Hacer camino con una comunidad de cristianos y cristianas LGTBQ+

«Algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis?» Is 43,19

Y en la Iglesia estamos aprendiendo

Con mirada retrospectiva y agradecida de diez años de caminar junto a la Comunidad Ichthys de Cristianxs LGBTQ+ de Sevilla vemos que ha sido transitar un camino de doble dirección que se inició entre la sorpresa y el desconocimiento, la confianza y la duda, con ilusión, realismo y respeto.


A nivel personal y de pareja nos ha llevado a una conversión interior. El reconocimiento de la existencia de fronteras en nuestra Iglesia, de vallas y concertinas que separan creyentes por el mero hecho de ser de una orientación sexual “diferente” nos llevó, desde un profundo amor a la Iglesia y con un convencimiento que brotaba de nuestra espiritualidad ignaciana, a plantearnos la necesidad de visibilizar esta realidad y comenzar a crear sinergias entre estas “dos iglesias”. Era necesario que se conociese esta realidad palpable de discriminación en nuestra Iglesia, pero sobre todo que estos relatos de vida de hombres y mujeres de fe se conociesen. Personas, que a pesar de haber sido discriminados, muchas veces en nombre del Evangelio, daban un testimonio de fe que sólo podría traer riqueza al Pueblo de Dios. Nos sentíamos llamados, invitados a estar “de otra manera” compartiendo con cada persona de LGBTQ+ creyente o no, sus sufrimientos y también su sabiduría acumulada en el desierto, al otro lado de valla, en el “armario”.

En nuestro corazón se repetía una pregunta: “¿a dónde nos queréis llevar Señor?” Y se abría paso tímidamente una respuesta, que se convirtió en un “mantra” de apertura y confianza: “dónde y cómo tú quieras… siguiéndoos mi Señor no me podré perder” y así fuimos descubriendo nuestras propias resistencias, que con el tiempo identificamos como homofobia interiorizada.

Los católicos LGBT parten de un convencimiento: la homofobia no está en las Sagradas Escrituras, más bien es fruto de un corazón, muchas veces creyente, que juzga sin “conocer internamente” y desde una identidad sexual “distinta”, generando con sus “actitudes, palabras y obras”, comportamientos de “exclusión antievangélicos”. El desconocimiento lleva al miedo y éste a la homofobia. Las personas creyentes heterosexuales en la Iglesia hemos pecado de omisión y de indiferencia, tanto laicos, como religiosos, religiosas y pastores, provocando que estos hermanos y hermanas se sientan “cristianos de segunda”, permanentemente prejuzgados, indignos de confianza y puestos bajo sospecha.


A pesar de todo, hacen suyas las palabras de la primera carta de Pedro: “…sed compasivos, fraternales, misericordiosos, humildes; no devolváis mal por mal, ni injuria por injuria, antes bien bendecid, puesto que a esos habéis sido llamados, a heredar una bendición”. Descubrimos a través de sus actitudes una fe y un sentido de pertenencia eclesial tan profunda, a pesar de la discriminación, que son invitación y testimonio. Infinitas veces hacen suya esta frase: “nada, ni nadie, nos separará del Amor de Dios”.

Merece destacar que, desde los ambientes “gays”, ante ciertas noticias o planteamientos eclesiales, se les invita a apostatar, sin embargo, sienten que algo más “grande” se lo impide: su fe en un Jesús que ama sin condiciones y les llena de esperanza aun estando en el desierto. ¿Qué habríamos hecho en su lugar muchos católicos heterosexuales ante esas situaciones de injusticia, discriminación y dolor?


Para nosotros este camino de acompañamiento a la diversidad, a hombres y mujeres LGBTQ+ ha sido, y sigue siendo, un camino de conversión. Fuimos aprendiendo a poner el corazón “más en las obras que en las palabras”, a compartir fe y vida dejándonos modelar por su sensibilidad. Todo esto nos hizo sentir los propios límites con agradecimiento y nos llevó a dar pasos insospechados con valentía y firmeza, aún sabiendo que tendríamos problemas, de los que fuimos avisados por el propio colectivo LGBTQ+.


