El pasado 25 de octubre, durante la Eucaristía final del encuentro que tuvimos en Loiola, celebré mi compromiso permanente. Era el regreso a un lugar que supuso para mí el descubrimiento de la espiritualidad ignaciana.
Viene a mí la memoria de ese año 2008 en que decidí hacer unos Ejercicios Espirituales un poco inconsciente y sin saber en qué consistían. Solo, sin contacto alguno previo, y guiado por la curiosidad que me causara la lectura de un libro que estaba en la estantería de mi casa de un jesuita, Luis González Carvajal. Aquel libro me transmitía un Dios distinto al que yo construyera. Fascinado y con deseos de saber más, me cojo ocho días y me voy al Centro de Espiritualidad de Loiola.
No fueron días “cómodos”, muchas cosas me removieron por dentro. Algunas intuiciones: la necesidad de abrirme al misterio (palabra que viene del griego y que etimológicamente implica el acto de cerrar los ojos y la boca, es decir, de entrar en mi interior). Un Dios que me ama personalmente y que quiere lo mejor para mí. Descubro también que la vida no se escoge, se acoge. Que la vida es una decisión de Dios, que Él la bendice, que El me habla en el día a día y en lo ordinario…
En fin, salgo de los Ejercicios con ganas de seguir descubriendo más de ese Dios intuido a través de las mociones de esos días y con la convicción de que la fe tiene que ser vivida en comunidad.
Y a ello me pongo. Con solo un correo electrónico encontrado por “causalidad” y la información de que existía en A Coruña una comunidad de espiritualidad ignaciana escribo para contactar. Nada más sabía de ellos, ni ellos de mí.
Descubro desde el principio una comunidad acogedora, que respeta mi proceso, que me ayuda a crecer en la fe. Y comienzo a conocer las diferentes herramientas ignacianas: el examen ignaciano, el acompañamiento… A conocer que es la Comunidad de Vida Cristiana y su carisma.
Y poco a poco, creciendo y conociendo más a un Dios padre/madre que habita en todas las cosas, situaciones y que en el día a día me habla en lo ordinario, decido dar un paso más, y realizar mi compromiso temporal (2016), donde me comprometo a seguir creciendo en la fe y en comunidad.
Y finalmente hace unos meses, en el proceso de unos Ejercicios Espirituales con otras amigas y amigos en el Señor de la CVX de Latinoamérica, que hacíamos en línea, sale con fuerza mi deseo de hacer mi compromiso permanente, que finalmente queda confirmado como moción principal.
Loiola fue el principio de todo este proceso y sería el regreso, como en el movimiento de espiral. Por eso este encuentro fue para mí un momento muy especial: si la primera vez entraba solo e ignorante de todo, esta segunda vez regreso con la presencia y acompañamiento de muchos quevequianos y quevequianas (como dicen en Latinoamérica).
Una gracia inmensa poder compartir con tantas personas que vienen de prácticamente toda la CVX en España juntos nuestra fe como cuerpo apostólico; sentir la confirmación de que este es mi lugar dentro de la Iglesia, donde vivir la fe y seguir la misión apostólica de Jesús.
Como me decía un compañero de comunidad este fin de semana: que suerte estar juntos y juntas, y descubrir que, aún sin conocer de nada a muchas de las personas que allí estábamos, sentir que hablamos el mismo lenguaje y la misma misión que es la de Jesús, pobre y humilde.
Xesús Ledo
CVX en A Coruña





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