Fuimos a Madrid acompañando al grupo del colegio la Compañía de María de Zaragoza.
Unos pocos profesores y nosotros -media docena de catequistas-, en total unas 50 personas, de los que 42 eran chicas y chicos de catequesis de confirmación principalmente. En Madrid nos alojamos en el modesto colegio de la Compañía en el barrio del Pilar -de 300 alumnos- junto con los grupos procedentes de San Fernando, Puente Genil, Almería, Valladolid, Logroño y Tudela.
El viaje en autobús ya supuso ir tejiendo los primeros lazos dentro del grupo y la mañana del sábado nos fuimos reuniendo en el colegio las comitivas de los respectivos colegios de España y almorzamos rápido para poder emprender enseguida el camino hacia la puerta de acceso en c/Costa que nos correspondía en la vigilia de jóvenes.
Llegamos pronto, más de cuatro horas antes del inicio de la misma y ya había una concentración fabulosa de gente esperando para acceder.
La espera para poder acceder al recinto se hizo larga y finalmente nos dijeron que se había completado el aforo con lo que la desilusión del grupo fue inmensa no obstante la Providencia quiso que una de las hermanas del grupo conociese a un amigo en el colegio Maravillas de La Salle y nos invitasen a pasar al colegio para poder ver la vigilia la pantalla de su salón de actos.
Aunque íbamos un poco cabizbajos nos obsequiaron con botellines de agua fresca por doquier y la sala refrigerada y las butacas se convirtieron en un bálsamo improvisado.
Finalmente un par del grupo se acercaron a los controles de acceso y consiguieron para el grupo dispensa para entrar en el recinto para ver la vigilia desde una de las pantallas más próximas al viaducto.
Creo que el hecho de no haber podido entrar en un primer momento hizo de la vigilia un momento lleno de magia que nos permitió escuchar las palabras del Santo Padre embelesados.
En mi resonaron con especial trascendencia sus palabras hacia la juventud: «el joven cristiano, en efecto, se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior -sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder-.»
Regresamos esa noche tarde a la casa madre y nos hizo falta caminar un rato largo y esperar un par de autobuses porque el grupo en uno no cabía. Entre unas cosas y otras nos acostamos lo antes que pudimos y dormimos muy poco para no volver a tener problemas de acceso.
Al día siguiente llegamos a nuestra puerta de acceso a las 7 con el grupo fragmentado porque nos tocó atravesar el grueso de la gente que accedía por una calle anterior (Bárbara de Braganza), y finalmente volvieron a cerrarnos el acceso por haber completado el aforo, aunque unos 60-65 (de los 170), que no nos animamos a buscar otra entrada finalmente lograríamos acceder al recinto vallado.
Al final, y al margen de estos sinsabores, creo que la experiencia de la visita del Papa constituyó un impulso para sacarnos de nuestra zona de confort y viajar a su encuentro como una gran familia que se convocaba para acoger a aquel que venía a dirigirse a nosotros para celebrar juntos la palabra y la acción de partir el pan, al modo de aquellos encuentros multitudinarios de Jesús con su gente, como aquel de la multiplicación de los panes y los peces.
Su mensaje nos resultó penetrante y sus palabras un mensaje que, lejos de ser nuevo, era un eco de las palabras del evangelio, y así, en medio del cansancio y de la dificultad, llegaron con una sencillez y una hondura, que nos imprimió un talante nuevo y renovó nuestra determinación por un reino nuevo.
Cuaderno de bitácora 6-7 jun, del año del Señor 2026. Madrid.
Ignacio De Rosendo. CVX en Zaragoza




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