Meterse a laico

«Una muñeca de sal recorrió miles de kilómetros de tierra firme, hasta que, por fin, llegó
al mar. Quedó fascinada por aquella móvil y extraña masa, totalmente distinta de cuanto
había visto hasta entonces.

¿Quién eres tú? Le preguntó al mar la muñeca de sal.

¡Entra y compruébalo tú misma! Le respondió el mar con una sonrisa.
Y la muñeca se metió en el mar. Pero, a medida que se adentraba en él, iba disolviéndose,
hasta que apenas quedó nada de ella.
Antes de que se disolviera el último pedazo, la muñeca exclamó asombrada: ¡Ahora ya sé
quién soy!»
[1]

Hace unos fines de semana tuve la oportunidad de acudir en el Madrid Arena al Congreso de las Vocaciones. Un evento eclesial que impulsado por el Congreso de Laicos (2020) y promovido por la Conferencia Episcopal Española, tuvo como hilo conductor la pregunta “¿para quién soy?”.


En una de las primeras ponencias, se mencionó, con la ironía inteligente de quien quiere hacer caer en la cuenta de la expresión, la frase “meterse a laico”. Y creo que la expresión tiene más miga de lo que pueda parecer, porque expresa deseo, voluntad, opción.


A uno, que tiene alma de peregrino, le gusta emplear la imagen de quien camina por la playa de la vida para intentar explicar la experiencia del laicado. Nos puede ayudar el cuento de la muñeca de sal. Lo visualizas, ¿no? Pisando con sus pies descalzos la arena, y las conchas, y las rocas; pues la vida no nos lleva siempre por suelos mullidos. Y a la vez que camina, va dejando y queriendo, -quizás sabiamente ignorante-, que las olas le vayan tocando, mojando, calando, sumergiendo…; pues si algo conocemos de Dios son sus deseos de relación. Su llamada a la inmersión plenamente feliz en su (salada) esencia de amor. Ésta es su llamada total. La llamada a una inmersión en la plenitud -permíteme que siga con esta imagen- que empapa todas las dimensiones de la vida y que sigue aterrizada en las playas del mundo cotidiano.

La llamada es clara. Y única, genuina, e irrepetible para cada persona. Por eso hay tantas posibles respuestas como bautizados en su ejercicio de la libertad. Y puede haber tantos modos de ser laico como cristianos no consagrados hay. Este abanico infinito de ser laico, que se concreta (en el hacer) desde el compromiso de una hora a la semana, hasta una vida comprometida 24/7, no puede devaluar la riqueza que regala a la Iglesia este modo de sumergirse; porque «llamó a los que quiso […] para que estuvieran con Él» (Mc. 3, 13), guiados por el espíritu evangélico, contribuyendo a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento» [2]

Por ello, entiendo que “meterse a laico” tiene que ver con la opción de sumergirse en Dios. Y experimentar cómo eso lo impregna todo: hasta el modo de entrar a trabajar, el canal que eliges en la tele a la hora de comer, la forma en la que escuchas a tu vecina, o cómo, dónde y con quién quieres gastar tus días de vacaciones. Meterse a laico es una manera de «impregnar y transformar las realidades temporales con el espíritu del Evangelio»[3] Es nuestra manera particular de amar en el mundo al modo de Dios. Desde ahí, «¡todo será de otra manera!»[4]

Precisamente en los pasillos del Congreso pude hablar con un buen amigo. Laico. Con un fuerte compromiso pastoral. Ambos compartimos una etapa muy intensa de nuestra juventud en la que fuimos compartiendo nuestras respuestas a las insinuaciones de Dios y su Espíritu. Y precisamente por las respuestas que le fuimos dando, nuestras vidas se fueron separando. Pero al encontrarnos en los pasillos del Madrid Arena, después de actualizar nuestra información personal, -que ya tocaba-, nos veíamos recíprocamente como laicos comprometidos, con una consciencia común y sencilla de vidas regaladas a la misión. Tal fue así, que hasta nos atrevimos a decir: “¡es que tú y yo somos consagrados!”.


