“¿Dónde podemos ver a Dios, cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más?, ¿Cómo podemos confiar en Dios, cuando parece nada, ni uno mismo vale la pena?”(Carmina, 2026)
Intentado escribir este testimonio de la visita del Papa a Barcelona, oré y medité con la Palabra del Señor en Mateo 6, 19-23, donde se menciona la importancia de los ojos para ser luz y salud o oscuridad y enfermedad para el cuerpo. Especialmente reflexione sobre aquello que buscan los ojos, porque siempre buscan con una intención. Algunos buscan paz, felicidad, estabilidad, desarrollo personal, entre otras cosas; sin embargo, cuando estás son buscadas fuera de Dios, pueden incluso llegar a entorpecer lo mejor que podríamos alcanzar: Dejarnos amar por Dios y amarlo a Él.
Esta lectura me hizo preguntarme: ¿Dónde tenía los ojos, y, con ellos, la mirada antes del viaje apostólico de S.S. el Papa León XIV?, podría parecer casualidad, porque al leer el lema de la visita «Alza la mirada» (Jn 4,35), pareciera que busqué una lectura adecuada; pero no, en este tiempo que llevo intentando vivir en comunidad, se me ha relevado en más de una ocasión que Él siempre me mira, con amor me mira.
Si se preguntan por qué lo afirmo con tanta vehemencia, es porque, de todas esas ocasiones, la que más recuerdo desde que inicié mi camino en la CVX, fue en el 2024 cuando participé en la ruta de contemplación de frontera sur – Tarik Emaús. Yo llevaba los ojos prestos a buscar una realidad que no me era indiferente, pero, me encontré con unos ojos que también me miraban a mí. Recuerdo entrar en una de las salas de reuniones del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) de Almería (a quienes recuerdo con mucho cariño, agradecimiento y admiración) y encontrarme un cuadro de unos ojos fijos de mirada profunda, y sentir que eran de Jesús; allí donde me moviera seguían mirándome.
Para responder a esta primera parte, puedo decir que Él me sigue mirando, y que, aunque reconozco lo importante que es buscarle con mis ojos, Dios supera incluso nuestras limitaciones para dejarse encontrar. Eso mismo viví por medio de la visita del Papa León XIV y la comunidad CVX.
Puedo entonces decir que tenía los ojos puestos solo en mi, casi exclusivamente en mí, no porque lo eligiera, sino porque comencé a experimentar un trastorno de ansiedad generalizada y depresión. La ansiedad patológica (distinta de la ansiedad adaptativa) fue ganando terreno en contra de mi voluntad, llevándome a fijar la mirada allí donde mi mente percibía “más peligro”, como un mecanismo de supervivencia (en cierto modo, agradezco a mi sistema nervioso y a mi cerebro por intentar protegerme, aunque a veces lo hicieran de forma desbordada).
Y no estaba mal que mirara hacia dentro, porque aquello que sentía se había convertido en mi realidad. Sin embargo, incluso allí, Dios seguía presente, mirándome a través de mis amigos —que se habían convertido en familia—, de mi familia, de la comunidad CVX Fórum y de todo un sistema de salud que me sostuvo: psicólogas y una psiquiatra que me tendieron la mano como Jesús a Pedro en medio de las olas.
Durante ese tiempo de crisis, de repente mi ansiedad se había volcado hacia mi espiritualidad. Había fijado mis ojos solo en las preocupaciones, en mis errores y faltas, en mis insuficiencias ante Dios, en la desconfianza en mí y en preguntas como: “¿Estaré haciéndolo bien para Dios? ¿Y si muero pronto en pecado y me pierdo de Dios? ¿Y si pierdo a Dios a pesar de mis esfuerzos?”. Todo lo anterior me hizo dejar de lado lo más importante: dejarme mirar y alzar los ojos, alzar la mirada sin miedo a encontrarme con Él. Esa mirada que un día me enseñó a ser en Él, por medio de la adoración al Santísimo y a encontrar paz, confianza y tranquilidad, ahora se había convertido en angustia.
Te preguntarás: ¿cómo, aun después de convivir con la angustia y la desolación, pudiste participar en la visita apostólica del Papa? ¿Para qué? El motivo principal es el Espíritu Santo, al ver cómo actuaba a través de quienes me amaban. Él me guio no solo a pedir ayuda profesional y espiritual, sino que también me dio la confianza y la esperanza de que todo mejoraría, aunque no comprendiera lo que estaba pensando o sintiendo. Solo me pedía una cosa: permanecer, estar a su lado en la Eucaristía, en la adoración, en compañía de los que me querían y, por supuesto, en la visita del Papa.
