Nadie le había preguntado, pero decidió contarme cómo había llegado hasta allí. Ella y su marido, con una pierna paralizada debido a un accidente, tenían una “casita” y unas “tierrecitas” en las que cultivaban hortalizas para consumo propio y para venderlas en un mercado cercano. La familia la componían, además, un hijo con quince años recién cumplidos y una hija de apenas doce, que acudían a la escuela y ayudaban en lo que podían con las labores del campo. Desde el accidente de su marido todo se había complicado mucho, pero a base de tesón y de durísimo trabajo ella conseguía sacar adelante la familia, y era feliz. Una noche, justo después de cenar, llamaron a golpes a su puerta. Sobresaltada, se levantó, abrió y se encontró con el cañón de un fusil que apuntaba directamente a su pecho. Un hombre al que no veía desde hacía muchos años pero al que recordaba bien, porque era el familiar “importante” de su marido que le habían impuesto como padrino de su hijo, ordenó al guerrillero que bajase el fusil y, apartándola, se abrió paso hacia el interior. Era él quien comandaba ese grupo de las FARC que ya se disponía a pasar la noche alrededor de la casa. El hombre saludó a grandes voces a su marido, que estaba pálido de miedo, y a ella le ordenó que le preparase algo de cenar y que diese todo el grano disponible, algunas hortalizas y un par de gallinas a sus hombres. Cuando acabó de cenar, tuvo que prepararle el cuarto de los niños para que pasase allí la noche. Los niños y su marido se acostaron en la cama de matrimonio y ella pasó la noche despierta, aterrorizada, en una silla. A la mañana siguiente, el “huésped” les informó sobre los motivos de su inesperada visita. Por un lado, debían custodiar durante un par de días dos grandes cajas con armas y explosivos. Por otro, cuando volviera a recoger las armas, se llevaría también al niño que, según él, “ya tenía buena edad para unirse a la guerrilla y hacerse un hombre y un buen soldado”. Ella protestó y él, sacando la pistola, amenazó con dispararle en la cabeza para, finalmente, darle con ella un golpe en plena cara que hizo que perdiera el sentido. Cuando recuperó la consciencia, el nefasto visitante y su grupo ya no estaban, la niña lloraba desconsolada, y su niño y su marido, paralizados por el pánico, contemplaban las grandes cajas con armas y explosivos. Ella tuvo claro que su sentencia de muerte estaba ya dictada. Si no “colaboraban” con las FARC, los matarían. Si lo hacían, llegarían los “paracos” y los matarían por haber “colaborado” con la guerrilla. Y a todo esto se unía la horrenda perspectiva de ver a su hijo convertido en un niño soldado. Aún sangraba por la boca cuando, olvidándose del dolor y de su cara hinchada, empezó a preparar las pocas cosas que, habida cuenta de la pierna paralizada de su marido, podrían llevar consigo caminando hasta la frontera. Como ella me dijo, “cuando la guerra llama a tu puerta, solo queda huir”. Consiguieron llegar al Puente San Miguel tras dos días de penosa caminata: ella, ayudando los torpes y pesados pasos de su marido, y los niños, arrastrando los pocos bártulos que habían llevado consigo. Sonó el celular de su marido y ella contestó. Un vecino les avisaba de que su “casita” y sus “tierrecitas” estaban en llamas y de que la guerrilla los buscaba para matarlos. Ya no había ningún lugar al que volver.
La cogí de la mano y le pregunté si podía darle un abrazo.
Desde entonces, he conocido a muchas personas que sintieron ese “efecto llamada”, el real, cuando la guerra, la violencia, la persecución, el hambre, la miseria, la desesperanza o los desastres naturales llamaron a su puerta y decidieron que la única opción que les quedaba era partir hacia lo desconocido y dejar atrás su casa, su familia, sus seres queridos, su tierra, su país. El otro “efecto llamada”, ese del que hablan políticos ultras, nacionalistas y populistas, no es sino uno de los bulos más perversos que circulan sobre las migraciones y que, según todas las estadísticas y estudios sobre la materia, nunca ha existido.
