“Adentrarse en lo desconocido”

Testimonio de la Pascua en Tenerife

“¿Pero y qué vas a hacer allí?” Ésta quizás fue la frase más repetida antes de que me fuera a Tenerife. En un mundo que tiende a la hiperproductividad y a exprimir las pocas horas que nos dejan nuestros agotadores trabajos, ir a una Pascua sin un plan muy concreto no está de moda. “¿Que qué voy a hacer? No lo sé muy bien. Voy a estar con Jesús y seguro que conoceré gente majísima”, les respondía. La experiencia giraba en torno a las migraciones (algo que entronca con mi profesión de periodista) y este punto dejaba a la gente más tranquila. “Te pega”, me decían.

Sin muchas más certezas pero con la confianza de quien se sabe en buenas manos, el martes 15 de abril volé a Tenerife. Allí me esperaban Elena, Cecilia y David sj, parte del grupo que se alojaría en la Casa Manresa de Tacoronte, al norte de la isla. Pronto lo inconcreto empezó a coger forma: llegó el resto de participantes (muchas caras conocidas y otros con amigos en común) y David nos fue desvelando el transcurrir de los siguientes días. Nuestra segunda casa sería la parroquia de Los Gladiolos, una iglesia sencilla, de barrio, situada en la periferia de Santa Cruz. Los Gladiolos era también el cuartel general de El Buen Samaritano, el proyecto de acogida del padre Pepe para chicos africanos y latinoamericanos.

Así empezó la aventura de la Pascua. Junto a un matrimonio de Córdoba y sus hijos Amador, Ana y Berta, los amigos de CVX Tenerife (encargados de la intendencia) completaron el grupo. El Jueves Santo por fin conocimos a los chicos del padre Pepe. Costaba acordarse de su realidad: las conversaciones alegres, las risas y la música que compartimos desdibujaron las diferencias esenciales entre los dos grupos. Mientras que nosotros nacimos entre algodones en un país que nos quería, ellos tuvieron que partirse el lomo para llegar a una tierra que no sabían cómo les iba a recibir. Recuerdo con especial cariño la conversación con uno de estos chicos. En el reverso de su teléfono tenía una ficha con datos personales en la que podía leerse en mayúsculas “HIE”, una abreviatura de la isla de El Hierro. Yo sabía por mi trabajo que la isla más occidental de las Canarias era la que más cayucos recibía. Ahora podía ponerle nombre y apellidos a uno de sus pasajeros.

Esa sensación de injusticia pero también de privilegio me acompañó el resto de los días. Estuvo muy presente durante la visita al campamento de acogida de migrantes Las Raíces (¡lo que hubieran pagado mis colegas de profesión por verlo tan de cerca!) y en el Vía Crucis en el Teide, en el que nos acercamos a la Pasión a través de testimonios relacionados con las migraciones. “¿Quién soy yo para quejarme con todo el sufrimiento que hay en el mundo?”, me repetía constantemente.

El Sábado Santo escuchamos el testimonio de Cristina, una mujer nicaragüense que huyó de su país perseguida por la dictadura de Daniel Ortega. Lo más llamativo fue su experiencia de acogida: durante sus primeros años en España tuvo que soportar comentarios racistas y un trato indigno de algunas de las familias para las que trabajaba. A todos se nos abrían las carnes. La acompañaban Arancha y Suso, de Cáritas Tenerife. Ellos nos explicaron el ingente trabajo de la ONG de la Iglesia con estas personas, completando de alguna manera la foto que llevábamos días haciéndonos de la inmigración en Canarias.

Han pasado diez días de la Pascua y si me preguntan por el poso que me ha dejado me quedaría con esto último. Testimonios como el de Arancha y Suso, que ponen su vida y su trabajo al servicio del otro. O como Ceci, Miriam, Ana y Mari Carmen, de CVX Tenerife, que renuncian a sus vacaciones para regalar a otros una Pascua cuidada al milímetro. También me acuerdo del padre Pepe, la versión del siglo XXI del Buen Samaritano, que ha cambiado tantas vidas que podrían haberse perdido por el camino. En su homilía de la Vigilia nos llamaba a “permanecer”, a que todo lo vivido inspire “pequeños cambios” en nuestro día a día. Es la entrega sencilla de todos ellos lo que me llevo en el corazón. Eso, y la confianza en Dios, que es lo que nos movió a todos a “adentrarnos en lo desconocido”.

Marina Álvarez Fernández.

1 Comentario

  1. Marta

    Gracias