Dios tiene un sueño de plenitud para cada persona y pone toda la creación a nuestra disposición para que alcancemos ese sueño de plenitud. Dios se hace presente en todo lo que nos rodea: en la naturaleza, en la política, en nuestra familia, en nuestros amigos, en el trabajo, en los desconocidos con los que nos cruzamos por la calle…, en toda la creación. Hacer realidad el sueño de plenitud conlleva un permanente “salir de uno mismo” para dejar que el corazón y la sensibilidad se transformen al estilo de Jesús.
La cultura actual nos contagia la idea de que el principal criterio de elección para alcanzar la plenitud es “sentirse bien”. Una corriente nos arrastra hacia un bienestar aparente, vivimos buscando que cada momento resulte novedoso, fascinante, deslumbrante para mostrarlo en las redes sociales. Si nuestros deseos no se cumplen con rapidez nos sentimos impacientes, descontentos, frustrados y tenemos dificultad para tolerar el malestar interior. El “sentirse bien” se ha convertido en una idolatría.
En el contexto actual, uno de los principales engaños que hay que discernir es “sentirse bien”. Conviene averiguar si es consolación y viene de Dios, o si se trata de una seducción engañosa que me mantiene en el desorden. Si la voluntad de Dios se manifestara únicamente en aquellos momentos en que nos “sentimos bien”, Jesús no habría pasado nunca por Getsemaní.
El discernimiento no consiste solo en elegir aquello que me produce placer, paz y rechazar lo que me inquieta o me turba. Es de gran importancia aprender a distinguir “sentires”, pues no todo sentirse bien es genuina consolación ni debería dirigir nuestras decisiones en la vida. El exceso de estímulos y ruidos en nuestro entorno dificulta percibir e identificar las resonancias de nuestro interior que nos construyen y las que nos destruyen, con frecuencia no somos conscientes de nuestros apegos, adicciones o afectos desordenados.
A veces nuestra inconsciencia se debe a fuerzas del mundo en el que vivimos, que nos hacen normalizar hábitos y criterios que favorecen la desvinculación con el sueño de Dios. Por ejemplo, el ritmo acelerado de la vida en la ciudad, la tecnología, las máscaras que usamos en los diferentes ambientes, las modas, las apariencias, el miedo al “qué dirán”, o el sentimiento de ser mejores que los demás, entre otros aspectos nos desorientan y nos inducen sin darnos cuenta a colocarnos en el centro.
Pequeñas disonancias pueden revelarnos que estamos alejándonos del sueño de plenitud que Dios tiene para nosotros. El buen espíritu puede generar intranquilidad, inquietud ante una afección desordenada, producir remordimiento; se trata de un desasosiego benéfico para llamar la atención sobre algún aspecto y promover su rechazo lo que favorece avanzar en el camino hacia el bien.
Por ello, os invitamos a estar atentos a la influencia de la sociedad (aceleración, tiempo fragmentado, exceso de información, idolatrías, dispersión…) que inciden en nosotros y nos llevan a normalizar comportamientos que nos alejan de Dios, que a veces se convierten en puntos ciegos difíciles de identificar y percibir. En concreto, os animamos a poner atención y dar valor a desasosiegos benéficos que ofrecen pistas para desenmascarar hábitos nocivos a los que nos vamos acostumbrando y nos alejan del sueño de Dios.
MªJosé Pro
Línea de misión espiritualidad CVX-e
[1] Juan Antonio Guerrero Alves, SJ, Aprender a sentir en Cristo. Aplicar hoy las reglas ignacianas. Ed Sal Terrae, 2024


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