Experiencia en el centro de acogida humanitaria «Las Raíces» en Tenerife

Por Javier Roncalés Samanes. Agosto 2025

Ser uno de los responsables del centro de acogida humanitaria “Las Raíces” en Tenerife, no sólo ha sido la experiencia más intensa, desafiante y enriquecedora de mi carrera profesional, sino que me ha hecho sentirme plenamente realizado en esa búsqueda constante de mi vocación cristiana de servicio a los más desfavorecidos.

Me llamo Javi Roncalés Samanes, tengo 35 años y soy de Zaragoza. Educado desde pequeño en la Fe, pasé un periodo de ocho años, hasta los 26, totalmente alejado de Dios. Cuando decidí volver a encontrarme con Él, me cambió la vida. Por supuesto a nivel personal, pero también profesional.

Después de haberme iniciado como abogado en el ámbito privado y ver que no era el sitio donde Dios me quería, empecé a trabajar en el sistema de acogida a solicitantes de asilo en Zaragoza, y en 2021 me salió la oportunidad de ir al centro de acogida humanitaria más grande de España, del que he sido uno de los responsables durante más de tres años.

La actividad del campamento se centra básicamente en dar una primera acogida a gran parte de los hombres que llegan a Canarias en patera. Allí están una media de dos meses para posteriormente ser trasladados a otros centros del resto de España. Para ello se cuenta con un amplio equipo de integradoras y trabajadoras sociales, abogadas, psicólogas, sanitarias e intérpretes.

Para que os podáis hacer una idea de la magnitud del trabajo, mientras yo he estado trabajando allí, el centro ha tenido una ocupación media de mil y pico personas, llegando a tener hasta 2.900.

A nivel laboral, una de las muchas dificultades de trabajar allí es que el trabajo no es previsible, sino que las acogidas dependen de las pateras que llegan cada día, por lo que el reto más importante desde el inicio ha sido el ser capaces de organizar el trabajo para que haya un orden dentro de la emergencia. Y, por supuesto, a nivel humano constituye un desafío diario trabajar para dar una acogida digna a tantas personas de culturas tan diferentes que llegan en estados de salud física y emocional graves.

Podría contaros mil y una historias, anécdotas y, experiencias vividas que os acercarían a la realidad del trabajo allí: desde las que uno no desearía haber vivido, como una batalla campal, usuarios amenazando con quitarse la vida, y personas destrozadas por un naufragio, hasta otras que llevaré siempre alegremente en el recuerdo como cuando notificamos el primer traslado a la Península después de estar meses bloqueados, los abrazos de personas que se encuentran en el campamento y comprueban que han sobrevivido a la travesía, o cartas de agradecimiento para todo el equipo. Aunque lo cierto es que la “normalidad” del trabajo allí, es la de un equipo profesional que, pese al cansancio, al estrés y a las dificultades ambientales o estructurales, atiende de forma sobresaliente para dar una acogida digna a decenas de miles de personas.

¿Y dónde he visto a Dios en todo esto?

Bueno, inevitablemente, Dios ha sido mi motor para procurar hacer mi trabajo lo mejor posible. Aunque mi labor era organizar y cuidar al equipo, esas decisiones diarias repercuten en la vida diaria de las personas acogidas, y esa ha sido mi felicidad; la de saber que estaba dedicando mis esfuerzos (con aciertos y muchos fallos) a hacer que la vida de unos y otros fuera algo mejor.

Y, si os soy sincero, me encontraba un poco aislado en el ámbito espiritual, pues, lamentablemente, aunque en el mundo de lo social hay muchísima vocación y muy buenos valores, apenas he encontrado personas de Fe. Lo bueno es que me ha impulsado mucho a hablar de Él desde una perspectiva joven y cercana, lo cual creo que ha podido ser un soplo de aire fresco en algunos corazones.

Pero donde sin duda he visto más a Dios, ha sido en la inmensa mayoría de esos africanos musulmanes que, estando viviendo en unas condiciones que a todos nos costarían mucho, hacían sus cinco rezos al día, respetaban el mes de Ramadán y ante las dificultades, siempre tenían una palabra de esperanza para decir que Alá lo sabe todo.

Así que esta experiencia ha supuesto para mí también un crecimiento a nivel espiritual, porque he sentido un gozo pleno de mi relación con Dios y cómo Él me ha ido proveyendo en las dificultades de mi trabajo y responsabilidades, y porque también he visto como es una roca en la vida de tantos musulmanes, a los que considero hermanos en la Fe.

Por eso, este escrito es de agradecimiento a Él, por tenerle en mi vida y llevarme de la mano, por darme una vida que considero llena de gracia, y por acercarme a ese prójimo al que me llama a ayudar.

1 Comentario

  1. Rocio Giménez

    Gracias por tu trabajo, testimonio, resiliencia en un ámbito tan duro y tan necesario. Un besico desde Zaragoza