9 meses, 9 bulos: 7/9 – La presencia de alumnado migrante está hundiendo el sistema educativo

El 27 de enero de 1967, sin que nadie lo pudiera prever, surgió en dos localidades almerienses el rumor —absolutamente infundado— de que la Caja de Ahorros de Almería iba a quebrar. El falso y funesto augurio se propagó con una velocidad vertiginosa, hasta tal punto que la gente iba gritando por la calle que a la Caja le iba a pasar “lo mismo que al Siero”. El Siero era un banco asturiano que, en noviembre del año anterior, había sido investigado e intervenido por las autoridades de entonces por la enorme cantidad de irregularidades de sus gestores. A la Caja de Almería no le sucedía nada de eso, pero se desató la psicosis social y los ahorradores de esas dos localidades acudieron en tropel a las oficinas de la entidad a retirar su dinero. Al día siguiente, el bulo había alcanzado hasta el último rincón de la provincia y en todos los lugares donde operaba alguna sucursal, incluida la propia ciudad de Almería, masas atemorizadas de titulares de cuentas corrientes acudían a retirar sus fondos. La quiebra estaba servida y la “profecía” nefasta se estaba “autocumpliendo”. El 31 de enero, gracias a la ayuda in extremis del Instituto de Crédito de las Cajas de Ahorros y del Banco de España, la Caja pudo responder a las últimas solicitudes de retirada de efectivo y comenzó a normalizarse la situación. Pocos días después se recibían de nuevo ingresos de los clientes.

La “profecía autocumplida o autorrealizable” es un concepto sociológico acuñado por Robert K. Merton a mediados del s. XX y se define como la predicción que, una vez formulada, es en sí misma la causa de que se haga realidad. La “profecía” infundada de que la Caja de Almería iba a quebrar fue en sí misma la causa de que, efectivamente, la entidad fuese de cabeza a la quiebra en poco más de cuatro días y tuviera que ser rescatada con todos los instrumentos del sistema bancario de la época. Así funcionan los bulos.

A la afirmación de que la presencia de alumnado inmigrante iba a perjudicar al sistema educativo español le ha pasado exactamente lo mismo. En las dos oleadas en las que ha circulado con más fuerza —entre 2003 y 2008 y entre 2015 y nuestros días— su repetición y difusión hasta la extenuación la han convertido en acicate para que un buen número de familias de alumnado nacional opten por cambiar de centro a sus hijas e hijos —decantándose cada vez más por nuevos centros privados— cuando detectan la llegada de alumnado inmigrante a los centros educativos públicos en los que estaban previamente matriculados. De esta forma, otra ”profecía autorrealizable” ha venido provocando la creciente y perjudicial segregación del alumnado inmigrante en centros educativos de las zonas más desfavorecidas, donde esta concentración de estudiantes que requerirían una especial atención para su integración plena y real, efectivamente, tensa el sistema y puede acarrear efectos indeseables sobre el ambiente de estudio, el aprovechamiento y los resultados de quienes se forman en ellos. De todos modos, cabe afirmar que los centros públicos ubicados en periferias o barrios marginales tenían ya los mismos problemas antes de que llegase a ellos el alumnado extranjero. Por otro lado, la realidad es tozuda e indica que si no fuese por ese alumnado inmigrante —que, según datos del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes, alcanzaba un 12,2% del total del alumnado matriculado en enseñanzas no universitarias durante el curso 2023-24— un buen número de unidades (aulas) y centros educativos públicos de zonas desfavorecidas habrían desaparecido ya debido al continuo descenso de la natalidad que arrastra nuestro país desde hace lustros. De esto se deduce que la inmigración está salvando a parte de nuestro sistema educativo público, que debería ser considerado una joya a cuidar con esmero y un orgullo para toda la ciudadanía, porque en épocas no tan lejanas fue clave para el desarrollo de nuestro país y garante de igualdad de oportunidades. El hecho de que entre 2017 y 2022 el crecimiento del alumnado matriculado en centros privados haya sido cien veces mayor que el del alumnado de centros públicos y cincuenta y nueve veces mayor que el de centros concertados —38,83% frente a 0,38% y 0,65%, respectivamente, con datos de Eurostat— debería preocuparnos muy seriamente, pues se está creando una educación para una clase privilegiada y otra para los demás. Hoy, por desgracia, el sistema educativo como “ascensor social” y como espacio para formar en ciudadanía, justicia social y democracia, no funciona ni con el alumnado inmigrante ni con el nacional de estratos sociales bajos.

Los problemas del sistema educativo son innegables y las causas son múltiples y muy complejas: partidos políticos incapaces de alcanzar un acuerdo de estado en educación y que han redactado nada menos que ocho leyes educativas en cuarenta años en función de quién estuviese en el gobierno en cada momento; gobiernos autonómicos que han apostado por la enseñanza privada desatendiendo la pública, fomentando que nuestro país sea el séptimo de toda la OCDE con menos estudiantes en centros públicos —69% frente al 84% de media en la OCDE y el 85% de media en la UE, según el Informe PISA de 2022—; unas ratios de alumnado en enseñanzas secundarias por encima de las medias tanto de la OCDE como de la UE; exceso de burocracia sobre los hombros de un profesorado escaso, muy sobrecargado y desanimado —la Central Sindical Independiente y de Funcionarios (CSIF) señalaba que la escuela pública tenía al inicio del curso 2023-24 un déficit de 45.778 docentes y una tasa de interinidad del 21,06%— y muchas más. Lo que está claro es que la presencia de alumnado inmigrante en las aulas no ha sido una de esas causas.

