9 meses, 9 bulos: 4/9 – Las personas migrantes nos quitan el trabajo y precarizan el empleo de los nacionales

Julius Henry Marx, más conocido como Groucho Marx, sigue siendo considerado uno de los cómicos más mordaces, inteligentes e influyentes de la historia, a pesar de que han pasado casi cincuenta años desde su fallecimiento. A él se atribuyen infinidad de frases, citas y sentencias que, de hecho, nunca dijo. En su caso, la falsa atribución más repetida es la de aquella frase que dice: «Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros». Por lo que parece, Groucho Marx ni pronunció ni escribió semejante frase que, en realidad, habría aparecido en un periódico de Nueva Zelanda en 1873 —diecisiete años antes de que él naciera— para denunciar el discurso acomodaticio de aquellos políticos que, tomando por tonta a la ciudadanía, eran capaces de afirmar una cosa y exactamente su contraria, según lo que en cada momento les resultase más conveniente o lo que creyesen que el público quería oír.

Hoy en día, la dijese o no Groucho Marx, los fabricantes de bulos contra las migraciones siguen aplicando esa máxima sin ningún pudor y —tomando también por tonta a la ciudadanía— son capaces de afirmar y divulgar en sus medios afines o en sus perfiles de RR.SS. falsedades absolutamente contrapuestas. Así, los creadores y divulgadores del bulo de “las personas migrantes nos quitan el trabajo” son exactamente los mismos creadores y divulgadores del bulo de “las personas migrantes no quieren trabajar”, que desmontábamos en nuestro artículo del mes pasado. Señores, seamos serios, ¿en qué quedamos, nos quitan el trabajo o no quieren trabajar? La respuesta es clara: ni una cosa ni la otra. Ambas afirmaciones son falsas y solo esconden una obsesión ultranacionalista cargada de miedo al diferente, de racismo y xenofobia que, por cierto, Groucho Marx nunca habría compartido, pues provenía de una familia emigrante muy orgullosa de sus orígenes.

Corría diciembre de 2000, todavía pagábamos en pesetas, la tasa de desempleo, según la Encuesta de Población Activa (EPA), alcanzaba el 13,4% y con más de 200.000 personas en paro en los tres sectores que demandaban mano de obra con mayor urgencia —construcción, servicios y agricultura— quedaron sin cubrir, ese mismo mes, casi 100.000 de los puestos de trabajo ofertados: 20.950 en construcción, 74.327 en servicios y 3.076 en agricultura, según datos oficiales del INEM de aquel entonces, que hoy conocemos como SEPE. Hace ya veinticuatro años, la pregunta era clara: si había paro, había demandantes de empleo y había ofertas laborales, ¿por qué no se cubrían los puestos de trabajo ofertados y por qué muchos de los que se cubrían los terminaban ocupando trabajadoras y trabajadores extranjeros? Ya en aquel entonces, portavoces institucionales, de sindicatos, de ONG, de partidos políticos y de grandes empresas reconocían que existía un rechazo de los nacionales a puestos de trabajo que supusieran condiciones o jornadas de trabajo más duras, alta temporalidad o alta rotación, salarios más exiguos y/o cambios de residencia. Por contra, las personas migrantes no tenían demasiadas alternativas, pues vivían con la obsesión de trabajar, porque entonces era —y hoy sigue siendo— condición imprescindible para regularizar su situación administrativa o renovar su permiso de residencia y trabajo. El colectivo de personas migrantes comenzaba a emplearse, principalmente, en el servicio doméstico y de cuidados, la hostelería, la agricultura y la construcción. El bulo de “las personas migrantes nos quitan el trabajo” se demostraba, ya en aquel año tan lejano, absolutamente falso, porque nacionales y personas migrantes no optaban a los mismos tipos de empleo sino que los mercados laborales en los que se movían unos y otros eran complementarios. No es por tanto de recibo que iniciado 2025 siga habiendo quien se empeña en difundir un bulo que lleva cinco lustros demostrándose falso.

La imagen que algunos pretenden transmitir de las personas migrantes que vienen a competir salvajemente en el mercado laboral para arrebatar el puesto de trabajo a españolas y españoles es grotesca y absurda; más aún cuando estamos hablando de algo tan sumamente serio como la vida, los derechos, los proyectos de futuro y la dignidad de seres humanos, vengan de donde vengan. La realidad es que los datos oficiales ofrecidos por SEPE, INE, EPA, Ministerio de Trabajo y Economía Social, Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Foro para la Integración Social de los Inmigrantes e incluso por el sistema de datos estadísticos de la Comisión Europea (Eurostat) demuestran que el camino hacia la inserción laboral efectiva de las personas inmigrantes en España es harto penoso para ellas y bastante más difícil que el de una persona de nacionalidad española. Las personas inmigrantes que llegan no cuentan con la red familiar, que suele ser la que sostiene y apoya a las personas locales cuando, tras terminar su etapa de formación —ya sea básica, media o universitaria—, inician su camino hacia el mundo laboral. Sin esa red de sustento y con la perentoria necesidad de trabajar para sobrevivir en nuestro país, para enviar dinero a las familias que dejaron atrás y para regularizar su situación administrativa o renovarla, el 26,1% de las personas inmigrantes —sea cual sea la formación que recibieron en sus países de origen— optan por empleos del grupo de ocupaciones elementales, mientras que por ese mismo grupo de ocupación solo optan el 9% de las personas nativas. Además, en ocasiones, el desconocimiento de nuestra legislación y normativa laboral suele llevar a las personas extrajeras a aceptar como normales condiciones de trabajo y de salario que ninguna persona nativa aceptaría.

