2001 nº 3-4 (pp.25-29)

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