El término “efecto llamada” fue acuñado en EE.UU. por los detractores de la Immigration Reform and Control Act (IRCA) que, aprobada por el Congreso y firmada por el presidente Ronald Reagan el 6 de noviembre de 1986, otorgaba una “amnistía administrativa”, regularizando a los inmigrantes sin papeles que demostrasen haber residido de forma continuada en el país desde antes del 1 de enero de 1982. Los críticos sostenían que ese “trato de favor” a la inmigración irregular llevaría a masas ingentes de millones de personas a tratar de llegar irregularmente a los EE.UU. para asentarse allí. A pesar de que tal cosa nunca sucedió —las detenciones de personas que intentaban cruzar la frontera de forma irregular se redujeron un 24% en los tres años siguientes a la aplicación de la IRCA aunque la misma legislación casi duplicó los fondos destinados a patrullas y medios de control fronterizos— el término entró a formar parte de la jerga del supremacismo blanco y se exportó con éxito a otros países que llevaban a cabo procesos de regularización e integración de las poblaciones inmigrantes en situación irregular.
En España, el término “efecto llamada” hizo su irrupción en 2005, cuando algunos partidos y medios de comunicación lo emplearon para criticar la regularización promovida por el gobierno, entonces socialista. Olvidaban mencionar, deliberadamente, que, con anterioridad, se habían producido ya seis regularizaciones —1986, 1991 y 1992 bajo gobiernos del PSOE y 1996, 2000 y 2001 bajo gobiernos del PP— sin que ningún dato posterior a esas fechas avalase en modo alguno sus augurios. Cuando en 2006 se produjo la “crisis de los cayucos” en Canarias, afirmaron que era consecuencia de la regularización, soslayando que los acuerdos pesqueros de la UE con Senegal habían empujado, justo en esos años, a decenas de miles de pescadores tradicionales de ese país a la pobreza más absoluta, sin dejarles otra opción que jugarse la vida en la ruta migratoria más mortífera del planeta: la ruta canaria. Los informes sobre inmigración irregular del Ministerio del Interior de los siguientes años no solo demostraron que tal “efecto llamada” no existió sino que constataron, tras la “crisis de los cayucos”, un drástico descenso de las llegadas a las costas españolas hasta un mínimo nunca visto en los registros del siglo XXI, en 2013, que apenas suponía la quinta parte de la media de llegadas de los años 2000 a 2005, previos a la regularización.
En nuestro entorno europeo se pueden citar otros casos de políticas de regularización e integración. Luxemburgo llevó a cabo cuatro regularizaciones entre 1986 y 2001, siendo destinada una de ellas, en exclusiva, a regularizar a más de un millar de españoles y portugueses que residían sin papeles en su territorio cuando no existía aún el espacio Schengen. Alemania ha regularizado a casi dos millones de personas desde 1996. Grecia regularizó a casi un millón de personas entre 1997 y 2001. La mayor regularización de Italia, aplicada a 635.000 personas, la llevó a cabo el gobierno conservador de Silvio Berlusconi a través de una ley promovida por el histórico líder de la ultraderechista Liga Norte, Umberto Bossi. Países Bajos ha llevado a cabo diez regularizaciones, las mismas que Francia. Ninguna de esas regularizaciones provocó que inmensas multitudes de migrantes asaltasen las fronteras de la UE.
En este 2024, ante el llamativo aumento de llegadas a Canarias, resulta sonrojante escuchar a políticos de nuestro país resucitando el bulo del “efecto llamada” –que lleva casi cuarenta años demostrándose falso– y omitiendo que dicho incremento obedece al cierre de la ruta mediterránea oriental por parte, entre otros, de señores de la guerra libios que —regados con millones de euros de nuestros impuestos para hacer de gendarmes de las fronteras europeas— secuestran, encarcelan, extorsionan, esclavizan, violan o directamente asesinan a los migrantes subsaharianos que optan por esa ruta. Evidentemente, los que no pueden llegar por el este, lo intentan por el oeste, sin que haga falta ni “efecto llamada” ni crecimiento alguno en el número de migrantes que buscan una vida más digna en Europa. De hecho, según datos de la OIM y del Consejo Europeo, el número global de llegadas irregulares a la UE ha descendido un 39% en lo que llevamos de año.
