Estamos leyendo muchas reflexiones sobre el Papa Francisco en estos últimos días.
Recogemos las palabras del cardenal Baldassare Reina, Vicario del Papa para la Diócesis de Roma, al iniciar la celebración eucarística en su sufragio el pasado lunes por la tarde en la Basílica de San Juan de Letrán: «Su amor por la Iglesia, su atención a los últimos, su valentía profética y su incansable proclamación de la ternura de Dios siguen grabados en el corazón del pueblo cristiano. Encomendamos su alma a la misericordia del Padre para que lo acoja en la paz y la alegría del Reino eterno»
En sus últimos días tuvo gestos que reflejaron precisamente eso que San Ignacio nos decía sobre “más en las obras que en las palabras”. Al volver a ver las imágenes de su visita a la cárcel Regina Coeli el Jueves Santo o de sus ya frágiles manos en su última bendición Urbi et Orbi de esta Pascua, comprendemos lo que quería decir cuando pedía que nunca se debilite el principio de humanidad como eje de nuestro actuar cotidiano[1]. También nos llamó a vivirnos todos y todas como hijos e hijas de Dios y a restablecer la confianza en los demás, haciendo realidad la conversión de las relaciones. Pidió por la paz y nos fue recordando muchos de los conflictos abiertos en el mundo, tanto los que están en primera línea de nuestras pantallas como aquellas crisis olvidadas. Desde esa llamada a la misericordia y a la justicia que estuvo siempre tan presente en él, volvamos a pasar por el corazón todos esos lugares donde la humanidad grita rota por la guerra: Palestina e Israel, particularmente Gaza, Líbano y Siria, Yemen, Ucrania, Armenia y Azerbaiyán, República Democrática del Congo, Sudán, Sudán del Sur y Myanmar.
Reconocemos también en su vida las palabras de Jesús en el lavatorio de los pies: “servíos mutuamente” (Jn 13, 14). Como laicado, nos animó a ser capaces de llevar la novedad y la alegría del Evangelio allá donde estemos[2], como Iglesia en salida y abierta a “todos, todos, todos”. El camino de la sinodalidad que emprendió nos invita a vivir la comunión, realizar la participación y promover la misión[3] compartida entre todas las personas bautizadas en la Iglesia, que se reconocen la misma dignidad y reciprocidad en la escucha activa de los signos de los tiempos.
Vamos a rezar por él como siempre nos pedía, pero también nos gustaría decirle ahora que ya está junto al Padre, en su Casa, que rece por nosotros y nosotras, para que continuemos con su legado, que no es otro que el de la Iglesia de Jesús, pobre y humilde, que peregrina en este mundo siendo testigo de la esperanza de la Resurrección: el Amor venció al odio. Una esperanza que no es evasiva, sino comprometida; no es alienante, sino que nos responsabiliza1. Demos gracias a Dios por este pastor con olor a oveja, que hasta el último día ha sido testimonio del mensaje de Jesús crucificado y resucitado. Descanse en paz.
Consejo Ejecutivo CVX-E
[1] Mensaje Urbi et Orbi del Papa Francisco en la Pascua 2025.”
[2] Mensaje del Papa Francisco a los participantes en el Congreso Nacional de Laicos, Madrid, 14-16 de febrero de 2020.
[3] Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”


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