En el camino de Emaús

No recuerdo ahora quién dijo, si es que alguna vez se ha dicho con estas precisas palabras, que “el espacio que el silencio abre lo rellena Dios”. Quizás no sean las palabras literales, pero a mí me resuenan bien y, cuando pienso en la asamblea de Málaga y en el “Día del Silencio”, aún me resultan más entrañables. Solo cuando hacemos hondo silencio interior y exterior dejamos el espacio libre y diáfano para que Dios entre y hable con intensidad penetrante.

Día 3 de la asamblea. Día del Silencio. Silencio elocuente, eje vertebrador de la escucha atenta propiciadora del discernimiento y de la disponibilidad humilde del alma que confía en que Dios sabe y conoce mejor que uno mismo cuáles son las respuestas a las preguntas esenciales. El Equipo de Diseño y Facilitación tuvo el acierto de habilitar ese espacio en el centro de todo lo demás y nos lo, sabiamente, facilitó con la “Guía del Silencio”. No era un día de descanso, nos aseguraron, aunque nunca está de más que el alma repose cuando el cuerpo así lo hace; se trata de un momento de inflexión, esto es, de giro y enfoque, de abrir el corazón y escuchar al Espíritu atentamente, de permitirle “soplar hacia adentro, que se cuele y nos remueva”. No tenía otro fin que el de permitir que Dios fuese el único protagonista de todo ese día y dejarle “colarse” en el corazón y la mente de cada uno y obrar según le pareciese, con confianza y amor. Para esto, había que callarse y escuchar.

Sin duda, un día diferente a los otros. En este no debíamos debatir ni conversar con nuestros hermanos de comunidad frente a frente, sino que sería el Señor de Todo el que nos iba a mirar, a darnos sentido, a dar autenticidad y mostrarnos el camino, Su camino, Su deseo. Si queríamos que el fruto de nuestro encuentro brotase de Él, teníamos que escuchar-Le, cada cual con su singularidad única, su vida, sus miedos, sus anhelos, sus esperanzas, su ser en Él y para Él. 

Junto a la escucha activa y animada al Espíritu, en el día del Silencio, el Equipo, en boca de Belén y Sonia nos presentaron la Guía del “Camino de Emaús”. Sin dejar el silencio interior, se nos propuso caminar por el entorno del lugar junto a otro caminante, para conversar y compartir los frutos, si los hubiese habido, de ese tiempo de silenciosa escucha. Se trataba de reafirmar que el discernimiento no es un camino solitario, sino un camino común de encuentro; que sus mociones son de todos y también de cada uno, porque contienen la esencia misma de la que se nutre la Misión: ser de Dios y para Dios. “Buscad a alguien que no sea muy cercano a vosotros, con quien no tengáis una trayectoria previa y que podáis así crear un vínculo novedoso”. Así vuestras palabras brotarán espontáneas y sin prejuicios, como cuando le hablamos a un psicólogo con quien no hemos tenido relación previa. Esto último me lo añadí yo para mí mismo. Con ese compañero improvisado de camino, caminando bajo el sol canicular, literalmente así fue, si bien ya algo más clemente pues la tarde declinaba, se nos pedía que abriéramos el corazón y compartiéramos nuestras mociones espirituales devenidas del silencio y la oración de las horas anteriores; las llamadas hacia la dimensión apostólica, de nuestra comunidad hacia el mundo y hacia nuestra Iglesia Universal; las mociones y llamadas para construir más comunidad, más vida en común; mociones y llamadas de la Fuente de la que mana el Agua Viva y por Quien todo tiene sentido y existimos y a Quien todo ha de entregarse.

Mi acompañante en la senda de Emaús me abrió su corazón y yo le abrí el mío. Me fue refiriendo cómo su camino vital le había conducido, unas veces más suavemente y otras más vertiginosamente, hasta la Comunidad de Vida Cristiana, desde su Malta natal hasta ese día de intenso sol en Málaga y también me dijo que nada tenía ahora sentido sin Él en su vida y sin Su CVX junto a los hermanos. Sus palabras y las mías confluían en tierra común y ello nos llevó a compartir ese gozo interior que brota al encontrar a Jesús en ese camino acompañado, de sabernos hermanos y amigos en el Señor, de poder servir y abrazar al mundo desde nuestra humilde pequeñez, con los ojos puestos en Él, cada cual desde su puesto, desde su vocación y responsabilidad, pero con sentido único, bogando mar adentro hacia nuevos horizontes. El camino, cuando se hace en compañía de un amigo, se hace mejor, más apacible, más llevadero, más liviano. Todo un regalo compartido.

Un día y una tarde preciosos y una noche que pondría la guinda, ya no en silencio ni mucho menos, pero llena, como todo el día, de comunidad, de amistad, de confianza, de alegría y, por qué no, de fiesta. Memorable e inolvidable. ¡Vaya día!

¡Muchas gracias!

Benito Marín Serrano

CVX en Salamanca

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