Aunque algunos no se lo puedan o quieran creer, a toda persona humana le gusta vivir en la tierra que la vio nacer, rodeada de su familia y amigos, oyendo y hablando su lengua y viendo a su país y a su región prosperar en paz. Y es que, según el Informe sobre la Migraciones en el Mundo 2024 de la OIM, el 96,4% de la población mundial vivía en 2020 en el país en el que nació, y las causas que normalmente llevan a las personas a tomar la decisión de migrar no dependen tanto de los países de destino como de las situaciones que se viven en los países de origen. Baste recordar que los grandes incrementos de los flujos migratorios hacia Europa de los últimos años han coincidido con las guerras de Siria, Irak, Afganistán y Ucrania; con las olas de violencia desatadas por los terroristas del ISIS y Al Qaeda en el Sahel o por los de Boko Haram en Nigeria y con graves crisis internas, como la ya mencionada en Senegal. En el caso específico de España no podemos olvidar que la crisis venezolana lleva años siendo el origen de un gran movimiento migratorio hacia nuestro país.
El inexistente “efecto llamada” no es sino una reducción al absurdo de un fenómeno muy complejo, como es el de las migraciones, que depende de múltiples causas, que van mucho más allá de las políticas que decida llevar adelante un dirigente de un país occidental. La perversión fundamental del bulo del “efecto llamada” radica en que, aunque no exista, los políticos que ocupan los gobiernos hacen todo lo posible para que nadie —ni la oposición ni los medios de comunicación ni la ciudadanía— pueda acusarlos de provocarlo y, así, diseñan y ponen en práctica políticas cuyo eje fundamental es “tratar mal al inmigrante” y llenar de trabas su posible proyecto migratorio. El no provocar ese supuesto “efecto llamada” se usa entonces como excusa para olvidarse de los derechos fundamentales que asisten a todo ser humano por el hecho de serlo y no por su nacionalidad de origen.
Jesús acogía y amaba a los más vulnerables sin preguntarles sobre su procedencia. Nosotros no podemos ser cómplices de los bulos que niegan la acogida y la integración a quienes, empujados por circunstancias muy complejas y dolorosas, decidieron emprender el tantas veces penoso camino de la migración.
Equipo de misión Migraciones de CVX en España
———————————————————————————————————————————–
Nota y enlaces a los materiales empleados para la redacción del presente artículo:
- El testimonio que aparece en este artículo es absolutamente real.
- Joshua Linder. “The Amnesty Effect: Evidence from the 1986 IRCA”.
- Ana Gonzalez-Páramo, Sergio Gallego y Lucía Rodés (investigación); Paula Trujillo y Alberto Alonso (diseño). “Historia de las regularizaciones”. Fundación porCausa.
- “Historia de las regularizaciones en el mundo” (notas en página Excel). Fundación porCausa.
- Lucila Rodríguez-Alarcón. “La verdad sobre el efecto llamada”. El País, 26/07/2017.
- Ana M. Rosado Caro (APDHA). “Prevenir el efecto llamada”. elDiario.es, 11/06/2024.
- Cristian Sima Guerra. “Inmigración: el efecto llamada, ¿qué es y por qué no existe?”. elpaiscanario.com, 25/09/2020.
- “El “efecto llamada” no existe: ni las “regularizaciones masivas” ni las “ayudas sociales” fomentan la llegada de inmigrantes”. Verificat, 31/05/2024.
- Balances e informes anuales sobre inmigración irregular. Ministerio del Interior.
- Migración y Asilo, Infografías. Consejo Europeo.
- Carlos Gómez Gil. “Lo que hay detrás de las migraciones de senegaleses: acuerdos económicos, agricultura, pesca e inmigrantes”. El País, 6/11/2020.
- McAuliffe, M. y L.A. Oucho (eds.), 2024. Informe sobre las Migraciones en el Mundo 2024. Organización Internacional para las Migraciones (OIM), Ginebra.
- Valérie Gauriat. “La pesca de grandes buques extranjeros asfixia a la pesca tradicional en Senegal”. Euronews, 11/02/2022.


0 comentarios