Cuando hemos de despedirnos de una misión ya sea personal, laboral, espiritual o de otra índole, experimentamos diversas sensaciones, dando paso también a diferentes emociones y entrando en un proceso interno, que no es solo del corazón…también entra en juego nuestra parte física. Estos procesos nos hablan de tristeza y de alegría; de nostalgia y de vida nueva; de sujeción y de alivio…pero también por encima de todo, nos hablan de aceptación y, muy a menudo, de una sensación muy grande de crecimiento personal.
Despedirnos marca el final de una etapa y la apertura a nuevas oportunidades, a una nueva etapa vital con sus emociones y sentimientos propios, con sus nuevos quehaceres y nuevos retos, con cuidados (que no egoísmos) y una nueva visión de lo que aparece delante de nuestros ojos, nuevos servicios y nuevas misiones, siempre sin perder de vista aquello nuestro de Ignacio: “Para más amar y servir”.
Es una pérdida, sí, pero no se experimenta como una catástrofe o como una sensación de impotencia; Para todo ello, hemos de prepararnos y haber llegado a asumir que el final de la etapa ha llegado; es un asumir alegre, con nuevos deseos, con apertura al nuevo modo de ser y estar en misión…La vida misma te lo va pidiendo; también las nuevas expectativas que van apareciendo.
Al dar por finalizada una etapa, una misión, si se ha dado la entrega y hemos ofrecido lo mejor de nosotros mismos, lo que aparece sí o sí, es un AGRADECIMIENTO inmenso por haber tenido la oportunidad de ser y estar, donde cada uno haya tenido la posibilidad de acogerse y acoger a los otros desde el “OTRO”. Bendito “Otro” que es quien nos colma de oportunidades para ir a la misión.
Isabel Muruzábal
Linea Misión Espiritualidad CVX-E


Que bonito y que realidad Ysabel. Muchas gracias por expresarlo con tanta claridad
Un abrazo enorme
Muchas gracias Isabel, que buena reflexión para aplicar en cualquier situación de cerrar etapas.