Cuando comenzamos este “caminar arcoíris” se abrió un abanico de posibilidades a nivel pastoral, personal, comunitario y eclesial, desde el profundo respeto a la diversidad y la experiencia de contraste que nos llevaba a descalzarnos cuando nos descubríamos pisando tierra sagrada por la historia vivida. Partimos del conocimiento de realidades que nos hacían sentirnos impotentes y pequeños, pasamos esas realidades por la oración y en lo profundo surgía un reto: ¿qué, cómo, desde dónde…?


Se iban combinando sombreros y gafas diversas, desde lo institucional, comunitario, eclesial, laboral, familiar… a lo personal. Y en todas estas dimensiones somos conscientes de que el Señor ha estado grande con nosotros y con la Comunidad CVX-Comunidad de Vida Cristiana, a la que pertenecemos; nos ha regalado una historia compartida y ha ido transformando “nuestro corazón de piedra en un corazón de carne”.


El caminar con la Comunidad Ichthys de Cristianxs LGBTQ+, ha supuesto desinstalarnos, salir de nuestro propio “amor, querer e interés», de nuestras zonas de confort, para abrir los ojos a otras realidades, a otras personas de nuestra Iglesia y a nuestra propia Comunidad. Nos ha situado en una frontera eclesial y social, una frontera especialmente dolorosa porque está dentro de la propia Iglesia. Descubrir que, entre quienes seguimos a Jesús existen fronteras, ha sido un aprendizaje de límites, una experiencia de humildad, de dolor y a la vez nos ha puesto ante la llamada del querido Papa Francisco a ser Iglesia en salida y misericordiosa, Iglesia inclusiva que favorece espacios de encuentro y diálogo, tendiendo puentes de doble dirección.

Y desde estas claves surge el deseo de servir en esta frontera con otros, sumando y multiplicando, acompañándonos y celebrando juntos. Ha sido una oportunidad para concretar nuestro compromiso apostólico comunitario, importando y exportando experiencias de diversidad, calentando corazones, compartiendo temores y dando pasos…

Nuestra experiencia es la de haber sido “enviados” a acompañar. Esto significa que debemos ser el “rostro” de una Iglesia acogedora, valiente, “en salida”, de una Iglesia que quiere ser y sentir con ellos y que no se entiende sin toda su riqueza de colores, que se quiere y goza diversa. En concreto para nosotros ha representado “quitarnos las sandalias” como Moisés en el Monte Horeb y pedir al Señor que nos haga ver “¿quién soy yo para juzgar”? Esto conlleva un “modo y orden” propio de nuestra espiritualidad ignaciana: dando medios para que, todos y juntos, vayan discerniendo su lugar en la Iglesia: como personas y como comunidad LGBTI; esto significa, trabajar “para no ser impedimento”, “dejando obrar al Criador con la criatura, y a la criatura con su Criador y Señor”.


A veces, los hermanos y hermanas LGBTQ+, nos manifiestan que la CVX (Comunidad de Vida Cristiana) es la primera institución de Iglesia que les ha tendido una mano, que se ha arriesgado por ellos, que no le ha importado ponerse en su piel, escucharlos, abrazarles, animarlos, y también, la primera que ha estado con ellos, recibiendo por esta postura de apoyo, críticas e incomprensión, viviendo en primera persona “lo que es tener fe pese a todo”, experimentando el “injurio y el vituperio”.

En este proceso de conocimiento de realidad LGBTQ+, sus gentes y sus familias, fuimos siendo conscientes que es bastante común que “cuando un hijo/a sale del armario, los padres entren”.


