En este caso, además de forma evidente, –o, al menos curiosa–, por medio de una llamada telefónica. No, no fue una voz grave y dulce como en las películas, sino a través de los presidentes de la comunidad Padre Arrupe. Primer intento: “Ha salido tu nombre para ser candidato a la presidencia para los dos próximos años”. Esta vez lo tengo claro, demasiadas cosas en la cabeza y ese típico “no tengo tiempo” que nos sonará a todos.
Igual que nosotros nos dirigimos a Él de diferentes formas, lo mismo hace el Padre con nosotros. Por eso, hay veces que no dejamos que su llamada cale en nosotros y la desatendemos. O en este caso, quizá, simplemente no era el momento. Un año después, se repite la llamada y esta vez siento que debo darle al menos una oportunidad al discernimiento. Un espacio en mi oración. Parece que, aunque mi situación vital no ha cambiado en exceso, la comunidad me invita a un servicio que puede encajar con cómo quiero vivir la fe.
Tomada la decisión, de nada sirve darle muchas más vueltas. El inicio de esta etapa está marcado por las ganas, la energía y, lo reconozco, la confusión. La charla con las presidentas –la que me acompañará el próximo curso y quien me da el relevo– es bastante liberadora, aunque sea para entender siglas, programar eventos y reuniones y comprender un poco más el contexto que rodea la comunidad.
Las primeras semanas se puede caer en el desasosiego de querer llegar a todo de la mejor manera posible y no estar seguro de poder hacerlo. Encajarlo todo en una agenda ya apretada puede resultar un poco agobiante. Hasta que se cambia el enfoque: se trata de abrir pequeños huecos a Dios. Es imposible para el hombre, pero no para Dios (Mt 19:26).
El tiempo pasa para todos por igual. La clave es decidir en qué o a quién quieres dedicarlo. Sentir la presidencia como un servicio que me da oportunidades para amar ha sido el mayor regalo que me llevo. Cada reunión, cada asamblea y, por supuesto, cada momento dedicado en el pensamiento a la organización de espacios comunitarios, ha sido un éxito. No porque hayan salido mejor o peor, sino porque han dado lugar al amor.
Lógicamente, también han existido tropiezos o momentos de debilidad. El miedo a sentir que debía cambiar la forma de relacionarme con la gente estuvo presente en algunos momentos. Ya no podía hablar únicamente en mi nombre, puesto que desempeñaba una posición en la comunidad. Y eso suponía una mirada distinta y la responsabilidad de anteponer el pensamiento comunitario al propio, aunque en algunos puntos no coincidieran.
Pero el tiempo convirtió esa barrera en una valla y yo, que soy deportista y me gustan los retos, vi que cogiendo un poco de carrerilla se podía saltar fácilmente. El compromiso adquirido ha propiciado una mayor involucración por mi parte tanto a nivel local como nacional e incluso fuera de nuestras fronteras. La preparación y la participación de estos espacios se han materializado en aprendizajes y experiencias de vida.
La riqueza que supone la pertenencia a una comunidad mundial es mayúscula y no siempre somos conscientes de ello. Caer en la cuenta de que no remamos solos, de que formamos parte de un equipo sólido, estructurado y con un horizonte común es parte de lo que me llevo dentro. Haber estado en la presidencia me ha dado una visión más completa de esta dimensión que he sentido como la brisa suave que pudo apreciar Elías en el monte Horeb (1Re 19, 11-13). Porque ni en la más absoluta soledad estamos solos, pues Dios está con nosotros. Y puedo asegurar que también un gran grupo humano que trabaja por el
Reino.
Durante estos dos años he descubierto tesoros ocultos. Unos no tangibles pero otros plasmados en personas que se parten (como el pan de la eucaristía) para los más necesitados y que han sido luz en el camino. Mención especial para quienes dedican su tiempo a los demás sin ruido, sin pretender ser alabados por ello. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (Mt 6:6).
Y, puesto que lo que no conocemos no podemos amarlo, doy gracias a Dios por este mayor conocimiento de mi comunidad (en sentido amplio). Y a mi comunidad por allanar el camino a un mayor conocimiento de nuestro Padre. Así pues, queda un corazón agradecido y la certeza de que Dios nos llama por nuestro nombre.
Iñaki Burgueño
Presidente Comunidad Padre Arrupe CVX en Madrid


Gracias