Estas expresiones coloquiales de “meterse a laico”, o “sentirse consagrado”, no son más que un modo de nombrar una respuesta real, actual, encarnada, creativa, fecunda, generosa, gratuita y evangélica ante la pregunta de qué sueña Dios para este mundo. Y creo que no debe ser infravalorada o minimizada.

Como Iglesia, quizás el mal espíritu nos lleve a sentimos tentados a concluir que no hay respuestas. ¡Pero sí las hay! ¡A miles! Por si cuidar de un familiar, formarse continuamente, optar por un banco u otro en función de ciertos valores, o vigilar el gasto de la cesta de la compra no fueran ya opciones evangélicas, siguen naciendo respuestas encarnadas en catequistas, misioneros, voluntarios, o pastoralistas, que queman kilómetros de carretera, horas de sueño y reuniones, baterías de portátil y grupos de whatsapp desde la pasión del fuego que desea encender otros fuegos. Y con humildad agradecida podemos decir que somos un gran regalo de Dios a la Iglesia del siglo XXI.


Quizás la lectura de los signos de los tiempos nos esté invitando a abrirnos a creernos que la creatividad de Dios a la hora de amar y llamar es más abundante y fecunda que las respuestas que hemos considerado siempre como más óptimas y valiosas. El panorama cultural y social actual en el cual se le van cerrando puertas a Dios nunca podrá minorar el derroche amoroso de Dios. ¿Acaso hemos llegado a creernos que la mies se ha echado tanto a perder como para que el Señor esté llamando a menos obreros? (Mt. 9, 35-38). ¿Por qué no iba Él a seguir regalando talentos? (Mt. 25, 14-30). Creo en un Dios de las posibilidades. De infinitas posibilidades. Si Dios no ha cesado de meterse en la historia, en la Iglesia, en los corazones, ¿por qué no iba Él a meterse a laico? ¿Acaso su Hijo no es nuestro mejor modelo de laico comprometido?


No olvidemos que la llamada es a sumergirse, y no tanto a los modos de hacerlo. Levantemos la vista de los andares particulares para contemplar la gran playa en su rica y compleja diversidad. Eliminemos la fragmentación bidireccional que nos cuela el clericalismo[5], la consideración del laicado más por necesidad que por opción convencida, y su ponderación como una especie de “contenedor vocacional” de segunda división. Miremos juntos, -sinodalmente-, a la grey silenciosa (o quizás silenciada) de bautizados que se sienten llamados, disciernen y optan por el mar de Dios, complicando sus vidas en
pos del Reino y su justicia. Quizás nos asombremos en este ejercicio de contemplación del laicado como muñecas de sal, y descubramos la cantidad y calidad de la sal que lo constituye.


¿Meterse a laico?
Por supuesto. ¿Quién dijo miedo?

Raúl Alonso

Línea de misión jóvenes CVX-E


[1] A. de Mello, sj: «El canto del pájaro», pág. 132.
[2] Lumen Gentium, 31.
[3] “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Documento final del Sínodo de la sinodalidad, 66.
[4] Parte final de la oración “Enamórate” de P. Arrupe, sj.
[5] “El clericalismo, fomentado tanto por los mismos sacerdotes como por los laicos, genera un cisma en el cuerpo
eclesial que fomenta y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos”. (Francisco, Carta al
Pueblo de Dios, 20 de agosto de 2018).

2 Comentarios

  1. Gerardo Molpeceres / Zaragoza

    Gracias por el cuento de la muñeca de sal y por tu artículo que motivan y mueven el corazón a sumergirnos más adentro y más a fondo.

  2. Alfonso Salgado

    ¡Bien por la publicación!
    Gracias, Raúl
    👍🏻👍🏻👍🏻👍🏻