Ese grupo de ocupaciones elementales cuenta de por sí con un salario medio un 39% inferior al salario medio total de todos los grupos de actividad —dato de 2022— y la concentración de personas inmigrantes en él ha hecho que los ingresos medios de las personas nacidas fuera de la UE que trabajan en nuestro país hayan alcanzado en 2023 —según datos de Eurostat— solamente el 60,83% de los ingresos medios de las trabajadoras y trabajadores españoles. Por tanto, no es tampoco cierto que la presencia de personas inmigrantes en el mercado laboral español precarice las condiciones y salarios de trabajadoras y trabajadores españoles ya que, como hemos comentado con anterioridad, ni los tipos de empleos a los que optan ni los grupos de ocupación en los que finalmente trabajan ni las bandas salariales en las que se mueven uno y otro grupo son las mismas.

Debemos decir que también mienten los agoreros de catástrofes económicas que vaticinan que cuando venga una nueva crisis, las personas inmigrantes se quedarán con todos los empleos mientras las nacionales sufrirán un desempleo galopante. No hace mucho que por fin hemos levantado cabeza de la enorme crisis global que se desató en 2008 y, atendiendo a los datos oficiales posteriores a ese fatídico año, se puede afirmar sin lugar a dudas que quienes se llevaron la peor parte en el mercado laboral español fueron las trabajadoras y trabajadores extranjeros. Las llegadas a nuestro país —regulares e irregulares— cayeron a mínimos nunca vistos en lo que llevamos del siglo XXI, llegando a ser prácticamente nulas en 2013. Cientos de miles de personas retornaron a sus países de origen al no ser capaces de sobrevivir por más tiempo en España, y las que se quedaron vieron como el desempleo se cebaba con ellas. Baste decir que cuando en 2013 el paro golpeaba con más fuerza a nuestro país y las trabajadoras y trabajadores nacionales sufrían una tasa de desempleo absolutamente inasumible del 24,4%, la tasa de desempleo entre las personas inmigrantes nacidas fuera de la UE era del 39,7%. Todavía hoy en día, que vivimos récords absolutos de empleo y de cotizantes a la Seguridad Social, la tasa de desempleo en España entre las personas nacidas fuera de la UE sigue siendo —dato de 2023— 7,7 puntos porcentuales mayor que entre las personas nativas. Así que no, no nos quitan el trabajo.

Las personas inmigrantes aportan su fuerza laboral en un buen número de puestos de trabajo de ese grupo de ocupaciones elementales que en momentos tan complejos como durante la pandemia de la COVID se demostró que eran fundamentales para que este país saliese adelante y que fueron consideradas como ocupaciones esenciales. No valorar lo que las personas trabajadoras extranjeras contribuyen a la riqueza y competitividad de España es una enorme injusticia. Y a este respecto, es posible que, en nuestro país, uno de los ejemplos más paradigmáticos de éxito comercial y económico asentado, principalmente, sobre el trabajo de personas inmigrantes en ocupaciones elementales sea el llamado “mar de plástico”, que se extiende por el poniente y levante almerienses con una superficie de casi 33.000 hectáreas. La conocida como “huerta de Europa” da de comer frutas y verduras de gran calidad a medio continente —destinando entre un 75 y un 80% de su producción a la exportación— y el 69% de quienes trabajan de forma regular en los invernaderos —según datos de afiliación a la Seguridad Social de 2023— son extranjeros. Ese porcentaje se vería incrementado si se pudiese contabilizar a las personas empleadas de forma irregular; en ocasiones con falsas promesas de contratos futuros y en condiciones de vida, laborales y de salario indignas. “Mar de plástico” en el que, según un informe del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM), naufragan los derechos, las ilusiones y las esperanzas de miles de trabajadoras y trabajadores inmigrantes que llegan a habitar durante largos años en alguno de los muchos asentamientos chabolistas que crecen en sus “orillas” sin que ni administraciones públicas ni empresarios implementen soluciones que lleven a una integración efectiva en nuestra sociedad de personas que crean riqueza aportando su durísimo trabajo. No debemos permitir que la justicia social, y nosotros mismos como sociedad, naufraguemos también en ese “mar de plástico” o en otros sectores como el de los cuidados que emplea a una multitud de mujeres inmigrantes que a menudo no ven reconocidos sus derechos laborales.

Iniciábamos el artículo con una cita falsamente atribuida a Groucho Marx y lo queremos finalizar con una que se considera anónima: “La mentira es el refugio de los cobardes y de los malvados”. Nosotros no deseamos formar parte de ninguna de esas dos categorías. Deseamos ser constructores del Reino de Dios junto a Jesús, trabajando codo con codo con quienes tengamos a nuestro lado, ya sean de aquí cerca o de allí lejos, para demostrar que un mundo mejor sí que es posible.

Equipo de misión Migraciones de CVX España

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Nota y enlaces a los materiales empleados para la redacción del presente artículo:

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