9 meses, 9 bulos: 9/9 – La migración no es necesaria en España

El día había amanecido agradable y luminoso y había decidido pasear tranquilamente por la ciudad, pero se había cruzado con demasiadas personas. Así que, entre que despreciaba profundamente el contacto con la gente y que el sol caía ya a plomo, decidió encaminarse hacia un bosquecillo cercano en el que podría encontrar sombra, frescor y, sobre todo, soledad. Dirigió sus pasos hacia un pequeño estanque que no había visto nunca y que, rodeado de sauces, parecía un lugar ideal para sobrellevar el sofocante calor del mediodía. La sed apretaba y pensó en beber un sorbo del agua cristalina del estanque. Se inclinó sobre la superficie líquida e inmóvil y quedó sobrecogido. Un rostro bellísimo le devolvía la mirada desde el agua. Obnubilado, sintió la necesidad de tocar tanta belleza y alargó su mano sobre el estanque. Sin embargo, nada más rozar el agua con la punta de sus dedos, la imagen se deformó y desfiguró grotescamente. Le asaltó una angustia profunda. El líquido se fue aquietando y la imagen objeto de su deseo reapareció en todo su esplendor. Absorto, contemplándola, perdió la noción del tiempo y no se dio cuenta de que se estaba levantando un ligero viento vespertino, que movió la superficie del estanque e hizo que la imagen desapareciera de nuevo, obligándole a esperar con impaciencia a que retornase. Narciso murió de angustia y de melancolía, consumido por la obsesión de no poder tocar ni poseer aquello que más anhelaba, que no era otra cosa que su reflejo en el estanque.

En 2008, las estructuras financieras colapsaron por el sobrecalentamiento del mercado de la vivienda y del mercado hipotecario. Deseando hallar “frescor”, algunos países que se autodenominan “desarrollados” y sus élites políticas, económicas y mediáticas se “refugiaron” a la sombra de ideologías oscuras para buscar desde allí a los culpables de la crisis. Obnubilados, contemplaban los reflejos de añoradas glorias pretéritas de sus respectivas patrias o, cuando no les satisfacía el reflejo de la realidad, directamente se lo inventaban según su conveniencia. Como siempre que se han buscado culpables a lo largo de la historia, resultó que los más pobres y vulnerables —aquellos que habían salido más perjudicados por la pérdida de millones de puestos de trabajo— terminaron siendo el chivo expiatorio. Se sembró así el germen de los señalamientos sistemáticos al diferente, al forastero, a las personas migrantes y refugiadas como causantes de todos los males. Diecisiete años después, muchos líderes que gobiernan o pretenden gobernar siguen mirando esos reflejos —reales o inventados— en sus estanques, y se angustian y deprimen —y angustian y deprimen a sus ciudadanas y ciudadanos— si el leve soplo de un viento de realidad o el mínimo intento de tocar sus quimeras irrealizables de países “puros” con la punta de los dedos las deforma o hace desaparecer. Desde su narcisismo, desprecian a toda persona que no tenga el “pedigrí” patrio que exigen. Inventan y difunden las falsedades que hemos analizado en nuestros artículos y muchas más y, al final, llegan a la descabellada conclusión de que sus respectivos países no necesitan para nada a las personas inmigrantes. Construyen muros en sus fronteras y decretan expulsiones masivas o, si aún no han alcanzado el poder, fantasean con que algún día las decretarán. ¡Qué frágil es la memoria, que olvida que ideologías y narcisismos patológicos similares hundieron al mundo en el conflicto bélico más sangriento que ha conocido la humanidad!

