Acoger

«Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apocalipsis 3:20).


Orar no es lo que nosotros hacemos, es lo que nos ocurre cuando nos ponemos delante de Dios. La semilla del sembrador da fruto cuando es recogida en los sótanos de nuestro interior, en el secreto y la conciencia más honda de nuestra personalidad, donde todo parece débil, pero todo es verdadero, se queda y produce fruto. Orar es RECIBIR la presencia de Dios en el hondón de la persona. (Ayudar y aprovechar a otros muchos-A.Guillén, P.Alonso, D.Mollá)


Acoger al Señor, abrirnos ante la divinidad que nos habita y descansar en ella, ensancha nuestras entrañas. Reconocer la vida como un tapiz tejido con los hilos de nuestra realidad encontrándose en Su urdimbre, educa la mirada; y entonces podemos de ver desde Él, con ojos nuevos, todo en nosotros: nuestra pequeñez, los lodos alborotados de nuestros desasosiegos más íntimos, de las dudas más escondidas, con esperanza; sabiéndonos amados, en lo menos amable de nosotros. Y miramos también nuestros frutos, los destellos de plenitud en que supimos transparentar a Dios, sin caer en la apropiación, como un acto compartido de amor, en el que fuimos cauce, nada más, y que nos hace sentirnos llenos de sentido.


Acoger al Señor nos induce al agradecimiento más profundo, al que impregna todo lo que somos, lo que hacemos; que transciende y se despliega dinamizándonos en la acogida de los demás en el Señor, y al Señor en ellos, como un hijo pródigo que se ha ido tramando con mimbres de padre: nos despliega en la fraternidad.


En la parábola del hijo pródigo el Padre sale de la fiesta para tratar de que el hijo mayor entre a la celebración. Ha de comprender todavía, que su relación con Él no puede estar al margen de cómo es la relación con su hermano: que la “reverencia” del P y F, nuestro amor subordinado para con el Padre, no puede estar al margen de la humanidad, de los hermanos. «Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase» (Lucas 15:11-32).


Acoger, es aceptar. Dejarle hacer en nosotros, desplegar las velas para que se llenen del soplo del espíritu, y surcar la vida dejándonos guiar por Él.

Carlos Erviti
Equipo Misión Espiritualidad CVX-e

3 Comentarios

  1. marta rosario Sánchez García

    Gracias

  2. Ricardo Pardo

    Muchas gracias Carlos; me ha ayudado mucho.

  3. Amparo

    Muchas gracias