Luis Alberto Rodríguez de Rivera, compañero de CVX Caná en Madrid, que ha colaborado en la redacción de este artículo, es director del Centro de Formación Padre Piquer, gestionado por la Compañía de Jesús. Este centro nació hace sesenta años para dar respuesta a la situación de desventaja social y económica de las familias del barrio madrileño de La Ventilla y ofrecer a las personas más vulnerables una educación de calidad que les facilitase un futuro mejor. En los años 90, cuando los porcentajes de población inmigrante en Madrid no paraban de crecer, el centro puso en marcha un proyecto de innovación educativa en “Aulas Cooperativas” del que la inclusión es un pilar básico. Entre sus 1100 alumnas y alumnos se cuentan más de 35 nacionalidades y un 45% de alumnado inmigrante en ESO, y fue el primer centro de la Comunidad de Madrid y el cuarto de España en recibir el reconocimiento como Colegio Changemaker por parte de Ashoka, la mayor red internacional de Emprendedores Sociales. El objetivo del centro es formar personas competentes, conscientes, comprometidas y compasivas.

Luis Alberto afirma que no se trata de alumnado inmigrante o alumnado nacional, se trata de vulnerabilidad económica y social, de riqueza y de pobreza. Las hijas e hijos de familias inmigrantes de clase media-alta no tienen ninguna dificultad educativa y sus resultados son idénticos a los de cualquier estudiante nacional de su mismo estrato social. Pero la mayoría de las familias inmigrantes que llegan a nuestro país tienen una formación previa escasa, luchan para acceder a trabajos precarios y poco remunerados y con sus escasos recursos económicos viven donde pueden. Esa distribución de la población inmigrante es la clave, porque provoca esa segregación y concentración, ya mencionadas, del alumnado inmigrante en centros de zonas desfavorecidas. Un proceso de “desegregación”, de redistribución de ese alumnado entre diversos centros escolares, sería fundamental para equilibrar el sistema educativo, garantizar la igualdad de oportunidades y generar, a futuro, una sociedad más diversa, justa y cohesionada. Las administraciones que gestionan la educación deberían comprometerse, llevar adelante este proceso y ayudar más a unas familias vulnerables —ya sean de origen inmigrante o nacional— que, como quedó patente durante la pandemia del COVID, a veces no cuentan ni con los medios mínimos para que sus hijas e hijos puedan estudiar. Ni que decir tiene que la inmensa mayoría de esas familias más vulnerables tampoco pueden sufragar estudios más allá de las etapas obligatorias aunque sus hijas e hijos obtengan buenos resultados y deseasen seguir estudiando. En muchas ocasiones se produce, además, el abandono escolar por la pura necesidad familiar de que sus miembros más jóvenes se pongan a trabajar cuanto antes. No es la inmigración sino la economía, como en tantas otras dimensiones de la vida, la que determina el futuro educativo de muchas chicas y chicos.

En 2022, un estudio de Sonia García García y Teresa González Barbero, de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid, abordaba la realidad de los peores resultados, las tasas de repetición más altas y el mayor abandono escolar del alumnado inmigrante desde la perspectiva del acompañamiento del “duelo migratorio”; que es una realidad que sufren con sus familias o en mayor medida si vinieron sin compañía. Echan de menos su país de origen, sus amigos de la infancia, su entorno conocido, su lengua materna —cuando no provienen de Latinoamérica—, sus costumbres y creencias. Viven en la zozobra de construir su identidad personal en un lugar nuevo y desconocido y experimentan el miedo de la expulsión si llegaron de forma irregular. No atender y acompañar este duelo puede deteriorar su proceso educativo, su integración e, incluso, su salud mental. El estudio reflejaba, también, que el “bullying” es una causa de la desafección del alumnado inmigrante respecto a sus nuevos centros docentes, ya que, en contra de lo que algunos bulos afirman, ellas y ellos no son los principales generadores de violencia en el ámbito escolar sino las principales víctimas. El “bullying” contra el alumnado inmigrante ha crecido de forma preocupante, del 13 al 20%, en los últimos años. La educación intercultural, como estrategia en los centros docentes y en las comunidades educativas, es esencial para acompañar y superar ese duelo. Tomar conciencia de que la diversidad cultural en las aulas no es un problema sino algo positivo, fuente de riqueza y cimiento sobre el que construir cada día una sociedad más justa e inclusiva es el comienzo de un camino en el que nunca debemos olvidar que la infancia y la juventud, vengan de donde vengan, son promesa de futuro.

Quienes afirman que el alumnado inmigrante perjudica al sistema educativo español tienen muchísimo que aprender del alumnado de 1º ESO-A del IES Sabino Berthelot, ubicado en Tenerife, que dirigieron una carta a los responsables del repentino traslado de uno de sus compañeros de clase a otra isla. “Este hecho nos ha causado una gran sorpresa y malestar, ya que estaba completamente integrado en nuestra clase, era un amigo cercano para todos y su presencia era muy importante para nuestro grupo”, decían. Además, daban una clase magistral de empatía, madurez y humanidad al recordar a una administración pública algo básico respecto a sus compañeros migrantes: “Se trata de personas, no de mercancía. Creemos que el bienestar emocional y social de ellos es un aspecto clave en su desarrollo académico y personal, y esta medida ha generado un gran vacío y tristeza entre nosotros”. Nada más que añadir.

Equipo de misión Migraciones de CVX España

Notas y enlaces a los materiales empleados para la redacción del presente artículo:

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