Ese proceso puede ser doloroso porque se mezcla con el camino personal que deben hacer y con la preocupación de no saber cómo acompañar a su hijo/a, el estigma social, cómo decirlo al resto de familiares, las cuestiones religiosas, etc…


Cuando un hijo, una hija se decide a comunicar en familia su identidad sexual, todo se tambalea. Los padres se preguntan: “¿en qué nos hemos equivocado?”. Si además se trata de una familia cristiana surgen otras preocupaciones: “¿dónde queda Dios?”


Es así como surge el grupo Ichthys CVX Familia; un grupo de fe que ofrece acogida para padres, madres y familiares que buscan acompañamiento en este proceso, abierto a toda persona de buena voluntad que desee compartir su vivencia familiar.


Todas estas iniciativas persiguen, entre otras cosas, una cuestión estructural y de fondo: la construcción de una Pastoral de la Diversidad Sexual, madura y responsable que debe ser entendida como un deseo del Señor para su Iglesia. Cada vez somos más en la Iglesia los que sentimos que esto es querido por Jesús, porque nos enriquece y completa como seguidores suyos, porque nos constituye en una Iglesia más creíble, una Iglesia recinto de verdad y motivo para la esperanza, estímulo para que muchos sigan creyendo.


Llega la hora de “dar la cara” sin miedo y de “señalarnos” en la Iglesia, que nos reconozcan defendiendo la plena pertenencia de nuestros hermanos y hermanas LGBTQ+, hijos e hijas del mismo Dios. Seamos conscientes de estar invitados a salir de la propia comodidad y atrevernos a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio.

Se juntan sentimientos diversos, por un lado, la necesidad de pedir perdón por el tiempo en que no supimos mirar ni reconocer, por la indiferencia, por el miedo a alzar la voz frente a la injusticia dentro y fuera de la Iglesia, por no haber estado a la altura del llamamiento recibido, por “pecar por omisión”, y por otro lado la necesidad de agradecer su ejemplo profético, su testimonio de amor y fidelidad a la “iglesia madre de todos”.


Entendemos que la diversidad nos enriquece y es necesaria, dentro y fuera de la Iglesia. También diversidad de los que piensan de otra manera, tienen otros carismas y otras sensibilidades. Evitemos la falsa dicotomía de debatir entre dos partes de la Iglesia porque todos somos Pueblo de Dios. Es un tiempo nuevo eclesial, “algo nuevo está brotando” … y entendemos que estamos llamados a colaborar en esta nueva primavera eclesial: aquí nos ha puesto el Señor.


La Tierra sagrada de la vida de la gente LGBTQ+ creyente, en la que Dios actúa, son historias que hemos de mostrar. Dios está actuando en ellas y prestar atención a esas biografías puede enriquecer nuestra vida eclesial y, sin duda, mejorar y profundizar nuestra comprensión del Evangelio. Es tiempo ya, de acoger en la Iglesia a las personas LGBTI con toda su humanidad y realidad. Seguro, tendremos una mejor Iglesia y, sin duda, mejores personas sea cual sea su condición sexual.


El valor de la mirada arcoíris en nuestro corazón y en el de la comunidad eclesial a la que pertenecemos, nos hace ser comunidad en salida y profundizar en la cultura del encuentro. Vamos creciendo en diversidad, complementariedad y compromiso. Pidamos al Señor valentía para saber estar y acompañar en las fronteras de la Iglesia, una Iglesia, que ahora sí, quiere aprender a estar al lado de todos y todas, más allá de orientaciones y sensibilidades “diferentes”.

Fátima Carazo – José Antonio Suffo
CVX en Sevilla y PADIS+G Pastoral de la Diversidad Sexual y de Género. Sevilla



Extracto del artículo: Carazo, F., & Suffo, J. A. (2019). Experiencia de acompañamento a unha comunidade de cristiáns e cristiás LGBTI. Encrucillada: revista galega de pensamento cristián, (213), maio-xuño 2019.

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