Nuestro país no ha quedado al margen de esta ola narcisista y ganan espacio corrientes de opinión cuyo único discurso consiste en repetir muchas veces las palabras “España” e “inmigración”, contraponiendo la una a la otra como si fuesen antagónicas. Se ve que ni han leído ni les interesa leer los informes del Banco Central Europeo (BCE) en los que se señala que la fuerza laboral de las personas inmigrantes ha aportado el 80% del crecimiento del PIB español desde 2019. Crecimiento que, como vimos en artículos anteriores, ha sido el más potente de toda la UE —multiplicando casi por siete el crecimiento medio de la Eurozona en 2023: 2,7% frente a 0,4%— y nos ha convertido en la duodécima economía mundial, adelantando a Corea del Sur, Australia y México. Todo esto no habría sido posible sin las personas inmigrantes que trabajan y contribuyen, como el que más, al desarrollo del país y al bienestar de toda la población.

Frente al discurso de “la inmigración no es necesaria en España”, el director del área de investigación de porCausa y director de análisis en ISGlobal, Gonzalo Fanjul Suárez, señalaba en un artículo en El País que “el verdadero problema de los migrantes para España es que son pocos”. Sin la presencia y el trabajo de muchas más personas inmigrantes, nuestro país se vería abocado a un colapso demográfico, económico y social. No se podría mantener el actual estado del bienestar —pensiones, sanidad y educación públicas— y no sería posible el relevo en los millones de puestos de trabajo que quedarán vacantes cuando, en pocos años, se haya jubilado la generación más grande nacida en este país: las hijas e hijos del “baby boom”. No hablamos solo de empleos de baja cualificación sino también de empleos de cualificación media y alta, que requerirían de una formación previa y, por tanto, de los años necesarios para tal formación. A la vista de lo anterior, sería de esperar que pensionistas, enfermas y enfermos crónicos y estudiantes demandaran de forma vehemente al gobierno de turno que impulsase políticas estratégicas para favorecer la inmigración y que el gobierno implementase planes de choque para que llegasen muchas más personas inmigrantes y, sin embargo, las políticas actuales no van por ahí sino por contemporizar en mayor o menor medida con el discurso suicida antiinmigración.

Quien no valore la opinión de este experto en pobreza y desarrollo puede consultar el informe del Banco de España de 2023, que cifraba en casi 25 millones el número de personas inmigrantes más —y en edad de trabajar— con las que debería contar nuestro país de aquí a 2053 si se quieren evitar el envejecimiento y los desajustes que sacudirían nuestro mercado laboral si no se produjese la incorporación de dicha fuerza laboral foránea. Pueden leer también los informes de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), que remarcan que España tendría que cuadruplicar el flujo actual de personas inmigrantes que recibe para sostener el sistema público de pensiones.

Por otro lado, siendo más que deseables las políticas de fomento de la natalidad y de apoyo a las familias, resulta chocante ver que, ante estos informes de instituciones nada sospechosas de buenismo migratorio, los defensores del discurso antiinmigrantes se conviertan en adalides de la natalidad —eso sí, natalidad española de pura cepa— que, según ellos, haría innecesaria la llegada de inmigrantes. Esta afirmación no resiste el más mínimo análisis. Si se tiene en cuenta que en cincuenta años el número de nacimientos se ha reducido casi a la mitad y la tasa de natalidad por mujer casi a la tercera parte, y que la tercera parte de los nacimientos de los últimos años en España fue de madre y/o padre extranjeros, para hacer innecesaria la inmigración en las décadas venideras, cada familia española, sin excepción, tendría que alumbrar y criar a cuatro o cinco descendientes, lo que se antoja imposible. Además, a esas nuevas españolas y españoles les debería suceder como a las especies alienígenas en las películas de ciencia ficción: deberían crecer a ritmo acelerado, alcanzar la madurez, formarse e incorporarse al mercado laboral a los diez años de edad. Solo así podrían cubrir las jubilaciones de la primera mitad de los boomers.

