Acompañar en el deporte

El mundo del deporte, tan lleno de belleza, esfuerzo y entrega, es también un ámbito de grandes retos personales y comunitarios. Quienes hemos practicado deporte sabemos que en él se viven momentos de euforia y de frustración, de superación y de derrota, de entusiasmo y también de cansancio y falta de motivación. Es precisamente en ese vaivén de emociones y experiencias donde el acompañamiento pastoral se vuelve esencial. Esa ha sido mi experiencia como deportista durante muchos años jugando al fútbol, pero también como entrenador y ahora como capellán deportivo. En la tradición de la Compañía de Jesús, para esta actividad tenemos un nombre propio: cura personalis, es decir, el cuidado de cada persona en su totalidad, con su historia, sus dones, sus heridas y sus deseos más profundos.

La pastoral deportiva no puede reducirse a una acción genérica simbólica. Necesita ser concreta, encarnada, real. Y para ello, el acompañamiento pastoral se revela como uno de los pilares fundamentales. Cuando hablo de acompañamiento a los deportistas desde la pastoral no hablo sólo desde un punto de vista teológico o más profundo, hablo de algo más amplio, capaz de atender a las diversas dimensiones de la vida de una persona, incluyendo, por supuesto, su contexto deportivo, pero también el afectivo, intelectual y comunitario.

En la Compañía de Jesús, la cura personalis nos recuerda que toda persona merece ser escuchada y acompañada. En el deporte, esta mirada se vuelve especialmente valiosa. Siempre he tenido presente que nuestra misión, también en el ámbito deportivo, no se centra solo en formar atletas exitosos, sino en ayudar a crecer a las personas de manera íntegra, es decir, que fueran capaces de integrar su fe con la pasión que tienen por el deporte. El objetivo del acompañamiento nunca es controlar o dirigir desde fuera, sino caminar junto al deportista, abriéndole horizontes y ayudándole a leer lo que vive a la luz de su historia y de su relación con Dios.

Desde mi experiencia, podemos distinguir dos tipos de acompañamiento. En primer lugar, el del entrenador. Su autoridad nace del ejemplo, de la cercanía y del compromiso. Se convierte muchas veces en una figura de referencia. Los mejores entrenadores que he tenido no solo me enseñaron aspectos técnicos o tácticos, sino que se interesaron por mi vida, se alegraron con mis logros y me sostuvieron en los momentos más difíciles. Pero hay otra figura importante para el acompañamiento que no podemos olvidar: el capellán deportivo.

Nunca tuve la suerte de coincidir con un capellán deportivo mientras practicaba deporte, pero me hubiera encantado. Para mi, el capellán deportivo no tiene por qué ser siempre un sacerdote. Puede ser un jesuita o un laico, un hombre o una mujer. Sobre todo alguien con sensibilidad pastoral y amor por el deporte. Es alguien que camina al lado de los equipos, que escucha, que acompaña, que reza por y con ellos. Solo en el caso de los sacramentos es necesaria la presencia de un sacerdote. He ido aprendiendo que la tarea cotidiana del capellán es  estar cerca, ofrecer una palabra oportuna y facilitar espacios de reflexión y oración. Su presencia discreta y cercana permite que muchos jóvenes se sientan acompañados, reconocidos y acogidos, incluso en sus momentos de mayor vulnerabilidad. Ojalá lo hubiera tenido cuando me dedicaba al fútbol.

Porque sí, el deporte también tiene sus momentos oscuros. En esos momentos, el acompañamiento pastoral se convierte en un lugar seguro donde el deportista puede expresar lo que siente y encontrar sentido a lo que vive. Cuando vienen las lesiones, derrotas, conflictos, frustraciones, crisis de identidad, sensación de fracaso o abandono, ahí, la figura del capellán es fundamental. Él ofrece herramientas para acompañar esos procesos e invita a mirar con hondura, a no huir del dolor y a reconocer la acción de Dios incluso en medio del sufrimiento.

Estoy convencido que el acompañamiento al deportista no debe ser un añadido opcional, sino parte esencial para su formación integral. Desde mi experiencia, acompañar en el deporte es una forma concreta de anunciar el Evangelio. Es ayudar a los deportistas a descubrir que su esfuerzo puede ser oración, que su pasión y entrega pueden ser servicio y que su camino deportivo puede ser vocación. En un mundo donde el rendimiento y el resultado actúan como grandes dictadores, el acompañamiento pastoral deportivo recuerda que cada persona vale por lo que es, no solo por lo que consigue. Y eso, sin duda, es buena noticia.

JAVI BAILÉN

Pastoral Deportiva

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