Es primer viernes de mes y voy camino de nuestra “cita silenciosa” en la Plaza de España. Una vez al mes, cuando el habitual bullicio de la ciudad alcanza su punto álgido, un grupo de personas nos reunimos en la plaza. No coreamos ruidosas consignas. Simplemente llegamos, nos situamos formando un círculo, desplegamos una sencilla pancarta con el texto “¡No a las leyes contra los inmigrantes y refugiados!” y guardamos silencio.
Lo que me mueve a estar aquí es una mezcla inseparable de compromiso personal —que como cristiano me llama a estar del lado de las personas vulnerables y marginadas— y un profundo sentido de pertenencia a mi comunidad —la CVX— y de apoyo y cercanía a las demás organizaciones presentes, a las que admiro. Entre todas convocamos este acto. Nos paramos en medio del ir y venir de la gente y permanecemos quietas y quietos, en silencio.
Pero, ¿qué es exactamente lo que intentamos decir cuando decidimos no usar palabras?
El latido del Círculo de Silencio: entre la indignación y la esperanza
Estar de pie, en silencio, es una experiencia que agita el corazón. Para mí, el sentimiento que define este momento es una amalgama de indignación y esperanza.
Indignación, diría que profética, porque lo primero que siento es un dolor profundo al constatar, mes a mes, que la injusticia sistémica que ignora, descarta, margina, enferma y silencia a las personas migrantes no cesa. No es simple tristeza sino indignación, y es profética porque nace desde la fe y me impide quedarme de brazos cruzados, indiferente ante el sufrimiento ajeno.
Pero esa indignación no me paraliza, porque me basta con mirar alrededor y ver los rostros de compañeras y compañeros de hasta diez colectivos distintos, unidos por una misma causa, para llenarme también de esperanza fraterna. Es el recordatorio vivo de que no estamos solos en esta lucha por la dignidad.
Y es, precisamente, en este torbellino de emociones y sentimientos en el que nuestro método —la quietud silenciosa— encuentra toda su fuerza y significado.
El poder de la quietud: ¿qué grita nuestro silencio?
En un mundo saturado de ruido y polarización, en el que las palabras a menudo pierden su peso y su significado, el silencio se convierte en la expresión máxima de la denuncia no violenta. No es un silencio vacío, sino que está cargado de significado en, al menos, tres dimensiones clave.
Respeto. Porque ese silencio es una forma de crear un espacio sagrado en el que honramos la dignidad de aquellas personas cuyas voces son sistemáticamente silenciadas por las leyes injustas y la indiferencia. Silencio que nos dispone a escuchar el clamor de las personas migrantes que otros se niegan a oír.
Contemplación. Porque la quietud compartida nos lleva a hacer algo que el ritmo diario de la vida impide: detenernos. Y es esa quietud la que nos permite cambiar de perspectiva y mirar más allá de los datos y las estadísticas para descubrir y contemplar rostros, y caer así en la cuenta y reflexionar sobre la enorme magnitud del sufrimiento humano que hay detrás de cada titular de prensa y cada ley injusta.
Denuncia profética. Porque nuestra presencia inmóvil rompe el paisaje de indiferencia de la plaza pública. Un círculo de personas quietas y en silencio es una anomalía que obliga al resto de viandantes a hacerse la pregunta de cuál será la causa de nuestra quietud. Y así, sembramos preguntas en algunas conciencias.
Tres facetas entrelazadas de una experiencia única, un solo acto que vivo como una confluencia de oración, protesta y comunión.
Un acto con tres dimensiones: oración, protesta y comunión
Cada vez que participo en el Círculo de Silencio, experimento cómo ese gesto equilibra tres realidades que
se nutren mutuamente. No es un gesto unívoco, sino la confluencia de tres dimensiones que le otorgan todo su valor y sentido.
Es oración. Es un tiempo que, desde la fe, me permite hacer memoria y, en silencio, recordar y repasar las noticias del último mes sobre la migración —las buenas y las malas—, las experiencias que he tenido en el encuentro con personas migrantes, y ponerlo todo delante de Dios. Es un acto de contemplación activa de la realidad.
