Los del “Artículo 49 de la Constitución”

Era una tarde luminosa, primaveral. Hacía poco tiempo que me había incorporado a un coro de mi parroquia para animar las celebraciones, más allá del coro de jóvenes. Esa tarde nos habían invitado a cantar en el encuentro de “Fe y Luz” que hay una vez al mes en la parroquia. Además, venía uno de los dos obispos auxiliares, que se encontraba en visita pastoral, permaneciendo una semana en cada una de las parroquias de la ciudad, para conocer la realidad de iglesia.

Y como era lógico, al inicio, le hicieron una breve presentación del movimiento, que yo desconocía también, formado por personas con “discapacidad intelectual”, familiares y amigos, en donde expresar su fe y vivencias. Y hablaron de los orígenes, de la discriminación que padecían en el seno de la iglesia, en donde se les excluía porque pensaban que no podían ser aptos, incluso para peregrinaciones. Unos padres que lo sufrieron con sus dos hijos en Lourdes, que fue el desencadenante del movimiento. Y quienes no conocíamos la historia, no pudimos dejar que no se conmovieran nuestros corazones, como Jesús ante Lázaro. Tantos signos de muerte en la historia reciente de la Iglesia. Era el año 1971.

Y habló Esperanza, madre de Carmen. Y le dijo al obispo, que se ha avanzado mucho pero que todavía queda bastante por hacer para que la Iglesia sea de verdad inclusiva. Una iglesia de todos donde todos nos podamos reconocer. Y puso como ejemplo el colectivo LGTBI, de la fe de esas personas que conoce por cercanía con el Centro Arrupe. Y entonces tuve muy presente a una compañera de mi grupo de vida, que justo el día anterior en nuestra reunión, había expresado una historia reciente de desánimo por la falta de respuesta de la Comunidad y en general, a aquellos actos organizados dentro de la pastoral de la diversidad sexual, o de la revuelta de las mujeres, en colaboración con el Centro Arrupe. Y Esperanza, madre de Carmen, delante del obispo auxiliar, me enseñó que el espíritu habla a su modo y no como nos gustaría, que la eficacia no la dan los números, sino la transformación de nuestra sensibilidad que conlleva la denuncia, y de cómo el dolor no se queda en uno, sino que trasciende nuestra forma de ver la realidad hermanándonos. Y Esperanza fue ayer uno de mis instrumentos particulares en que como decía San Ignacio “le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole” [Au 27].


Allí estaban David, Rafa, Carmen, Álvaro, Antonio…, personas con “discapacidad intelectual” según la reciente modificación del artículo 49 de la Constitución. Y habló Pedro, otro de mis instrumentos particulares ayer. Orientador en un colegio. La situación de unos padres con un niño de 5 años con una de esas enfermedades raras, de los que solo hay apenas cien en toda España, y a los que la administración les negó la asistencia de un “maestro sombra” como refuerzo. El duelo, la queja, la negación. “Te lo dije, estamos solos”, decía la madre al padre. Y allí estaba Pedro, como orientador, pero también como padre de un niño en similares condiciones. Y empatizando con su situación, pidiéndoles que dejaran al niño escolarizado. Que pensaran que era un regalo de por sí para sus compañeros, porque tiene unas “capacidades especiales” que hacen sacar lo mejor de sus compañeros.

Quizás el artículo 49 deba modificarse nuevamente, otra vez, y decir personas con “capacidades especiales”. Y pensé en esos padres, hermanos, en esos familiares, con esa abnegación y sensibilidad especial que trasciende su situación particular, y que saben mirar de frente, compadecerse del dolor ajeno, y movilizarse.

Ellos son también personas con “capacidades especiales”. Ayer fue una tarde verdaderamente luminosa.


Tomás Undabeytia,
Equipo Misión Espiritualidad CVX-E

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