El pasado miércoles falleció nuestro amigo pamplonica Luis Lacabe SJ, que fue Asistente de la comunidad de CVX en Donostia entre 1994 y 2001. Ha pasado ya bastante tiempo desde aquellos años en los que tuvimos la suerte de compartir con él tantos buenos momentos de vida comunitaria, pero la huella que dejó en mucho de nosotros ha sido y es realmente imborrable.
Recién aterrizado de sus más de veinte años en la República del Congo, se integró rápidamente en la comunidad, aportándonos su frescura, alegría y cercanía. Impresionaba por su libertad interior, fundamentada en una profunda experiencia de Dios y, posiblemente, también en los avatares de su larga experiencia africana. En un periodo fundacional de nuestra pequeña comunidad local, nos enseñó a crecer sin prejuicios, con libertad, agradecidos con el regalo de cada día y a disfrutar de la naturaleza, de los amigos y de las cosas sencillas de la vida. Siendo felices y haciendo felices a los demás que, como nos enseñaba Luis, es la mejor manera de “dar gloria a Dios”.
Damos gracias a Dios por la vida de Luis, confiados en que ya ha recibido con alegría su cariñoso abrazo.
Eduardo Ayesa
CVX en Donostia
De Juan Ochagavia sj
Figura clave para la CVX, no sólo de Chile, sino para la CVX Mundial.
En los comienzos de CVX en España sus escritos, sus reflexiones, su apoyo fue fundamental. Todos nos mirábamos en Chile, en sus cursos de formación, en sus procesos de crecimiento…y él, junto con algunos laicos como José Reyes, que fue Secretario Ejecutivo Mundial, fueron claves para el comienzo y desarrollo no sólo de CVX en España, sino a nivel personal para consolidar y entender esta vocación a la que estábamos siendo convocados. El agradecimiento a la Compañía por tanto bien recibido se ejemplifica en figuras como la de Ochagavia.
Como decía el profeta Miqueas » ya tenemos una nube de testigos que nos preceden» a los que encomendarnos y encomendar a nuestra querida CVX.
José Antonio Suffo
CVX en Sevilla
Jose Mª Guibert: una manera de caminar
Hay personas cuya despedida no puede escribirse solo con datos. De Jose Mª se puede decir, y se está diciendo estos días con justicia, que fue jesuita, rector de Deusto, profesor, académico, ingeniero, teólogo, hombre de universidad y de Iglesia. Todo eso es verdad. Pero a mí me sale recordarle antes de otra manera: como alguien cercano, bueno, lúcido, afectuoso. Una persona que sabía estar, escuchar y acompañar sin hacer ruido.
Antonio Machado escribió aquello de que “se hace camino al andar”. Y quizá esa imagen del camino ayuda a entender algo de él. No fue solo alguien que ocupó responsabilidades importantes. Fue alguien que caminó conjunto a otras personas. Que abrió camino. Que ayudó a caminar. Que entendió la vida como misión compartida, no como trayectoria individual.
Quienes le tratamos sabemos que tenía una inteligencia muy fina, pero no hiriente; una mirada amplia, pero no distante; una capacidad institucional grande, pero nunca fría. Podía hablar de universidad, de liderazgo ignaciano, de ética, de tecnología, de fe o de sociedad con profundidad, pero no desde la superioridad de quien ya lo tiene todo claro. Más bien al contrario: escuchaba, preguntaba, ordenaba, abría horizontes. Tenía esa sabiduría poco frecuente de quien piensa bien porque primero mira bien.
Podemos recordar de él también su manera de unir cabeza y corazón. En él no había separación entre rigor académico y humanidad, entre gestión y espiritualidad, entre institución y cuidado. Seguramente por eso se le podía reconocer en espacios tan distintos: en la universidad, en la Compañía de Jesús, en la Iglesia, en conversaciones sobre liderazgo, en búsquedas compartidas con laicos y laicas que queremos vivir la fe en medio del mundo.
Quiero recordar especialmente su afecto por la CVX. No era una cercanía formal ni de compromiso. Se notaba que la quería y que valoraba profundamente su vocación laical: esa manera de buscar a Dios en la vida cotidiana, de discernir en comunidad, de unir oración y compromiso, espiritualidad y justicia, fe y responsabilidad pública. Entendía bien que la misión no se sostiene solo con buenas ideas, sino con personas formadas, libres, disponibles y capaces de cuidar la vida real.
Tenía, además, un estilo muy ignaciano de fondo: ayudar sin invadir, orientar sin dominar, acompañar sin sustituir, animar a pensar más y mejor. En tiempos en los que a veces confundimos liderazgo con visibilidad, poder o protagonismo, él nos recordaba otra cosa: que liderar es servir a una misión más grande que uno mismo; que una institución vale si ayuda a crecer a las personas; que la fe se vuelve creíble cuando se hace inteligencia, cercanía y compromiso.
Su muerte duele. Duele porque le queríamos. Duele porque parecía que todavía tenía mucho que aportar. Duele porque hay presencias que no se reemplazan fácilmente. Pero también deja gratitud. Mucha gratitud. Por lo vivido, por lo aprendido, por las conversaciones, por la confianza, por su modo de estar en la vida y en la Iglesia.
No sé si hay mejor forma de despedirle que volver a Machado: no se trata solo del camino que uno recorre, sino de las huellas que deja al pasar. José Mª ha dejado huella. En instituciones, sí. En proyectos, también. Pero, sobre todo, en personas. En quienes aprendimos de él y con él que la inteligencia puede ser humilde, que la fe puede ser dialogante, que el servicio puede ser alegre y que la misión se hace caminando de la mano con otros y otras.
Sólo queda darle las gracias. Por su palabra, por su cercanía, por su afecto, por su manera de mirar lejos sin dejar de mirar a cada persona. Que descanse en Dios y que sepamos cuidar algo del camino que nos ayudó a abrir. Se lo debemos. Con todo el cariño, goian bego.
Eduardo Escobés
CVX Arrupe Elkartea en Bilbao


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