Tras tocar y sentir las heridas propias y ajenas, Jesús nos invita a atravesar la cruz, a no quedarnos anclados en el sufrimiento, nos invita a volver a la vida.
Si sentimos que hemos sido ofensores-as en un conflicto, el Espíritu y la gracia de Dios nos conceden un sano impulso y deseo de curar y reparar, en la medida de lo posible, el daño producido. A veces es imposible echar marcha atrás. Pero se puede tener la oportunidad de compensar, mediante la palabra, la mirada, la acción, etc, y cuidar la cicatrización de la herida. Reparar supone transitar lugares que no son fáciles, habitar tensiones y hacer un camino que quizá, sería más cómodo evitar.
Pero ésa es la llamada que Jesús nos hace: “No temáis”. Los discípulos sienten ese ardor interno que les mueve a salir y volver a anunciar la vida nueva, a anunciar que hay que seguir a pesar del fracaso y la herida.
El reconocimiento es otro término importante tanto para la víctima como para quien ha cometido una ofensa. A veces pensamos que para qué remover otra vez aquel sufrimiento si ya pasó.
Para construir una sociedad reparada y con una convivencia sana, es necesario buscar condiciones de posibilidad para dialogar sobre el pasado violento y reconocer todo lo que no se debió hacer. Las víctimas tienen derecho a ser reconocidas como tal y necesitan que la verdad de lo ocurrido sea admitida como realidad indiscutible para que sus derechos sean respetados.
No tengamos miedo ni pereza para levantar postillas cerradas en falso y sin sanar por dentro. Tanto en nuestro pequeño ámbito personal como en los temas a nivel social. ¿Te animas a dejarte disuadir por el Espíritu?


Gracias