Liderazgo ignaciano y misión sociopolítica (1/2)

Por Jose M. Guibert SJ. Doc. ingeniero industrial y maestro en teología con publicaciones y varios libros sobre liderazgo ignaciano. (jmguibert@comilllas.edu)

1.El liderazgo ignaciano

El liderazgo ignaciano como concepto y experiencia se ha desarrollado en estos últimos veinte años pensando en entidades jesuitas o similares. Es decir, se ha visto que en la tradición de la Compañía de Jesús (aprobada en 1540) hay elementos interesantes en lo que toca al cuidado humano, los planteamientos de misión, el discernimiento corporativo, la gestión de equipos, etc. Esas pautas de vida, en común y en misión, de los jesuitas durante cinco siglos siguen siendo inspiradoras.

Ahora empleamos más la expresión liderazgo “ignaciano” en vez de “jesuita” por incluir en la reflexión y la praxis a los laicos y laicas que acompañan al conjunto de la misión, además de religiosas u otros sacerdotes, y que también participan a su modo de un carisma común o llamado a ser compartido.

2.La persona líder

Hay tres áreas en las que se focaliza la atención al pensar en liderazgo ignaciano. Por un lado, la persona líder. Ahí se reflexiona sobre sus habilidades humanas, su vocación cristiana, su autoconocimiento, sus puntos fuertes y débiles, sus fortalezas y miedos, el talante y modo con el que asume el servicio de liderar, sus opciones por la fe y la justicia, su libertad interior, etc. El principal problema del liderazgo es el líder mismo. La persona ignaciana líder tiene mucho que trabajar en el área de cuidarse a sí misma, sus intenciones, su humildad, sus competencias, etc.

En la parte IX de las Constituciones de los jesuitas hay una lista de rasgos deseables para el que vaya a ser elegido superior general de los jesuitas. Estas características se han comunmente aplicado al liderazgo jesuita e ignaciano en general. En primer lugar se busca una persona “familiar con Dios”. No se está pidiendo que sea doctor en teología, sino que personalmente haya asumido y viva con paz los ideales evangélicos y jesuíticos de la misión a promover. Que viva centrado en la vida, lo pueda compartir y así ayudar a otros desde lo profundo, no desde la teorías. Se pide también prudencia y capacidad de discernimiento, para acompañar a otros en sus caminos.

Hay también unos valores que se destacan en especial: amar a los demás, en especial a las personas que vas a liderar; ética, virtudes y generosidad, pues se lidera desde el ejemplo y el testimonio; rectitud y magnanimidad a la vez, es decir, mantener unos ideales y criterios y a la vez dejarte cuestionar por el factor personal, para cuidar a cada individuo; libertad interior, que es un fruto clave de los ejercicios espirituales, para no dejarte influenciar por los poderosos o por tus propios afectos o manías, o por las situaciones externas, ya sean de excesiva euforia o de depresión; fortaleza, al tener que asumir temas a veces muy complejos; etc.

3.Liderar un equipo y una institución

La segunda dimensión del liderazgo hace referencia a la capacidad de crear y acompañar un equipo para una misión. Generar un equipo unido y comprometido, y que transmita ilusión es un arte. Y una tarea. Alguien tiene que cuidar de modo explícito de la institución y de las personas.

La primera responsabilidad del líder es la cura personalis. En el sentido ignaciano no se refiere solo al cuidado o desarrollo de las personas. Más bien se busca, si se puede, ayudar a las personas a vivir su vida en plenitud, y en clave cristiana, a encontrar y desarrollar su vocación personal. Unido a esto está la cura apostolica que no son solo las tareas a asignar a cada individuo sino, en consecuencia, de buscar que dichas actividades tengan una dimensión apostólica en lo que sea posible, fomentando un espíritu de servicio. No se trata de hacer cosas por hacer u obedecer por obedecer, sino de invitar a ver en el trabajo (en este caso, la acción política) una mística que nos une con Dios, con los demás y con la misión.

Para llevar a cabo esta dimensión hay que trabajar aspectos como el acompañamiento, la relación humana, la comunicación personal y la escucha profunda. El liderazgo no consiste sin más en aplicar indicadores de una hoja de cálculo o ajustar mecánicamente personas y sus tareas a un cuadro de mando. Generar espacios de conversación espiritual, compartiendo ideas, sentimientos y mociones, o profundizar en formas de deliberación y discernimiento en común, son también tareas a realizar. En muchos casos hay que buscar formas de traducir esto a formatos en modo aconfensional, plural y humanista y hacerlo complatible con unos contratos y una legislación laboral. La forma de atender los conflictos y la búsqueda de formas de mediación es también un buen indicador de los valores que un liderazgo proyecta.

4.Lograr que la misión sea el foco

El tercer eje de este modo de liderar, tras la persona líder y el equipo, es alinearse con la misión. Quizá eso ocurre también en la mayoría de los modelos de liderazgo. Se trata aquí de orientar a las personas y estructuras de una institución hacia unos ideales y concreciones misionales. De hecho, para esto hay liderazgo y hay instituciones. Se buscan frutos apostólicos, o al menos humanistas. Hay que repensar cada situación, cada proceso y cada estructura para que sean encarnación de valores evangélicos.

Saber leer la realidad y sus retos humanos y religiosos, sociales y culturales; ser capaz, a partir de lo anterior, de hacer un análisis estratégico, de plantear unas opciones y de desplegar lo planificado; buscar las formas de innovar con sentido, buscar el magis o la mejora continua pensando siempre en cómo crecer en espíritu; conocer lo que otros agentes religiosos o sociales o políticos o económicos ya realizan y actuar de modo coordinado; buscar la relación con otras entidades jesuitas o eclesiales; saber dar cuenta y tener libertad para discernir los cambios, etc.

La Compañía de Jesús fue aprobada en 1540 con unos fines (fe, bien común) a realizarse en grupos pequeños, sin muchos compromisos estables. En poco años, las necesidades de la Iglesia y la sociedad pidieron nuevas estructuras (por ejemplo, colegios e instituciones pastorales y sociales) y esto provocó un nuevo status en 1550 que permitiera esa “innovaciones estructurales” que permitieran más fruto para la misión. En las últimas décadas, la Compañía ha profundizado en su sentido de misión centrándose en términos como fe, justicia, diálogo, inculturación, colaboración, red, sinodalidad… El liderazgo ignaciano ha de asumir todos estos grandes retos y encarnarlos en proyectos, instituciones y personas.

(este artículo tiene una segunda parte que se publicará posteriormente)


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1 Comentario

  1. Marta

    Gracias