Decía el filósofo español Xavier Zubiri en su libro “El hombre y Dios”, prologado por el que fuera tal vez su mejor discípulo, Ignacio Ellacuría sj, que “si Dios fuera una realidad que está más allá de todo lo real, el gran ausente y extranjero, sería una realidad en sí misma inaccesible. No es el caso: Dios es constitutivamente accesible”. Sin duda Zubiri se refería al Dios cristiano, al mostrado en Jesús de Nazaret, un Dios al que se accede no a través de la ciencia ni la razón sino de la vida, al que “se siente y se vive” cuando seguimos los pasos de Cristo.
Por eso me llama la atención que a veces, incluso desde la misma Iglesia, reivindiquemos imágenes de Dios más propias de la filosofía heredada de la antigua Grecia, un Dios en el que “se cree” por “evidencias científicas” y razonamientos teístas y al que luego hacemos funcionar como “tapa-agujeros” de la vida, una especia de “mago de Oz” al que procuramos tener de nuestro lado y pedirle favores.
Al contrario, el Dios cristiano es un Dios “débil” y encarnado en la realidad. Un Dios que se acercó en la persona de Jesús de Nazaret, que entró humildemente, por “la puerta de atrás” de la Historia estando entre nosotros como uno más, sin ventajas, que se identificó con los pobres y oprimidos y que terminó en una cruz porque molestaba a los poderes político y religioso de su tiempo. Jesús es Dios sí, pero sobre todo, Dios, el Dios cristiano es Jesús.
Así que la salvación de Cristo no es una propuesta evasiva. Al contrario, nos conecta con la realidad. Es ese Jesús resucitado cuyo Espíritu inspiró a Monseñor Romero a dar la cara y la vida por los más pobres, a Dietrich Bonhoeffer a enfrentarse públicamente al nazismo y perder su libertad y su vida por ello, a Pedro Arrupe a impulsar una nueva Compañía de Jesús en una Iglesia sensible a los signos de los tiempos dejando la salud y el prestigio personal en el camino, y a tantas y tantos seguidores anónimos que construyen Reino de Dios y nos sirven de modelo y guía. Sí, para encontrar a Jesús hay que hacer las cosas que hacía Él y como las hacía Él, al estilo de lo que se nos cuenta en ese pasaje de “los discípulos de Emáus”, tal vez uno de los más bellos del evangelio, y en el que el evangelista San Lucas posiblemente nos esté relatando su propia experiencia de fe: “Y, mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lc 24, 30-31).
Yo creo que tiene mucha razón el Papa Francisco cuando dice en su encíclica Fratelli Tutti que “…el hecho de creer en Dios y de adorarlo no garantiza vivir como a Dios le agrada… La paradoja es que a veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes” (nº.74). Por eso, me gusta mucho una frase que oí hace tiempo: “para creer hay que amar”. Creo que la cosa va por ahí. Y el que ama, no se equivoca nunca de bando.
Pedro Alonso
Equipo Misión Espiritualidad CVX-E


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