Escribo días después de terminar un retiro de fin de semana. Cuarenta y ocho horas para parar, “disponernos”, sin expectativas, ponernos en las manos del Señor y dejar que Él haga.
El ritmo, el normal. En el grupo, gente diversa.
Días antes de esto, entre actividad y actividad marcadas en el horario de la vida, me detuve ante un comentario del último libro de Byung-Chul Han. Destacaba fragmentos. Un texto puede detenerte por su belleza, lo que transmite… atraparte. El autor habla de cómo Dios se manifiesta en el silencio y, como imagen, una muy potente, Elías que desde una cueva espera que pase Dios, un huracán, un terremoto, un fuego… y allí no estaba Dios y, de pronto una suave brisa y Elías se cubrió el rostro. Con esa imagen entro en el retiro, un Dios brisa, silencio, que abraza compasivo.
Informaciones varias para empezar, un poco de ayuda por parte de Higinio para los que no tienen experiencia de ejercicios, un poco de ayuda impregnada de emoción y compasión. Nos va contando una historia, parte de su historia. Una cría del barrio del tío Raimundo en Madrid, cuando la gente allí enfermaba y moría de SIDA. Su madre le contagió la enfermedad. Estando en el hospital ingresada, pidió hacer la primera comunión. Y allá fueron dos jesuitas, a que la cría se encontrara con Jesús. Ya se iban de la habitación cuando la niña les preguntó “¿por qué Dios quiere que esté siempre malita?”.
La niña se llamaba Libertad.
Quien ha participado en ejercicios, sea cual sea su duración, sabe que siempre son diferentes. Hay algo esperando en el tiempo que vas a dedicar a retirarte y contemplar, algo que te sitúa fuera de tu control.
Libertad me acompañó esos días.
Intentaba construir oraciones en que el sujeto y el predicado fueran coherentes. “¿Por qué un Dios bueno quiere que siempre esté malita?” “¿Por qué un Dios que es brisa suave quiere que esté siempre malita?” o “¿Por qué un Dios que es Padre misericordioso quiere que siempre esté malita? No se puede.
Imagino la escena. Busco a Dios en ella. En la enfermedad de una niña inocente, en las consecuencias que la pobreza tiene para tantos inocentes. El pecado de todos enfermó a Libertad. Siento la presencia de Dios en esa niña.
Libertad no tuvo tiempo de saber que su enfermedad no es voluntad de Dios.
Sí puede ser voluntad del Dios Amor que Libertad esté viva, en el corazón de Higinio; después del fin de semana, en el mío y seguro en de alguno de los lectores y lectoras de esta humilde historia. Las cosas de Dios son así.
Patricia Merín
Línea de misión espiritualidad


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