¡Yo no salí en la foto!

Un 31 de julio nos dejó el Peregrino.

Y un 31 de julio nos encontrábamos compañeros de Málaga y de Granada con el Consejo de CVX-E (+Leti + Tucho) y el Euroteam en la Casa Diocesana de Málaga para conmemorar el día de San Ignacio: una celebración sencilla en varias lenguas que, a modo de oración preparatoria, nos disponía a vivir la Asamblea de CVX en España, una asamblea nacional con dimensión universal.

Unas horas antes fui a recoger a Rasa (del Euroteam) al aeropuerto. Yo sostenía un papel con las siglas CVX escritas a lápiz por Susana. No tardamos en encontrarnos, a pesar de no conocer nuestros rasgos físicos y de la no coincidencia de las siglas en España y en Lituania. Tal vez, como el Peregrino, estábamos abiertos al encuentro, y no era necesario mucho más.

Arrancó la Asamblea, y al staff (para todos nosotros “grupo de acogida”) nos tocaba vivir una semana especial con escasos momentos de oración personal y de plenario, pero llena de sentido y comunión.

Nuestras tareas y actividades han sido de lo más variadas: tener a punto el café y el tentempié en los descansos; hacer viajes al súper y a la farmacia; recoger y llevar viajeros (mejor “peregrinos”) al aeropuerto o a la estación; jugar al cañonazo en la playa con nuestros tres jóvenes o disfrutar con ellos en el parque acuático; ir de casa Betania a casa diocesana y de casa diocesana a casa Betania (hasta el infinito y más allá); silbar en el coche la música de parque jurásico con “nuestros” dos niños de 7 años; reunirnos tras el desayuno para organizar la jornada; hacer de intérprete en las conversaciones y plenarios; meter más de 100 sillas en dos coches; disponer el templo para el concierto oración con Cristóbal; llevar al dentista a un compañero ceuvequiano; vestir los hábitos del peregrino Ignacio; preparar la fiesta final (con rifa incluida); ensayar los cantos para la Misa en el Astillero; leer los mensajes del grupo de acogida (evitar audios); hacer de guías turísticos en español y en inglés y comer boqueroncitos junto con Chris (presidente mundial) y su esposa; reírnos, disfrutar y conversar…

Antes de la Asamblea a los del grupo de acogida nos inquietaba que a dos niños y tres jóvenes (entre 120 asistentes) no pudiéramos o supiésemos ofrecerles un plan acorde a su edad e intereses. Al pasar los días, nuestras dudas se fueron disipando: los talleres de música y cocina ayudaron, pero sobre todo la actitud de estos cinco magníficos. Los niños disfrutaron cada momento y los jóvenes terminaron convirtiéndose en incondicionales del grupo de acogida; tanto, que en la fiesta final los nombramos miembros honoríficos del mismo.

La misión del grupo de acogida estuvo clara desde el principio: ayudar a que los delegados y todos los asistentes se sintieran como en casa y vivieran la mejor experiencia posible… orando, compartiendo, discerniendo, aprendiendo unos de otros, construyendo comunidad.

Pero resulta que también nosotros (grupo de acogida) vivimos nuestra experiencia poniendo nuestras capacidades al servicio de toda la asamblea y nos fuimos dejando modelar poco a poco como grupo complementándonos, ayudándonos y sintiendo que somos una sola comunidad de amigos en el Señor (con nombres, rostros y lugares de procedencia diverso: Córdoba, Sevilla, Granada, Almería, Jerez, Gran Canaria, Tenerife y Málaga).

Junto a esta humilde crónica podrían escribirse otras historias y relatos, fruto de anécdotas como la de la famosa tortilla de patatas, o de “lúcidas” conversaciones a altas horas de la madrugada.

Hubo para mí un gesto cargado de simbolismo al terminar nuestra Eucaristía en Astilleros Nereo: en el canto final nos acercamos a la orilla y acabamos embarcándonos y remando mar adentro. Sobran las explicaciones…

No menos significativo fue formar después una cadena humana para tirar del cabo y sacar la barca a tierra firme, con la ayuda e indicaciones de Alfonso, que nos acogió y nos abrió las puertas de los Astilleros a modo de templo marítimo, y de algunos amigos malagueños más.

Ese embarcarnos juntos tras la Eucaristía mientras otros continuaban cantando y bailando en la orilla (con Seve “a la guitarra”), unido a la sardinada compartida, tienen para mí un olor característico a Resurrección: somos comunidad de amigos que celebra y que se embarca en una misión esperanzada con los ojos puestos en Jesús.

Llegó el último día y el momento de la foto de grupo… pero yo estaba recogiendo a los niños.

Somos muchos los que hemos hecho posible esta Asamblea. De ellos un grupo numeroso sí está en la foto… y otro igual de numeroso (quizás mayor) no sale. ¡Qué alegría! ¡Cuánta gente cabe en la barca de Jesús! Hay sitio para todos. ¡Y no se hunde!

Víctor Espinar

peregrino CVX en Málaga

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