Liderazgo ignaciano y misión sociopolítica (2/2)

Por Jose M. Guibert SJ. Doc. ingeniero industrial y maestro en teología con publicaciones y varios libros sobre liderazgo ignaciano. (jmguibert@comilllas.edu)

(este artículo tiene una parte primera que se publicó con anterioridad)

5.Liderazgo ignaciano y vida pública

En tiempos de san Ignacio (siglo XVI), los conceptos de “sociedad civil”, “ciudadanía”, “estructura” o “política social” no existían como hoy. Pero sí había: una fuerte división estamental (nobleza, clero, pueblo), enormes desigualdades económicas y educativas, estructuras de poder religioso-político entrelazadas (Iglesia y Corona), y poblaciones enteras excluidas del saber, del cuidado y de la participación.

En ese contexto la tarea estructural de Ignacio para transformar la sociedad no consistió en hacer leyes nuevas (que no estaba a su alcance), sino crear instituciones nuevas que desbordaran las limitaciones del orden vigente. ¿Qué hicieron los primeros jesuitas? Fundar una red internacional de colegios gratuitos, para jóvenes de diversas clases sociales; adaptarse a necesidades locales; poner a los pobres en el centro de la misión; establecer vínculos nuevos entre espiritualidad y política, formando personas con fuerte sentido del bien común. Todo esto cabía en su acción evangelizadora.

Hoy en día, una sociedad que ya no comparte un lenguaje religioso común, pero donde persisten las preguntas por el sentido, el bien común o la dignidad, necesita nuevas formas de conectar con lo espiritual —o con lo que da profundidad a la vida— sin caer en fundamentalismos ni en el puro vacío.

Aquí es donde la espiritualidad —entendida como capacidad de contacto con lo invisible, lo sagrado, lo que nos desborda— puede ser un factor de salud política. El teólogo Karla Rahner decía que el creyente del futuro sería un místico o no sería nada. En clave secular, podríamos decir: la ciudadanía del futuro —si quiere sostener una democracia verdaderamente humana— tendrá que ser espiritual, o no será sana.

Pensando en la vida pública, la espiritualidad ignaciana no lleva al repliegue, sino al discernimiento de cómo servir mejor al bien común desde el lugar que a cada uno le toca ocupar. Implica mirar la realidad, escuchar los signos de los tiempos y decidir con libertad interior.

El liderazgo ignaciano es servicio, no poder. La imagen del líder ignaciano es la de un servidor lúcido, compasivo y eficaz. Alguien que no busca brillar ni dominar, sino hacer que otros puedan crecer. Es una forma de ejercer el liderazgo basada en la escucha, la reflexión profunda y el acompañamiento, no en el cálculo ni la propaganda.

La vida pública requiere una enorme energía emocional y moral. Sin una raíz interior —sin una espiritualidad, aunque no sea confesional— la política tiende al agotamiento, al cinismo o a la corrupción. Una espiritualidad ignaciana puede ofrecer herramientas para sostenerse: silencio, examen, autoconocimiento, comunidad, perspectiva. En palabras modernas: cuidar el alma para no destruir el mundo.

6.El bien universal como criterio político

Una de las expresiones que más directamente podemos asociar con lo social en Ignacio es la referencia al “bien universal”. Aparece mencionado en las Constituciones al pensar en misión: “El mayor servicio divino y bien universal” (Constituciones, n. 618); “El bien, cuanto más universal es más divino” (Constituciones, n. 622); “Tenga siempre ante los ojos el mayor servicio divino y bien universal” (Constituciones, n. 650).

Algunas de las referencias al “bien universal” hay que entenderlas en clave interna, comunitaria o institucional: buscan fomentar más la misión de la institución que el atarse al individuo y a sus preferencias “particulares”, invitando a que éste se implique y se entregue a una causa común.

Otras referencias ignacianas son de más amplia visión: se refiere a “todo”. Se invita así a abrir la mente a todos los problemas de la Iglesia y de la sociedad, algo característico de la espiritualidad de los Ejercicios: pensar en discurrir por todo el mundo, en la meditación de la llamada del “rey eternal” (Ejercicios, nn. 91-98); considerar, en la contemplación de la “encarnación”, que Jesús es enviado para todo el mundo (Ejercicios, nn. 101-109); considerar todos los males del mundo, en la meditación de “dos banderas” (Ejercicios, nn. 136-148); etc.

Aquí hay una teología de liderazgo y de misión. Entre varias acciones a elegir, se pide lo que contribuye al “mayor servicio de Dios y bien universal”, como si estuvieran relacionados. La acción social y política se enmarcan bien desde esta visión global.

El “bien universal”, en sentido ignaciano, es más que un equilibrio técnico o utilitarista de intereses y apunta a una inspiración ética y espiritual. Tiene una dimensión también trascendente y de servicio desinteresado.

Hoy en día se emplean los términos “bien común” e “interés general”. El bien común apunta a lo que beneficia al conjunto de la sociedad (educación, salud, medio ambiente, paz, justicia…). El interés general, como término más técnico, se utiliza en política pública que favorecen al colectivo frente a intereses particulares (por ejemplo, en regulaciones fiscales, servicios públicos, expropiaciones…).