Esta última afirmación se entiende mejor porque fue precisamente en la visita, en la vigilia de oración en el Estadio Olímpico “Lluís Companys”, donde, como siempre, Dios lo tiene todo preparado. En comunión, el testimonio de Carmina, quien había atravesado una depresión grave e incluso una segunda oportunidad de vida, dio aún más sentido a mi participación: a que permaneciera, a que estuviera allí, siendo Iglesia.
Carmina (una de las jóvenes que hablo con el Papa) compartió que, incluso en esa búsqueda de Dios, incluso dentro de la Iglesia, no estamos exentos de vivir, como san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Lisieux o santa Teresa de Calcuta —o como yo (porque a veces estamos más cerca de los santos de lo que creemos, en esa humanidad que olvidamos)— momentos oscuros, ya sea por motivos de salud mental o espirituales. Sin embargo, por su infinita misericordia, Dios nos sostiene y nos rescata en Él.
Su pregunta: “¿Dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más? ¿Cómo podemos confiar en Dios cuando parece que nada, ni uno mismo, vale la pena?” resonó dentro de mí. En plena crisis, recuerdo haber planteado preguntas similares al sacerdote del Temple Expiatori del Sagrat Cor, a donde corrí en busca de respuestas y consuelo. Aquello me ayudó a comprender que no estaba sola; no estaba sola en medio del sufrimiento, aunque el sufrimiento forme parte de la vida. No porque Dios lo quiera así —como afirmó el Papa—, sino porque Él, en su infinita misericordia, lo carga con nosotros.
Entonces, el Papa me recordó algo muy importante que había olvidado en medio del dolor y de la crisis: Jesús me pide permanecer con Él. Y lo hace porque Él mismo vivió la angustia en el huerto de Getsemaní. Allí no solo experimentó un sufrimiento personal, sino que asumió en su propia carne toda la angustia, la soledad y el dolor de la humanidad, incluidos los nuestros. Esto me revela a un Dios compasivo, que comparte nuestro sufrimiento y permanece a nuestro lado con una presencia llena de amor y misericordia (S. S. el Papa León XIV).
Comprender que mi fragilidad, mis límites y mi vulnerabilidad son válidos ha sido profundamente liberador, especialmente en una sociedad que nos impulsa a ocultarlos o eliminarlos porque no encajan con los valores de perfección (S. S. el Papa León XIV). Dar espacio a esta realidad dentro de mí, y dejar de medir mi valor por lo que hago, logro o tengo, para reconocerme simplemente como hija de Dios, es lo que me ha permitido descansar en medio de esta lucha con paz. También me ha ayudado a no sentir vergüenza ante una sociedad que con frecuencia valora a las personas por su funcionalidad, sin tener en cuenta la dignidad intrínseca que todos tenemos.
LA CRUZ DE JESÚS NOS DICE QUE DIOS NO NOS ABANDONA. Él permanece con nosotros incluso en los momentos de mayor dolor y soledad. Recoge nuestras lágrimas, escucha nuestros gritos y acoge también nuestras preguntas más profundas. (S. S. el Papa León XIV). Mientras escribo estas líneas, recuerdo que aquel sacerdote del Temple Expiatori del Sagrat Cor me presentó la carta apostólica Salvifici Doloris, de san Juan Pablo II. A través de ella comprendí que solo llevando mi sufrimiento a los pies de Jesús y de su cruz podía encontrar un sentido. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, ni por mis méritos, sino porque Cristo ya ha vencido. Es Él quien puede darle un sentido salvífico al dolor y transformarlo en un lugar de encuentro con su amor.
Finalmente, después del encuentro con el Papa y de la emocionante bendición de la Torre de Jesucristo en la Sagrada Familia, siento que puedo volver a alzar los ojos. Puedo alzar la mirada y orientar nuevamente mi vida hacia Él. No porque el miedo haya desaparecido por completo, sino porque he descubierto que la misericordia de Dios es más grande que mis temores. Y es precisamente en la cruz —signo supremo de su amor— donde encuentro la confianza para seguir caminando y permanecer como María.
Laura Jaime (Lala)
CVX Forum en Barcelona



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