Un viaje como el que ha hecho el Papa a España probablemente será diseñado a varias manos, entre las instancias vaticanas, la conferencia episcopal, y puede que hasta tenga alguna influencia el Gobierno del país receptor. Pero uno sospecha que la decisión de ir a las Islas Canarias ha sido voluntad expresa del propio León XIV. Es allí donde se ha escuchado el mensaje más claro y explícito de toda su estancia. Si ya durante las etapas previas había dejado menciones significativas, incluido el discurso en el Congreso de los Diputados, en estos dos últimos días las personas migrantes se han convertido en protagonistas absolutas.
Es sabido que Robert Francis Prevost, nacido en Chicago, tiene antecedentes familiares italianos, franceses, españoles y haitianos; y que adoptó la nacionalidad peruana en sus largos años de servicio en aquella tierra. Es, pues, un vivo ejemplo de tantos hijos de patrias diversas que hoy día va alumbrando la creciente movilidad humana. En su posicionamiento sobre la cuestión migratoria, León XIV se viene mostrando como fiel e inequívoco continuador de Francisco.
En Gran Canaria va directo al puerto de Arguineguín, epicentro hace pocos años de la crisis migratoria que generó el cambio a la ruta atlántica. En este lugar, donde se hacinaron más de dos mil personas en condiciones infrahumanas, ahora redenominado “Muelle Esperanza”, el Papa siente una necesidad imperiosa: “Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad”. La contemplación del mar y del Evangelio llenan la mañana de preguntas: “Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega. Nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre, la violencia, después del desierto, de la noche y del mar. (…) Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?”. El clamor, que ya aparecía en su primera encíclica, “Magnífica humanitas”, es doble: “ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática”.
Preciosa y confortadora la respuesta del Papa a una mujer víctima de trata: “Querida Blessing, aunque no estás aquí hoy, tu voz sí. Gracias por compartirnos tu historia. Tu nombre significa bendición, y nos recuerda que cada vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla, porque en cada persona resplandece la imagen y semejanza del Creador (cf. Gn 1,27). Nos has dicho que te fuiste de tu país no porque quisieras, sino porque no había otra opción. En tus palabras escuchamos el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos. Quisiera que este mensaje llegue hasta ti y a tantas mujeres víctimas de la trata y la explotación: si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Si quisieron encerrarte en un pasado de dolor, Dios sigue pronunciando sobre ti una promesa de futuro. Si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija, hermana, eres bendición. Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte. Y nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor”.
En Tenerife, el Santo Padre visita el centro de acogida “Las Raíces”. También aquí, como luego en San Cristóbal de La Laguna, se encuentra con personas migrantes, las abraza, escucha sus testimonios, les infunde ánimo, las mira con ternura. Tiene palabras para ellos y para todos los demás: para sus cuidadores, para la comunidad cristiana y la sociedad en general, también para quienes ostentan responsabilidades políticas: “La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro. (…) Integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro. (…) De ahí que el Evangelio nos eduque en una lectura más honda de la realidad: la que nace de la cercanía, de la paciencia y de unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos”.
Tampoco se olvida de los explotadores, de quienes convierten el sufrimiento ajeno en negocio, a los que lanza órdenes y advertencias sin desperdicio: “Deténganse. Conviértanse (cf. Mc 1,15). Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él (cf. Gn 4,10; Ex 3,7-9). El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro (cf. Jr 22,13; St 5,1-6). Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado, habrán de comparecer ante la justicia divina (cf. 2 Co 5,10). Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio (cf. Is 58,6). Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión (cf. Ez 33,11).”
Hacemos nuestras sus palabras de despedida para confirmarnos en la Misión, con mayúsculas: “Alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos. (…) Este es el corazón del Evangelio, el corazón de Cristo. Quien se sumerge en él ya no vive para sí mismo. ¡Abran a todos este mar de amor!”.
Como miembros del Pueblo de Dios, cuánto bien nos hace ver a nuestro Pastor en el lado correcto, junto a quienes lo necesitan, brindándoles todo su apoyo firme y cariñoso.
Línea de misión migraciones de CVX en España
Imagen: Alberto Di Lolli


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