Yo era una mujer rechazada, acostumbrada a ser evitada por mi gente. Fui al pozo al mediodía, cuando nadie más iba, para evitar miradas y comentarios. Entonces todo cambió.
Un hombre judío, Jesús, me habló con respeto, me miró como nadie lo había hecho antes y me sentí comprendida y amada.
¿Cuántas veces sientes que no encajas?
Hoy, acércate a alguien que suela estar solo o que sientas que la gente evita.
Un simple saludo, una sonrisa o una conversación pueden marcar la diferencia.


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