Vivir la experiencia del grupiño va más allá de la simple amistad. Es estar sentados en círculo, íntimamente juntos, no frente a frente, sino uno al lado del otro. Tan cerca que el roce de rodilla con rodilla nos recuerde que estamos unidos, que donde yo no llego, llega otro.
Es comprender la importancia de cuidar los vínculos: conmigo mismo, con mi familia, con mis amigos, con la iglesia, con compañeros de trabajo y de universidad, con la sociedad… todos los distintos ambientes en los que nos movemos.
Cuidarnos unos a otros nos ayuda a extender ese cuidado hacia otros fuera del círculo. Es un gesto de coexistencia, de convergencia, de comunión. Es un lugar seguro.Pon delante de Dios a esas personas, y deja que Él se haga presente en esos vínculos. Hazte consciente de las relaciones que sostienen tu vida, esos lugares seguros donde puedes ser tú mismo. Agradece a Dios por cada uno de ellos.


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