En el día internacional de las personas migrantes…

No temas…

Ensancha el espacio de tu tienda,

despliega sin miedo tus lonas,

alarga tus cuerdas,

hinca bien tus estacas;

porque te extenderás

a derecha e izquierda,

tu estirpe heredará naciones

y poblará ciudades desiertas.

No temas,

no tendrás que avergonzarte,

no te sonrojes,

no te afrentarán;

olvidarás el bochorno de tu soltería,

ya no recordarás la afrenta de tu viudez.

Porque el que te hizo

te toma por esposa:

su Nombre es Señor Todopoderoso.

Tu redentor

es el Santo de Israel,

se llama Dios de toda la tierra.

(Isaías 54, 2-5)

Vivimos tiempos en los que se extienden discursos que nos impelen a tener miedo. Debemos temer a las personas migrantes y refugiadas —sobre todo si son menores que han llegado solas o solos a nuestro país—; a las personas que practican la religión islámica —salvo a aquellas que tengan la cartera bien llena de millones de dólares o euros, que han de ser recibidas y acogidas con beneplácitos y reverencias—. Hay que tener miedo a las personas homosexuales o transexuales; a las personas marginadas o pobres; a las personas que sufren cualquier enfermedad mental, etcétera. En definitiva, debemos temer a cualquier persona que sea “diferente” o que deje vislumbrar el más mínimo atisbo de debilidad. Y para asentar esos miedos y temores, quienes expanden tales discursos son capaces de recurrir al bulo más despiadado y a la mentira más burda, a la que, sin el más mínimo pudor, han renombrado como “verdad alternativa”.

¡Qué discursos tan sumamente alejados del mensaje principal que tantas veces se repite en el Evangelio en particular y en la Biblia en general: no temas, no temáis, no tengas miedo, no tengáis miedo!

En este Día Internacional de las Personas Migrantes —que fue instituido por la Asamblea General de las Naciones Unidas mediante la resolución 55/93 de 4 de diciembre de 2000— deseamos animar a quienes con gozo formamos parte de nuestra CVX a no tener ningún miedo a las personas migrantes y refugiadas. Deseamos recordar que si una institución civil llamaba hace ya cinco lustros a “asegurar el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales de todas las personas migrantes e invitaba “a los Estados Miembros, así como a las organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales” a que difundiesen “información sobre los derechos humanos y las libertades fundamentales de las personas migrantes e intercambiasen “experiencias” y formulasen medidas para protegerlas”, cuánto más quienes queremos ser discípulos de Jesús, que nos llamó a no tener miedo, deberíamos —como nos decía el papa Francisco— “acoger, proteger, promover e integrar” a las personas migrantes y refugiadas.

No estamos por la labor de tener miedo a una familia siria como la de la fotografía —tomada por Alberto Di Lolli—, que huía de una guerra sangrienta y cruel y vagaba perdida por una desierta carretera de Serbia con la esperanza de no ser despreciada, rechazada y expulsada por las autoridades europeas.

No estamos por la labor de tener miedo a una menor o un menor que han llegado a nuestro país en los bajos de un camión o arriesgando su vida en una travesía en cayuco o patera a través de alguna de las rutas marítimas más letales del planeta y que sueñan, tantas veces, con poder estudiar, formarse y trabajar para ayudar a sus familias de origen a salir de la miseria.

No estamos por la labor de tener miedo a mujeres y hombres que huyen de hambrunas y sequías derivadas del cambio climático global y se convierten en refugiadas y refugiados climáticos que intentan, al igual que cualquier persona humana, sobrevivir.

No estamos por la labor de tener miedo a una persona que se arrodilla en dirección a La Meca a orar al mismo Dios al que nosotros oramos —aunque lo llame con un nombre distinto— o que hace ayuno durante un mes determinado.

No estamos por la labor de tener miedo a una persona que trabaja de sol a sol bajo el mar de plástico de Almería —soportando condiciones que pocas personas nacionales están dispuestas a sobrellevar— y que, tras una agotadora jornada, no puede ni reposar en una vivienda digna sino en una maltrecha chabola en un asentamiento sin las mínimas condiciones de habitabilidad y salubridad.

No estamos por la labor de tener miedo a cualquier persona que tenga un color de piel más oscuro, que hable un idioma distinto o que hable el nuestro con un marcado acento extranjero.

No estamos por la labor de tener miedo a las personas inmigrantes, que tomaron la decisión de iniciar viaje hacia nuestro país, llegaron a nuestra ciudad o nuestro barrio y viven ahora con nosotras y nosotros.

Como el profeta Isaías, sí que estamos por la labor de ensanchar el espacio de nuestra tienda, desplegar sin miedo sus lonas y alargar sus cuerdas, para dar cabida, acoger y aprender a amar a quienes lleguen a ella: porque acogiendo y amando creceremos juntos a derecha e izquierda y seremos coherederos del reino de Dios, que es nuestro redentor y Dios de toda tierra.

¿No te parece que merece mucho la pena cambiar los discursos de miedo por narrativas de amor? Jesús no tuvo miedo ni a las personas extranjeras ni a las enfermas ni a las pobres ni a las ricas ni a las violentas, sino que las amó. Él nos insistió en no tener miedo y en amar, incluso a nuestros enemigos. ¡Hagámosle caso! ¡No tengamos miedo a quien sea diferente ni a un futuro en el que la acogida, la convivencia y la diversidad nos enriquecerán a todas y todos! Lo único que puede llenar nuestras vidas de sentido no es el miedo sino el amor.

¡Feliz Día Internacional de las Personas Migrantes!

Línea de misión migraciones de CVX España

2 Comentarios

  1. Marta

    Gracias

  2. M.C.

    Buenísimo! Gracias por ayudarnos
    a extender nuestras tiendas un poco más.