Es protesta. Es un acto político de resistencia no violenta contra leyes concretas que considero injustas. Un desafío directo a la normalización de la crueldad. Mi silencio y nuestro silencio se convierte en un grito encarnado cuando las palabras se han agotado y ya no son suficientes para expresar la urgencia moral del momento.
Es comunión. El círculo no lo construyo yo solo. El hecho de estar junto a personas de otros colectivos nos fortalece —me fortalece—, evita que tengamos una visión parcial del problema migratorio, nos convierte en símbolo de solidaridad y nos pone, aunque sea simbólicamente, al lado de nuestras hermanas y hermanos migrantes.
Pero el tiempo del círculo de este mes va terminando y surge siempre la misma pregunta: ¿sirve realmente para algo?
El eco del silencio: ¿realmente cambiamos algo?
No voy a negar que, en ocasiones, tengo sentimientos encontrados sobre la efectividad real de este gesto. La duda sobre si cambiamos algo o si es un esfuerzo en vano está siempre presente. Sin embargo, con el paso del tiempo, he llegado a comprender que tiene un impacto que opera en un nivel visible y en otro invisible, ambos igual de importantes.
Nuestra presencia constante, mes a mes en el mismo lugar, rompe la rutina anónima e indiferente de la ciudad. Es el nivel visible, el de la sensibilización. Somos casi cien personas que, con nuestra quietud y silencio, logramos, como ya mencioné antes, que quien transita por la plaza se pregunte qué hacemos allí. Nuestro gesto se comenta y el mensaje de dignidad y respeto de los derechos humanos de las personas migrantes —que demandamos de forma silenciosa— va permeando poco a poco y transmitiéndose lentamente de boca a oreja.
Pero quizás la transformación más profunda y duradera sea aquella que no se ve: la de la conciencia y el corazón. Es el nivel invisible. El verdadero cambio se produce cuando logramos que, aunque sea en una única persona de las que pasa a nuestro lado, crezca la semilla que invita a romper con la polarización y la exclusión impuestas y a ver a las personas migrantes no como una amenaza o un número sino como seres humanos con plenos derechos. Si esto ocurre, ha cambiado algo fundamental y el silencio ha demostrado ser el camino más directo para llegar a esa capa profunda del alma de la persona que, a menudo, las palabras y los grandes discursos no logran alcanzar.
Este doble impacto no es fruto de un día sino de un compromiso sostenido en el tiempo.
Conclusión: la fidelidad de una presencia
Celebrar el Círculo de Silencio en Zaragoza desde hace trece años, mes a mes, sin falta, tiene un valor incalculable.
Tiene el valor de la persistencia. La fidelidad al gesto de quietud y silencio demuestra a la ciudadanía que nuestro compromiso es de fondo y no una moda pasajera. Trece años de presencia silenciosa incrementan la credibilidad de nuestra denuncia y envían un mensaje claro: no vamos a abandonar y olvidar a las personas migrantes, no vamos a dejar de reclamar sus derechos y —aunque parezca contradictorio por nuestro silencio— no nos vamos a callar.
Tiene también el valor de la comunión. Ese encuentro mensual con personas de Cáritas, ASA, Óscar Romero y otros colectivos —además de mi propia CVX— crea un frente moral unificado que fortalece a todos y cada uno de los colectivos y a todas y cada una de las personas que participamos. Nos recuerda que, aunque trabajemos desde distintos frentes, compartimos un mismo horizonte común.
Personalmente, este gesto mensual me ayuda a no dejarme llevar por los mensajes de pesimismo y odio que intentan imponerse y me mantiene anclado a una visión más humana y positiva de este mundo herido y convulso que nos está tocando vivir.
Y, cuando al terminar el círculo de este mes, se lee un manifiesto —como aquel inolvidable de Santiago Agrelo, cuyo discurso sobre los pobres me reconcilió un poco con la Iglesia— y siento que todo cobra sentido. Esas últimas palabras “aterrizan en el silencio” y transforman la emoción en un compromiso concreto y renovado.
Nuestro silencio se convierte entonces en el prólogo de la acción.
Y nos volveremos a ver el mes que viene…
(Este texto es fruto del resumen realizado por Joaquín Felipe de los sentimientos expresados por varias
personas de CVX en Zaragoza que participan en el Círculo de Silencio de su ciudad)


Gracias