Pero no caigamos en considerar a las personas migrantes solo como recursos económicos o mano de obra barata, que se usa cuando hace falta y se desprecia cuando nos conviene. No caigamos en ese debate tan engañoso de migración regular “buena” frente a migración irregular “mala”. Regularizar la migración debe ir mucho más allá de gestionar algunos contratos en origen para que migrantes temporeros vengan a realizar trabajos puntuales y se marchen por donde vinieron cuando terminen. Debería implicar el abrir vías seguras para que las personas migrantes y refugiadas, que buscan un futuro en dignidad huyendo de la violencia, la persecución o la pobreza, puedan llegar a nuestro país sin que miles de ellas tengan que morir en el intento en las rutas migratorias más letales del planeta. Debería valorar a las personas migrantes y refugiadas que viven en nuestro país como sujetos de los mismos derechos que nos asisten a quienes portamos un DNI español. De hecho, expertos economistas apuntan a que variables como la temporalidad y la precariedad en el empleo pueden mermar notablemente los efectos positivos de la inmigración que llega a nuestro país y sostienen que es imprescindible que los inmigrantes tengan acceso a empleos estables y de calidad. Eso supone acogida e integración para que puedan tener una vida plena y en paz. Y todo esto se debería hacer sin olvidar que hace no muchas décadas, los migrantes en Europa éramos nosotros, los españoles.

Como hemos visto en nuestros artículos y en el material anexo a los mismos, y como tantas organizaciones que defienden los derechos de las personas migrantes y refugiadas señalan, la población migrante no solo aporta beneficios demográficos, económicos y laborales al país receptor sino que genera sociedades más justas y cohesionadas, más solidarias y diversas, más dinámicas y ricas socio-culturalmente. España sí que necesita a las personas migrantes y refugiadas si queremos ser una sociedad que mire hacia el futuro y que tenga algo que aportar a este mundo globalizado, hiperconectado, interdependiente y diverso.

No te dejes convencer por los discursos antiinmigración plagados de falsedades. El racismo no te dará de comer, la xenofobia no te pagará el alquiler, el nacionalismo extremo no te curará cuando no te encuentres bien. Con el racismo, la xenofobia y el nacionalismo extremo se lucran a manos llenas quienes se dedican a la creación y difusión de falsedades y bulos contra las personas migrantes en plataformas, pseudomedios y RRSS monetizando los seguidores y los “me gusta” que reciben las barbaridades que publican.

Ten en cuenta que la migración no comienza en la orilla de una playa africana, subiéndose a la patera o el cayuco para intentar cruzar el Atlántico o el Mediterráneo, ni en el límite sur del desierto, subiéndose a los todoterrenos de los traficantes de personas para intentar cruzar el Sáhara. La migración comienza mucho antes, en guerras y conflictos armados en los que se masacra a miles de personas con armas fabricadas en Europa —España es el séptimo exportador mundial de armas—, EE.UU. y demás países “civilizados”. Comienza con “acuerdos” comerciales asimétricos, que saquean y esquilman los recursos naturales de los países del Sur, empujando a miles de sus habitantes a la pobreza más extrema. Comienza con las políticas extractivas salvajes de grandes corporaciones, que destruyen territorios y el medio ambiente. Comienza con el cambio climático —con una mayor frecuencia de fenómenos extremos de sequías e inundaciones catastróficas— provocado por la quema sistemática de combustibles fósiles en los países ricos. Igual es hora de que dejemos de mirar ensimismados los reflejos gloriosos de nuestros países y, levantando los ojos, descubramos la realidad de un mundo doliente en el que habita una única humanidad.

Desde el fondo del corazón, gracias por habernos acompañado en esta sencilla serie de artículos. Seamos testigos de la verdad y artesanos de la paz. Cambiemos “hostilidad” por “hospitalidad”, y recordemos esas palabras de Jesús: “Venid, benditos de mi Padre, […] porque era inmigrante y me acogisteis”.

Equipo de Migraciones de CVX España

Notas y enlaces a los materiales empleados para la redacción del presente artículo:

1 Comentario

  1. Mario Dimas

    Agradecer tan lúcido artículo que muestra el valor por honrar la verdad.
    Mi cercania como hermano CVX latinoamericano ante la responsabilidad que tenemos en las raices de las migraciones