Esto último puede ser más funcional y centrado en la gestión pública, favoreciendo a veces a las mayorías ya consolidadas sin necesariamente priorizar a los más vulnerables. Se busca lo más viable o aceptable socialmente para ser aplicado por normas, procedimientos y leyes. El término ignaciano de bien común busca lo mejor entre muchas opciones buenas e incluye discernimiento y libertad interior. Por eso aporta profundidad crítica yendo más allá de lo legalmente correcto o socialmente mayoritario. No se trata sin más de lo que conviene a la mayoría de modo cortoplacista. Plantea siempre la gran pregunta: ¿cómo pasar del interés general al bien verdaderamente universal, más allá de lo cuantitativo, y atendiendo a los más necesitados y a los grandes principios?

Con estos valores no se trata de fomentar el socialismo o el comunismo, aunque haya algunas coincidencias. Ni se hace referencia directa a algunos logros positivos de la cultura política desde hace unos pocos siglos, como son el liberalismo basado en los derechos humanos o la economía social de mercado.

En el caso ignaciano o cristiano el planteamiento a favor de los pobres y marginados surge de la caridad evangélica, no por la lucha de clases. Se busca una socidad más justa y solidaria desde la fe, el discernimiento o el amor, no por una teoría económica. Se considera que la pobreza incluye una dimensión espiritual, no solo social. Sí defiende el bien común frente a intereses particulares, y aunque, desde Juan Pablo II, la Iglesia hable de “pecado estructural”, tiende a respetar estructuras legítimas y busca también la transformación interior y de las culturas. Por otro lado, al situarse lo ignaciano dentro del mundo religioso, en según qué contextos el socialismo no se asocia con favorecer las cosmovisiones religiosas, sino que ha nacido superándolas o rechazándolas.

7.Discernimiento frente a ideología

El cristiano en política puede aportar mucho. Pero tiene algunos riesgos: confundir la fe con una ideología, instrumentalizar lo religioso para justificar el poder, o, perder el horizonte del bien común. También puede caer en silenciar u ocultar la dimensión religiosa o la motivación cristiana (perdido así autenticidad y sentido) por estar en contextos laicistas u hostiles a la fe. O caer en activismos, según los cuales los medios importan más que los fines, y se olvidan los ritmos para atender lo complejo, el discernimiento, el cuidado interior, etc.

Señalo a continuación cinco grandes temas sobre los cuales se debate en la política española actual. Hay muchos más temas candentes e importantes (por ejemplo, la corrupción). Los que cito aquí son solo una muestra, sobre la que también se ha pronunciado la Doctrina Social Católica. Prescindo ahora de lo que sea facilitar o impedir la actividad de organizaciones religiosas como la Iglesia. En cada uno de ellos existen dilemas éticos o sociales. ¿Puede el discernimiento ignaciano aportar algo de visión, desde criterios cristianos? Es ciertamente difícil y arriesgado abordar tantos temas en tan pocas líneas, pero aquí van algunos dilemas, formulados en modo de preguntas (algunas de ellas redactadas expresamente en modo algo extremista):

-Migraciones y fronteras. ¿Hay que cerrar las fronteras para preservar el orden y la seguridad y los valores nacionales? ¿Hay que defender una política de puertas abiertas, aunque se supere la capacidad de acogida y aumente la inseguridad? ¿Cómo buscar el mayor bien universal, respetando la dignidad de toda persona migrante, sin ingenuidades, pero con hospitalidad estructurada y justicia global?

-Desigualdad social y fiscalidad. ¿Hay que bajar impuestos para favorecer la inversión y el crecimiento económico? ¿Hay que aumentar el intervencionismo público con aún mayor presión fiscal para redistribuir más la riqueza? ¿Cómo optar por congeniear lo que favorezca más a los más vulnerables, con eficiencia y equidad? ¿Cómo buscar un equilibrio que permita justicia social sin asfixiar la iniciativa y la actividad económica?

-Educación y libertad de enseñanza. ¿Promover solo una escuela pública homogénea en nombre de la igualdad? ¿Defender la concertada o privada en nombre de la libertad de elección? ¿Cómo acompañar a cada persona en su camino, y promover con inteligencia estructuras educativas de calidad, inclusivas y con valores, sin privilegios ni exclusiones?

-Modelos territoriales y diálogo entre identidades. ¿Imponer una unidad nacional/estatal rígida y centralista? ¿Fomentar procesos soberanistas con riesgo de fragmentación? ¿Cómo discernir desde la reconciliación y el respeto mutuo, buscando colaboración, unidad y diversidad, en mecanismos de participación que no humillen ni excluyan?

-Cuestiones de vida y bioética (eutanasia, aborto, etc.). ¿Imponer prohibiciones desde una moral religiosa? ¿Normalizar decisiones materialistas que afectan la vida sin diálogo ético profundo? ¿Cómo defender la vida, la dignidad y el acompañamiento de toda persona con compasión y verdad, sin caer ni en imposición ni en relativismo, discerniendo sobre las distintas concepciones de la vida humana?

Quizá lo prudente es “no meterse en política” y no escribir sobre estas cosas. O no. Quizá hay que buscar racionalidad en unos tiempos en los que se fomenta la polarización.

El líder ignaciano promueve un discernimiento para que no nos quedemos quietos o paralizados. Éste implica compromiso y tomar decisiones responsables y valientes. También en lo público y en escenarios complejos. Quizá al laico le toca implicarse en participación activa. Quizá al jesuita o sacerdote le toca más la dimensión de acompañamiento, de formación o de consejo.


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1 Comentario

  1. Marta Sánchez García

    gracias