Francisco y las mujeres

Antes de nada me gustaría decir que no pretendo hacer un análisis exhaustivo del legado de Francisco. Necesitaría una distancia histórica y unos conocimientos de los que carezco. Tan sólo pretendo compartiros algo de lo que, últimamente, bulle dentro de mí.

El papado de Francisco está profundamente marcado por la defensa de los descartados y empobrecidos, la lucha contra los abusos sexuales en la Iglesia, la propuesta de una ecología integral centrada en el cuidado de la casa común, la desclericalización de la Iglesia, la invitación a ser iglesia en salida y sinodal, la defensa de una gestión económica transparente y el acercamiento al judaísmo y al Islam. Aunque obviamente no puedo detenerme en cada uno de estos aspectos, la relación de Francisco hacia las mujeres no puede ser entendida fuera de ellos y sin tener en cuenta su manera de situarse ante las personas.

¿Cuál es la mirada de Francisco hacia las mujeres?

Podríamos decir que Francisco posee un conocimiento de la realidad de las mujeres. Ser consciente del sufrimiento que padecen muchas mujeres le lleva a lleva a reconocer las enormes desigualdades entre hombres y mujeres, a denunciar formas concretas de abuso contra ellas y a señalar con valentía diversas fuentes de exclusión, entre ellas la cultura de opresión patriarcal y machista. Creo que aquí se enmarcan muchas de sus afirmaciones sobre la igualdad entre hombres y mujeres, la radical dignidad de la mujer y el reconocimiento de su riqueza. Escucharle esponja el corazón.

Al mismo tiempo, algunas declaraciones de Francisco desconciertan -al menos a mí-. En su insistencia en que «la Iglesia es mujer», la consideración de que «el acceso de la mujer al sacerdocio implicaría su clericalización», la propuesta del «principio mariano» frente al «principio petrino»… creo que Francisco abandona la realidad de las mujeres -concretas, reales y diversas- y, de alguna manera, participa del arquetipo de lo femenino -definido por su capacidad de generosidad, de silencio, de humildad- desde el que se insiste en que la mujer debe ocupar el lugar que le corresponde -el espacio interior, el ámbito de los cuidados, en relación subordinada al varón…-.

¿Cuál es la actitud de Francisco hacia las mujeres?

Francisco tiene una forma de relacionarse con los demás especial. Su presencia, sus gestos, sus palabras, transparentan la misericordia entrañable de un Dios que no tiene una palabra de condena ante la humanidad. «Todos, todos, todos» expresa ese deseo de inclusión, también de las mujeres, tantas veces relegadas o silenciadas en la sociedad y en la Iglesia.

Francisco traduce sus palabras en gestos concretos y audaces, que no dejan indiferente a nadie, como el nombramiento de algunas mujeres en puestos de responsabilidad y la apertura del Sínodo a la participación y el voto de algunas mujeres, pero también la puesta en valor de las mujeres en la Vida Religiosa, la obligatoriedad de denunciar abusos, el lanzamiento de la red Super Nuns de apoyo a quienes trabajan en el rescate y rehabilitación de víctimas de trata, entre otras muchas medidas.

Francisco propone una Iglesia toda ministerial, integrada por hombres y mujeres y sus diversos ministerios. Pero al mismo tiempo, se opone radicalmente al acceso de la mujer al ministerio ordenado.

Estoy profundamente convencida de que una Iglesia donde podamos caminar juntos en comunión, requiere que haya ministerios asumidos en igualdad de oportunidades y condiciones tanto por hombres como por mujeres. Pero no es menos cierto que la ordenación de las mujeres no podría significar sólo participar en un sistema profundamente desigual sino una radical renovación de la misma Iglesia. Y me pregunto: ¿Qué estilo de ministerio ordenado requiere una Iglesia sinodal, en salida, al servicio de toda la humanidad? ¿Qué otros ministerios sería necesario crear? ¿Qué podemos hacer desde la Comunidad de Vida Cristiana?

En conclusión, Francisco fue un hombre profundamente evangélico, con algunas contradicciones. Éstas, a menudo, nos incomodan. Estamos tentados de eliminarlas o esconderlas. Pero también nos muestran que la complejidad de la realidad requiere de un discernimiento constante. Y que el Espíritu es capaz de hacer grandes cosas a pesar de nuestras miserias. Cada uno de nosotros somos invitados a continuar el camino. Yo estoy dispuesta. ¿Y tú?

Helena Trigueros

CVX y Colaboradora MED

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